Retrato ecuestre de Francisco de Sandoval y Rojas, I Duque de Lerma
Retrato ecuestre de Francisco de Sandoval y Rojas, I Duque de Lerma

La estafa de la Pax hispánica: la tregua de alcance mundial que desangró al Imperio español

El Duque de Lerma, hombre fuerte del nuevo reinado, orquestó una política exterior que pretendía reducir los costes en defensa a cualquier precio, ya fuera haciendo la paz con los herejes o dándose la mano con los turcos. El resultado fue decepcionante: España vendió su alma al Diablo —en los términos de la época— a cambio de un botín insignificante

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La herencia que Felipe II le dejó a su hijo estaba más que envenenada. A principios del reinado de Felipe III, el flujo de plata americana registraba momentos de flaqueza, la inflación destrozaba a los castellanos, la corrupción agotaba la moral, los prestamistas devoraban los ingresos tras la suspensión de pagos de 1596 (la tercera de ese siglo)… pero la auténtica enfermedad era la partida de gastos. Solo el mantenimiento de la Familia Real costaba a las arcas públicas el 10 por ciento del presupuesto anual. La parte del pastel que no se gastaba en fiestas y en pagar los intereses de los préstamos se reservaba a unos gastos militares que estaban descontrolados desde tiempos de Carlos V. Firmar la paz se convirtió en una necesidad económica durante el reinado de Felipe III.

El Duque de Lerma, hombre fuerte del nuevo reinado, orquestó así una política exterior que pretendía reducir los costes en defensa a cualquier precio, ya fuera haciendo la paz con los herejes o dándose la mano con los turcos. El resultado fue decepcionante: España vendió su alma al Diablo —en los términos de la época— a cambio de un botín insignificante y de una paz armada que solo sirvió a sus enemigos para reforzarse. Con el consentimiento del Rey, Lerma firmó tratados de paz con monarcas protestantes, como Enrique IV de Francia o Jacobo I de Inglaterra, así como una tregua con las Provincias Unidas de los Países Bajos, en un tiempo en el que política y religión se veían como dos caras de la misma moneda.

Viejos enemigos, nuevos amigos

Tal vez porque no hay un consejo más fiable para una potencia que anhela la paz que «prepararse para la guerra», la Pax hispánica aumentó los gastos militares y conforme cerraba conflictos abría nuevos. El primer frente que el Imperio español cerró en falso fue la guerra contra Francia, que derivaba todavía de la participación española en apoyo de los franceses católicos en su conflicto contra el protestante Enrique de Borbón, el futuro Enrique IV. Felipe II soñaba con que fuera su hija Isabel Clara Eugenia, cuya madre era de origen francés, quien se pusiera al frente de Francia, lo cual no era bien visto ni siquiera por el bando católico. Quizá por eso, porque los católicos no tenían un candidato sólido, Enrique IV emergió entre la división para elevarse como Rey de Francia.

El asesinato de Enrique IV según un grabado de Gaspar Bouttats.
El asesinato de Enrique IV según un grabado de Gaspar Bouttats.

En un acto de realismo político se convirtió al catolicismo, el 25 de julio de 1593, momento en que se le atribuye la célebre frase: «París bien vale una misa». No obstante, Felipe II siguió guerreando por si acaso contra Francia hasta 1598. El tratado de Vervins certificó la paz entre ambos países y devolvió la situación a treinta y nueve años antes, en los términos firmados entre Felipe II y Enrique II. El Rey galo, además, apartó sus acuerdos con Inglaterra y Holanda, que entre otras cosas le prohibían firmar la paz con España de forma unilateral, y abrazó una alianza duradera con los hispanos.

La boda entre Ana de Austria y el sucesor de Enrique, Luis XIII, causó un derroche de lujo en Burgos como «jamás se ha visto en España»

Libre de grandes guerras internacionales, Enrique IV se reveló como uno de los monarcas más diligentes de la historia de Francia. Suyas son las reformas que sentaron los pilares de la Francia con la que Luis XIII y Luis XIV iban a asombrar al mundo avanzado el siglo. Eso no lo sabía Lerma, o si lo sabía prefirió ignorarlo, cuando se prestó a los planes de Enrique IV para alejar a España de la influencia austríaca. En este contexto se negociaron las dobles bodas de los hijos de Felipe III y Enrique IV. La boda entre Ana de Austria y el sucesor de Enrique, Luis XIII, causó un derroche de lujo en Burgos como «jamás se ha visto en España» y certificó la buena relación que Lerma mantenía con el Rey de Francia (entonces Luis XIII), que pidió al viejo noble que le representara en la ceremonia por poderes. También él se encargó de acompañar a la nueva Reina de Francia hasta la frontera, donde, a su vez, debía recoger a la futura Reina de España, Isabel de Borbón. Un intercambio de prisioneras con mucho lujo y cortesía.

