Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796) basada en el mito de que se produjo un choque naval desfavorable a España,
Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796) basada en el mito de que se produjo un choque naval desfavorable a España,

La olvidada Armada española que pudo arrasar Londres catorce años antes del fracaso de la «Invencible»

Menéndez de Avilés, poblador español de La Florida, falleció en los preparativos de una flota destinada a conquistar la isla Sorlinga (en la punta sur de Inglaterra) y remontar el Támesis para destruir la armada británica

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Para domar al fin La Florida, Felipe II buscó a su adelantado literalmente en la cárcel. Don Pedro Menéndez de Avilés, ilustre capitán general de la Flota de Indias, había estado meses antes encarcelado por varias causas pendientes con la Casa de Contratación y la burocracia sevillana, siempre celosa de las injerencias reales, cuando le fue encargada una misión casi imposible. Aún entre barrotes, Menéndez negoció la manera de ir a buscar a su hijo desaparecido en el Golfo de México, donde había naufragado con su flotilla, a cambio de expulsar a los franceses de La Florida y de instalar allí asentamientos españoles.

El almirante asturiano no logró jamás hallar a su hijo, pero, en cambio, destruyó un fuerte francés, fundó la que hoy en día sigue siendo la ciudad más antigua de los EE.UU. y pobló un territorio que se había resistido con agresividad a los intentos de Ponce de León, Hernando de Soto, Pánfilo de Narváez y muchos otros conquistadores. A pesar de la falta de suministros y recursos, el adelantado levantó siete fuertes en las costas de Florida: el San Agustín; el San Mateo; el Santa Elena; el de Carlos, en la bahía de Charlotte Harbor; el de Tocobaga, al norte de la bahía de Tampa; el de Tequesta, en la actual Miami y el de Ays, en la costa oriental. Asimismo, obtuvo el cargo de gobernador de Cuba y fue responsable directo de que la ciudad de La Habana, cuya importancia era clave «por ser, como lo es, la llave de todas las Indias», pasara triplicara su población.

¿Lepanto o la Empresa de 1588?

Cuando se preparaba para trasladar su casa y su familia definitivamente a Santa Elena, origen del marquesado donde esperaba retirarse, el Rey relevó a Menéndez de Avilés como adelantado, gobernador de Cuba y capitán de la Armada de Indias, en medio de una opinión generalizada en España contra la gestión que estaba realizando. Afortunadamente no pensaba el Monarca que hubiera hecho un mal trabajo. Al contrario, llamó a su adelantado a la corte para encargarle la planificación y organización en la costa cantábrica de una flota de ataque destinada a Flandes «con los mejores navíos que jamás se han juntado en este mar de poniente y hasta 11.000 españoles de mar y tierra», como describió Menéndez de Avilés.

Grabado de Pedro Menéndez de Avilés
Grabado de Pedro Menéndez de Avilés

El objetivo era socorrer a Luis de Requesens, gobernador de los Países Bajos, que requería urgentemente una flota naval hecha al Atlántico para contrarrestar a los Mendigos del Mar holandeses y zelandeses. El militar catalán aseguraba a Su Majestad que, en su opinión, «sin armada de esos reinos [de España] no se puede acabar con esta guerra». Menéndez quedó así encargado de reunir esta fuerza naval de 150 velas, con base en Santander, «tanto para limpiar [de piratas] las costas occidentales del Canal, como para recuperar algunos puertos de los Países Bajos ocupados por los rebeldes».

Conforme avanzaban los preparativos, el asturiano advirtió que una fuerza naval de ese tamaño requeriría para operar en el mar del Norte un puerto grande bajo control español, que en ese momento no estaba a su alcance. El Monarca concedió, a regañadientes, que la flota se limitara a navegar entre Bretaña y las Islas Sorlingas, de modo que pudieran refugiarse en caso de tormenta en algún puerto irlandés. Si bien, frente a la noticia de que una enorme flota turca había partido hacia el oeste, Felipe volvió a cambiar sus instrucciones, reclamando a Menéndez que se quedara cerca de España para «socorrer a la mayor necesidad» sus puertos.

