Retrato de Carlos II, El Hechizado - Vídeo: Tras la muerte de Carlos II, España se sumió en la Guerra de Sucesión

El reverso del Rey Hechizado, endogámico y enfermo: un reinado de reformas y recuperación en España

Que la obra de Medinaceli y de Oropesa no fue en vano lo pudo comprobar Felipe V a su llegada a España. Gracias a las reformas de Carlos II, el primer borbón pudo encontrarse una moneda estable en Castilla y unos precios al fin a la baja tras casi dos siglos de crisis

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El nuncio papal Nicolini describió a Carlos II, a sus 20 años, como alguien de «un cuerpo tan débil como su mente». La historia había arrojado un imperio de responsabilidades sobre la espalda de un hombre que «no puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa». El embajador inglés dijo en alto lo que todos pensaban: «No hay la menor esperanza de la recuperación de este monarca… Parece un fantasma y se mueve como una figura de reloj. Se habla de darle una dieta de gallinas y capones, combinada con carne de víbora». Con ese rey raquítico se podía hacer lo que se desee, «pues carece de voluntad propia». Y ya se sabe que un rey sin voluntad es, a vista de los nobles, lo que una bolsa de caramelos abandonada a la puerta de un colegio.

El reinado de Carlos II estuvo marcado por los problemas de salud del monarca, que terminó por creerse que era víctima de algún maleficio. Nada más lejos de la realidad; su coeficiente de consanguinidad alcanzó el 0,25 por ciento, el equivalente al fruto de una relación entre un padre y una hija, o entre un hermano y una hermana. Sus problemas físicos y mentales eran consecuencia de la política matrimonial que los Habsburgo habían realizado durante más de un siglo. La endogamia no era una maldición, sino un obstáculo genético.

El tumulto de validos dio lugar a un reinado que, por momentos, afrontó desde una perpectiva largo placista los problemas internos que atenazaban a la península desde tiempos de los Austrias mayores

El resultado de este Rey inerte es que, si bien otros monarcas de la dinastías habían tenido uno o dos validos durante sus reinados, Carlos II tuvo hasta cinco validos, entre ellos personajes de escasa utilidad política y otros con gran talento. Everardo Nithard, Fernando de Valenzuela, Juan de Austria, el Duque de Medinacelli y el Conde de Oropesa ocuparon hasta 1691 el cargo, pronto convertido en primer ministro. Tras ellos, la Reina Mariana de Neoburgo, esposa de Carlos, subastó el título entre personas olvidables y olvidados como Juan de Angulo, apodado el Mulo, o Alonso Carnero, el Duque de Montalvo, o el Conde de Melgar, quienes actuaron a su voluntad, sin directrices claras.

Mientras el Imperio español debió enfrentarse a más enemigos que nunca, el tumulto de validos dio lugar a un reinado que, por momentos, afrontó desde una perpectiva largo placista los problemas internos que atenazaban a la península desde tiempos de los Austrias mayores. Especialmente el Duque de Medinacelli y el Conde de Oropesa pusieron en marcha unas reformas estructurales que, si bien no fueron visibles hasta años después, contribuyeron a que la economía y la demografía española levantaran al fin la cabeza.

Las reformas que necesitaba el país

Los resultados de estos reformistas han terminado por desarmar el mito del Rey hechizado dirigiendo un país sin rumbo y extremando la ruina de Felipe IV. La revisión de los datos de su reinado advierten que se registró una recuperación económica a partir de 1660. La agricultura castellana mostró signos positivos durante estos años, viviéndose un proceso de ruralización que cortó la sangría demográfica iniciada en tiempos de Felipe II. Una sangría de la que estuvo exenta la población eclesiástica. España era cada vez más un país de monjas, curas y fanáticos: si en 1620 había aproximadamente 100.000 eclesiásticos; en 1660, el número sobrepasaba los 180.000.

El alto número de representantes de Dios y la acumulación de tierras en manos de la Iglesia, el 15% de Castilla, dio pie a las protestas de la aristocracia contra los eclesiásticos, en un país donde faltaban trabajadores productivos. En 1689, el gobierno de Carlos II tomó una medida sin precedente al pedir que se suspendieran temporalmente las ordenaciones de sacerdotes.

Retrato del Duque de Medinaceli
Retrato del Duque de Medinaceli

El bienintencionado Medinaceli, uno de los nobles más ricos de Castilla, consideraba además prioritario acabar con el problema del exagerado precio de la plata. La devaluación del vellón de plata (ese invento desastroso de tiempos de Felipe III) arruinó a miles de rentistas de Castilla y colapsó durante años los circuitos comerciales.

Las actividades comerciales y financieras se recuperaron en los años finales del siglo, porque se pusieron en marcha medidas que aliviaron la presión fiscal. Además, con las remesas de plata americana cayendo, España redujo drásticamente los gastos militares, al menos mientras lo permitió el belicoso Luis XIV de Francia, y Castilla recuperó su tejido industrial. Se declaró aquí que los propietarios de fábricas y los strial. Se declaró aquí que los propietarios de fábricas y los grandes comerciantes si pudieran ser reconocidos como nobles. Una medida que pretendía romper con la consideración de oficios viles para los artesanos, los cuales estaban inhabilitados para ser nombrados nobles.

