Adolf Hitler saluda durante el congreso del Partido Nazi en 1934
Adolf Hitler saluda durante el congreso del Partido Nazi en 1934 - ABC

La gran traición que convirtió al loco Hitler en el «Führer» de toda Alemania

Von Hindemburg, presidente de la republica de Weimar, le ofreció el poder al líder nazi para descongestionar la tensa situación política aunque su partido no tenía los votos suficientes para gobernar

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El 4 de febrero de 1933, el diario ABC se hizo eco en sus primeras páginas de una imagen que marcó el inicio de una de las etapas más negras de Europa. En la instantánea se podía apreciar a una muchedumbre portando antorchas en plena noche. Todos ellos, absolutamente enervados por el fervor del momento. «De las cinco a las siete de la tarde comenzó ante el Palacio de la Cancillería el desfile de las formaciones de asalto de los nacionalsocialistas y Cascos de Acero; en total, 17.000 hombres», rezaba el pie de foto. Aquella fue una de las tantas manifestaciones que se organizaron en Berlín para celebrar el nombramiento de Adolf Hitler como canciller el 30 de enero de ese mismo año.

Aquel desfile marcó el despegue definitivo del líder nazi. Un personaje que, a pesar de no haber demostrado ninguna capacidad de liderazgo durante la Primera Guerra Mundial, consiguió que la sociedad apoyara al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán popularizando una serie de ideas extremistas y falacias como que los judíos habían provocado la derrota del ejército teutón a partir de 1918. Y todo ello, a pesar de que el periodista de ABC Javier Bueno le definió en 1924 (tras una entrevista) como alguien «falto de cultura y de preparación científica» que, a pesar de que conocía la «psicología del pueblo» y sabía «impresionarle», carecía del intelecto necesario para «expresar ideas sirviéndose de conceptos abstractos».

Hitler pudo, sin embargo, sobreponerse a esas limitaciones gracias a la fascinación que su capacidad oratoria provocaba en las masas y supo auparse hasta el poder aprovechando las heridas abiertas en el corazón de los alemanes. Algunas tan llamativas como la gran depresión económica que vivía el país tras la firma del Tratado de Versalles o, incluso, el creciente número de desempleados germanos (tres millones en 1930). Poco a poco, discurso a discurso logró que el Partido Nazi (en principio casi desconocido) consiguiera el 37% de los votos en las elecciones generales de 1932. Aquel ascenso fulgurante fue el mismo que llevó al presidente Paul von Hindenburg (segundo presidente de la República de Weimar) a nombrarle canciller de un gobierno de coalición el 30 de enero de 1933 a pesar de que no contaba con los votos necesarios para hacerse con la poltrona.

Una jornada después, ABC informó del suceso y explicó por qué se había tomado aquella controvertida decisión: «El presidente ha hecho esta concesión para evitar nuevas elecciones, que hubieran resultado tan estériles como las anteriores». En 1934, tras la muerte de Paul von Hindenburg, Hitler concentró todo el poder sobre su figura, se nombró Führer e inició un nuevo régimen dictatorial que derivó en la Segunda Guerra Mundial y la matanza indiscriminada de millones de personas.