La guerra fría con los turcos

La enemistad personal entre Lerma y la Reina –así como con todo lo que oliese a austriaco– empujó a la diplomacia española a ignorar la oferta del Emperador Rodolfo II, tal vez el hombre más excéntrico de la tierra, para formar una alianza internacional contra el Imperio otomano. Se trataba del viejo sueño erasmista de Carlos V al alcance de su nieto, y ni siquiera requería llevarse mal con Francia. Rodolfo II proponía una política de pacificación en Europa para concentrarse en la guerra con los turcos a través de una alianza con los persas, el gran enemigo asiático del sultán.

El eje Praga-Viena encontró evasivas, excusas y, finalmente, el silencio como respuestas. Lerma no estaba por la labor de romper la delicadísima tregua que mantenían los dos gigantes desde la batalla de Lepanto. Estas treguas secretas permitieron a Estambul desplazar sus intereses hacia las profundidades de Asia, mientras Madrid hacía lo propio hacia el oeste. El Mare Nostrum dejó de ser el escenario bélico principal de ambos países para siempre, lo cual no se materializó necesariamente en un ahorro económico.

Las mujeres defienden la ciudad de Eger contra los turcos, en una pintura de historia de Bertalan Székely
Las mujeres defienden la ciudad de Eger contra los turcos, en una pintura de historia de Bertalan Székely

El Imperio español siguió financiando su red de agentes secretos, que merodeaban por el Mediterráneo confirmando que la paz estaba vigente, y a los presidios desplegados a lo largo de la costa de África. Estos puntos de vigilancia se mantenían tan activos como siempre, porque en realidad se vivía una guerra fría. La Monarquía católica no renunció a financiar en secreto a las fuerzas de Persia, cuyo conflicto con el Imperio otomano supuso una especie de guerra de Flandes para ellos. Les desangró desde dentro.

De la misma manera, los otomanos continuaron instigando la actividad corsaria en el norte de África. Las galeotas y fustas berberiscas atacaban y huían con rapidez, sin que los vigilantes españoles pudieran proteger sus costas ibéricas e italianas. Puede que los corsarios ya no contaran entre sus filas con los genios del saqueo que fueron los hermanos Barbarroja o Dragut, pero sumaron a sus aliados la nube de piratas ingleses, franceses y holandeses que se dejaban caer por el Mediterráneo cada vez con más frecuencia. Una escuadra española consiguió hundir dos naves y apresar otras siete en aguas de Almería durante la Navidad de 1601. De los nueve barcos cuatro eran holandeses, otros cuatro franceses y uno escocés

El peligro holandés en el Pacífico

La guerra con Holanda siguió produciendo un flujo de gastos infinito, a pesar de la voluntad de Lerma de encontrar una solución no militar. En los doce primeros años del reinado, los Países Bajos absorbieron 40 millones de ducados en gastos militares, y solo la transferencia de soberanía a la hija de Felipe II, Isabel Clara Eugenia, y su marido pareció mejorar la situación política. Los archiduques concluyeron, por cuenta propia, un alto el fuego con los holandeses, en marzo de 1607, que se fue prorrogando a lo largo de varios meses. El texto reconocía la soberanía de Holanda como estado independiente mientras durara el alto el fuego. Ya tenían una razón para que les durara la paz. España tardó todavía dos años más en seguir el ejemplo de los archiduques.

Isabel Clara Eugenia, por Juan Pantoja de la Cruz
Isabel Clara Eugenia, por Juan Pantoja de la Cruz

Aceptar la soberanía de las Provincias Unidas era reconocer por primera vez la victoria de la rebelión. Lerma quería firmar la tregua; mientras que Felipe III se negó durante un tiempo a traicionar la memoria de su padre y a que se le apareciera en sueños a darle mamporros con el cetro. En tanto, prevaleció la voluntad del primero. El Rey firmó la Tregua de Amberes el 9 de abril de 1609 (no ratificó el documento hasta el 9 de julio, en la fecha límite para hacerlo), el mismo día que consistió la expulsión de los moriscos de España. La conciencia del rey funcionaba como una balanza: lo uno a cambio de lo otro.

Aceptar la soberanía de las Provincias Unidas era reconocer por primera vez la victoria de la rebelión

La decisión supuso un pequeño respiro para la Hacienda Real. Se redujo el Ejército de Flandes a un contingente de 15.000 hombres (en el cerdo de Ostende, Spínola manejó una fuerza de cerca de 60.000 hombres) y la asignación anual se recortó de nueve millones de ducados a cuatro. Lo que ganaron por un lado lo perdieron por el otro, porque los holandeses intensificaron entonces el hostigamiento a las posesiones ibéricas de ultramar, sobre todo los territorios peor defendidos de Portugal. La Compañía de las Indias Occidentales inició un lucrativo comercio con el azúcar, el café, el tabaco y los negros de Guinea, entre otros productos. Durante los doce años de tregua, los barcos holandeses comerciaron el doble de pimienta asiática que los portugueses. Además, los holandeses se rearmaron diplomáticamente para que, llegado el caso, pudieran recurrir a una red de alianzas entre enemigos del Imperio español.

Incluso en el remoto Japón, los holandeses colaboraron con los shogunes del clan Tokugawa para perseguir a los padres jesuitas que se repartían por el país. El shogun Tokugawa Ieyasy pudo extirpar así el credo cristiano de sus dominios y crucificar a unos cuantos de miles de católicos japoneses