En caso de ir hacia Inglaterra, el objetivo tras las islas Sorlingas y el puerto de Falmouth, considerado el mejor del reino, era que una parte de la flota fuese desde Flandes a Dover y que las zabras y fragatas (los barcos más ligeros) ascendieran el Támesis

Al fin, determinó al estilo salomónico que tanto gustaba al Rey que, dependiendo de las circunstancias, la flota iría al Mediterráneo o al Atlántico… Sería Lepanto con galeones o la Armada Invencible con un comandante apto. Dentro de las siempre ambiguas instrucciones de Felipe II, se abría tanto la posibilidad de invadir con esta misma fuerza combinada las islas Sorlingas (en la punta sur de Inglaterra), que hacía de base para los rebeldes de Flandes, como de auxiliar algún puerto mediterráneo hostigado por los otomanos.

Se trataba de la mayor movilización de barcos que conocería el país hasta 1588, con 150 naves listas, así como un antecedente directo de lo que sería la Grande y Felicísima Armada. En caso de ir hacia Inglaterra, el objetivo tras las islas Sorlingas y el puerto de Falmouth, considerado el mejor del reino, era que una parte de la flota se desviara desde Flandes a Dover y que las zabras y fragatas (los barcos más ligeros) ascendieran el Támesis hasta Londres y quemasen allí la flota británica, como el castellano Fernando Sánchez de Tovar había hecho dos siglos antes.

Una vez neutralizada la fuerza naval, el reino de Isabel Tudor debía ser tomado por la infantería española, embarcada en la armada de Menéndez de Avilés, y no, como en 1588, a la espera de ser trasladada desde Flandes por la propia flota. Las mencionadas islas de Sorlingas debían ser fortificadas con 500 soldados y «sellando» las salidas se podría controlar la coste oeste de Inglaterra, Irlanda y el Canal de Flandes, todos ellos objetivos principales de la Monarquía hispánica.

El ocaso del adelantado

La ambiciosa e incierta empresa finalizó sin realizar un solo tiro por la muerte del propio Menéndez de Avilés, en septiembre de 1574, a consecuencia de una enfermedad que diezmó a la tripulación acantonada en Santander. La incapacidad de hallar puerto y suministros favorables a España en aquellos territorios obligaba, como en 1588, a una concentración de abastecimientos y personal que era, en el siglo XVI, una garantía segura de epidemias y problemas de higiene. Se estima que la causa de esta epidemia que provocó 3.000 muertos estuvo en las malas condiciones en las que se almacenaron las vituallas, la salubridad del puerto, la corrupción de los alimentos y la falta de un hospital en Santander con la capacidad de atender a tantos enfermos.

Felipe II por Sofonisba Anguissola
Felipe II por Sofonisba Anguissola

La correspondencia de sus últimos días muestra que el asturiano vivió con suma preocupación lo «insoportable» de los problemas acumulados y los imprevistos alimentados por la escasez de dinero para pagar a los propietarios de los barcos y a los oficiales. La constante lucha con la burocracia, los contratistas y las manos corruptas que pretendían sacar partido de la compra venta de suministros agotó la paciencia de Menéndez de Avilés y le dejó exhausto para que «un tabardillo violento» le desahuciara sin remedio. Aún así

Con todo, hasta su última carta mantuvo la esperanza de que, una vez vencidos «estos herejes luteranos», el Rey le diera licencia para regresar a su querida Florida y «acabar mis días salvando almas» entre los naturales.

Felipe II canceló, sin más, la expedición tras la muerte de su almirante «estando ya embarcada toda la gente y comenzando a salir los más de los navíos», a pesar de que la inversión había alcanzado los 500.000 ducados. En su correspondencia despachó la muerte de Menéndez con brevedad y en clave de sus intereses venideros: «Me ha desplacido mucho por haber perdido un tan buen criado y porque ha hecho y hará harta falta». Como diría años después el III Duque de Alba, tan dedicado al soberano como Menéndez, «los reyes no tienen los sentimientos y la ternura en el lugar en donde nosotros los tenemos».

Don Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Álvaro de Bazán o Julián Romero, entre otros héroes militares, también reclamaron en algún momento una pausa o permiso para encargarse de sus asuntos particulares

El Monarca había reconocido las habilidades de Menéndez como solucionador de problemas, pero eso no le frenó para exprimir con saña hasta la última gota de su talento. Don Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Álvaro de Bazán o Julián Romero, entre otros héroes militares, también reclamaron en algún momento una pausa o permiso para encargarse de sus asuntos particulares, sin que ninguno se librara de morir en el transcurso de alguna de las campañas de un Rey que, a excepción de unos meses, se pasó la totalidad de su reinado inmerso en guerras.