En la relación con la Corona de Aragón y el resto de reinos periféricos, Carlos II abandonó los intentos centralizadores de su padre, dando lugar a una etapa sin apenas injerencias en los asuntos de este territorio español. Eso a pesar de que las Cortes no se reunieron ni una sola vez en todo su reinado. Así las cosas, Carlos mantuvo también sólidamente las riendas del Gobierno en Nápoles, Sicilia y Milán, gracias a una serie de virreyes y gobernadores generales cuya capacidad política nada tenía que envidiar a la de los grandes personajes de tiempos anteriores. Las posesiones italianas aguantaron sin despeinarse las acometidas francesas, mientras que los Países Bajos se salvaron con el esfuerzo de las tropas locales.

Los planes del joven Oropesa eran muy ambiciosos, e incluso se propuso reformar la Inquisición, en proceso de decadencia

En cualquier caso, las medidas económicas de Medinaceli funcionaron mejor a largo plazo que a corto. La devaluación de la moneda llevó al colapso de los precios, provocando una ola de protestas en diversos puntos de la península. Así, una nueva ráfaga de derrotas frente a Francia, que concluyeron en la Paz de Basilea (1684), precipitó la dimisión del valido, que se retiró a su residencia alcarreña.

En vísperas del segundo matrimonio del Rey, adquirió enorme protagonismo el sustituto natural de Medinaceli, el Conde de Oropesa, un personaje todavía más reformador que su predecesor. Recién alcanzado el cargo, el conde realizó una nueva devaluación monetaria. Los resultados fueron catastróficos a corto plazo, con el derrumbe de los precios hasta la mitad y con una cadena de quiebras entre los comerciantes. Además de reducir los gastos de la Corona, el nuevo valido reestructuró la Hacienda Real, creando la Superintendencia de Hacienda, que tantos buenos servicios darían a las reformas borbónicas. Los planes del joven Oropesa eran muy ambiciosos, e incluso se propuso reformar la Inquisición, en proceso de decadencia. Pero como ha sido siempre habitual en la historia de España, el reformador no tardó en presionar la tecla equivocada y le reformaron a él.

El castillo de Oropesa, en Jarandilla de la Vera.
El castillo de Oropesa, en Jarandilla de la Vera.

Que la obra de Medinaceli y de Oropesa no fue en vano lo pudo comprobar Felipe V a su llegada a España. Gracias a las reformas de Carlos II, el primer borbón pudo encontrarse una moneda estable en Castilla y unos precios al fin a la baja tras casi dos siglos de crisis. De hecho, el reinado del último Habsburgo español fue el primero en el que no introdujeron nuevos impuestos, ni se intentó modificar el peso de la recaudación por otras vías.

La población se recuperó de Valencia a Castilla al calor de unas cosechas abundantes y de unos años sin peste. Además, el comercio aumentó con el auge de Bilbao como puerto de referencia y el desplazamiento de Sevilla por Cádiz en la ruta con América. Y precisamente al otro lado del charco llegó a su fin el tiempo de las grandes remesas de oro y plata, pues la crisis en la Península coincidió con el crecimiento de la economía americana.

Salvador del arte español

En una muestra de que no era del todo ajeno al mundo, Carlos II también defendió las pinturas que sus antepasados habían atesorado de la rapiña de su esposa Mariana, empeñada en regalárselas a su hermano, el elector Juan Guillermo del Palatinado, que era un ansioso coleccionista. Y no fue la única vez en la que el Rey Hechizado salió en defensa del patrimonio de la Corona.

En junio de 1671, se desencadenó el mayor incendio en la historia del Real Monasterio de El Escorial, que se alargó durante tanto tiempo (15 días) «que podía acabar con un mundo entero». Se perdieron algunos cuadros valiosos, pero el fuego sobre todo se cebó con la colección de miles de códices árabes y manuscritos medievales reunidos por Felipe II en su biblioteca. Durante el reinado de Carlos II se realizó la reconstrucción del edificio y se procuró recuperar el patrimonio dañado. No en vano, la primera propuesta de reconstrucción pretendía eliminar un piso entero, el llamado noviciado, y sustituir los empizarrados de la fachada exterior por cubiertas ligeramente inclinadas. Felipe II tenía razones para revolverse en su tumba: estas modificaciones restaban más de tres metros de altura al edificio, aunque conseguían reducir al mínimo el riesgo de nuevos incendios.

Pintura que muestra a Carlos II durante la bendición del Santísimo en la basílica de El Escorial
Pintura que muestra a Carlos II durante la bendición del Santísimo en la basílica de El Escorial

Las fuertes protestas contra aquel proyecto condujeron a la regente, la reina madre, a recuperar la traza primitiva, aunque ello supusiera aumentar el presupuesto. Tras superar los sucesivos problemas económicos, las obras se dieron por terminadas en 1679. Los códices no fueron reemplazados porque era imposible, pero la destrucción de pinturas menores fue compensada con la generosidad de Carlos II y de su madre. El artista Lucas Jordán decoró las bóvedas ennegrecidas con pinturas al fresco; mientras que el pintor de cámara, Juan Carreño de Miranda, se encargó de repartir por el palacio una colección de cuadros, unos 50, donados por el Rey.