Margaret Thatcher, el puño de hierro que ganó el pulso de la Historia a los sindicatos
La policía británica intenta controlar una de las manifestaciones de los mineros en 1984 - efe

Margaret Thatcher, el puño de hierro que ganó el pulso de la Historia a los sindicatos

La huelga minera de 1984-85 terminó con una humillante derrota de la minería

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Quizás el rasgo más impresionante de Margaret Thatcher fue la claridad de su concepto antropológico de sociedad y la vehemencia política con la que lo impuso. «No existe algo llamado sociedad, existen hombres y mujeres individuales y existen familias, y los gobiernos no pueden hacer nada más que a través de las personas, y son las personas quienes deben cuidar los unos de los otros».

Aunque parezcan palabras sacadas de un manual de liberalismo a ultranza de Hayek o Popper, así se expresaba en realidad Margaret Thatcher en una entrevista en 1987. En su Gran Bretaña había poco lugar para el Estado. Y ninguna condescendencia para los colectivos que encarnan, en la visión «thatcheriana» de las cosas, las castas privilegiadas de sacerdotes estatales. Por eso fue implacable con las huelgas mineras de los 80. Porque la entonces primera ministra libraba con ellos una batalla antropológica que trascendía con mucho el eterno pulso entre el trabajo y el capital.

En 1982, el desempleo había alcanzado la cifra histórica de tres millones, y Thatcher blandió hábilmente el dato contra las centrales sindicales, a las que culpaba de las ineficiencias del mercado laboral. Recurrió primero a las leyes. En una primera reforma, introdujo el voto secreto en las asambleas de trabajadores. Los sindicalistas ya no podrían imponer sus tesis «a la búlgara». A finales de los 80, sacó del derecho británico figuras históricas del derecho a la huelga, que limitaron para siempre la capacidad de protesta de las centrales.

Entre una y otra ola de reformas, la líder conservadora había doblegado a base de paciencia y porrazos a los mineros de Yorkshire en la histórica huelga de 1984-1985. La central dominante en los pozos destapó un listado de explotaciones en pérdidas que iban a ser cerradas. Gran Bretaña tenía todavía más de 170 minas de carbón, que daban trabajo a casi 200.000 personas. La Unión Nacional de Mineros decidió plantar cara al gobierno. La huelga se extendió por varios pozos. El país se polarizó, y muchas familias se dividieron. Hasta hoy. Enfrente tenían a un adversario muy determinado. Los sindicatos eran para Thatcher «el enemigo interior». Y acababa de ser reelegida en 1983 con la mayoría conservadora más amplia desde 1945, impulsada por la victoria militar contra Argentina en Las Malvinas en junio de 1982.

En 1984 Gran Bretaña tenía 170 minas de carbón con 190.000 trabajadores

Diez mil mineros

En junio se produjeron los enfrentamientos más graves. Diez mil mineros de Yorkshire se emplearon a fondo contra 5.000 policías. Las imágenes de aquello forman parte del imaginario colectivo más traumático de los británicos. «Thatcher usó a los mineros como trampolín, sabía lo que hacía, y fue una manera horrible de lograrlo», denuncia Darren Vaines, uno de los protagonistas de entonces, a la BBC. «La gente no ha logrado olvidarlo», asegura. La huelga comenzó el 5 de marzo del 1984. El 12 de octubre, Thatcher y su marido -y cientos de delegados conservadores- sobrevivieron a un bombazo del IRA en Brighton que dejó cuatro muertos, incluido un diputado «tory». La dama de hierro era realmente invencible.

El 3 de marzo del año siguiente, los mineros volvían a sus puestos. Humillados. Derrotados por y para la Historia. Los defensores de las reformas liberalizadoras de Thatcher aseguran que aquella batalla, laboral y simbólica, abrió el Reino Unido a la inversión y a los negocios. Le siguió el «Big Bang» que liberalizó la City. El Estado esclerótico que heredó del laborismo dio paso a una potencia postimperial pujante. Y su liberalismo antropológico preside los debates en el palacio de Westminster.