Valle-Inclán, en una imagen de 1930
Valle-Inclán, en una imagen de 1930 - ALFONSO

Segúnda RepúblicaValle-Inclán: «Una lástima, en 1931 solo se quemaron cuatro conventos birrias»

El escritor español consideró que «lo que faltó aquel 14 de abril fue coraje en el pueblo para no dejar ni un monumento en pie», ya que «lo bonito de las revoluciones es lo que tienen de destructor»

MadridActualizado:

Corría enero de 1934, en plena Segunda República, cuando Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) sorprendió a los lectores del diario «Luz» con unas declaraciones explosivas. El escritor respondía a una polémica de índole meramente artística y arquitectónica sobre la ciudad de Madrid que, aparentemente, no requería semejante respuesta, pero con la que se despachó a gusto. «Lo bonito de las revoluciones es lo que tienen de destructor», soltaba ante las preguntas del periodista.

Valle-Inclán, en 1927
Valle-Inclán, en 1927- ABC

El periódico acababa de iniciar una campaña bajo el título de «Por un Madrid menos feo», centraba en los monumentos de la capital, poco después de que se filtrarse una imagen de la estatua ecuestre que se iba a levantar en honor de los hermanos Álvarez Quintero. El Ayuntamiento había contribuído con 10.000 pesetas, que se sumaban a las 100.000 ya aportadas por el resto de capitales de provincias. Una fortuna. «Lo que es intolerable, y debe sublevar al Ayuntamiento y a todos los vecinos de Madrid, es la cursilería y estupidez del monumento que va a erigirse en la glorieta del Retiro y que puede verse en la fotografía que aquí publicamos», explicaba el diario, para hacer después un llamamiento: «Si el público nos sigue en esta empresa, llegaremos a pedir responsabilidades para los culpables de los desaciertos urbanos como los que se establecen para los autores de otras fechorías menos importantes».

Desde ese momento, la «Luz» comenzó a publicar diariamente artículos sobre el estado de algunos monumentos y edificios históricos, con la intención de movilizar al mayor número de lectores posibles. Fomentaba la participación preguntándoles a estos «¿cuál es el monumento y edificio más feo de Madrid?», esperando después las correspondientes respuestas por carta. «Estableceremos entonces –añadía– una guía de la fealdad para uso de los iconoclastas. Nuestro objetivo es llegar a constituir una liga de defensa que impida nuevos atentados, que procure corregir los existentes [...] y que acabe con la vergüenza física de las calles madrileñas».

Para apoyar su iniciativa, el diario republicano con colaboradores de la talla de José Ortega y Gasset preguntó a los artistas e intelectuales más importantes de España. Figuras como el pintor Ricardo Baroja –«los viejos paseantes añoramos la modestia, el decoro y la discreción de las construcciones del siglo pasado»–, el arquitecto Fernando García Mercadal –«hay que confiar en que los monumentos futuros sean mejores, ya que la nueva generación de escultores tiene más criterio»– y Pío Baroja, que calificaba las estatuas de Felipe IV (plaza de Oriente) y Felipe III (plaza Mayor) como las mejores de Madrid.

Valle-Inclán, el radical

Cuando le llegó el turno a Valle-Inclán, el 29 de enero de 1934, la respuesta del autor de «Luces de Bohemia» fue inesperada. Comenzó criticando la opinión generalizada de que esa misma efigie de Felipe IV tuviera la calidad que todo el mundo consideraba: «No veo que esa estatua sea tan buena como dice el periódico. A mí me parece una cosa mezquina. Eso que tanto gusta de que el caballo esté solo sostenido en sus patas de atras no me basta para que sea una escultura gloriosa. Dentro de un caballo y un jinete inmóviles se pueden hacer maravillas», comentaba el literato al redactor en su propia casa.

En aquel momento Valle-Inclán contaba con 67 años y le faltaban dos para morir. Con la edad había radicalizado sus posturas, pero seguía siendo un escritor lúcido. Se había entusiasmado con la Revolución rusa y aproximado al marxismo, hasta el punto de que llegó a pedir para España «una dictadura como la de Lenin» al instaurarse la dictadura de Primo de Rivera. Participó activamente en las iniciativas de la radical Federación Universitaria Española que promovió la huelga estudiantil de 1929. Aquella postura le supuso arrestos, multas e incluso dos semanas de prisión en la cárcel Modelo de Barcelona, así como la censura de algunas de sus obras de teatro que ridiculizaban al Ejército. Con la llegada de la Segunda República, poco antes de su divorcio con la actriz Josefina Blanco y del episodio que nos ocupa, el escritor llegó a manifestar la necesidad de castigar al Rey Alfonso XIII y se presentó como candidato del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux en La Coruña. Una aventura política con la que no tuvo ningún éxito.

Fue este Valle-Inclán más instigador el que, al ser preguntado por la «Luz» sobre sus críticas a la estatua de Felipe IV, reaccionó con mayor ferocidad defendiendo la idea de que había que «derribar» una gran parte de la capital de España: «Sí, hay que empezar con los monumentos escultóricos y continuar con los arquitectónicos. Es una vergüenza. Hay que derribar inmediatamente ese Círculo de Bellas Artes y ese Ministerio de Instrucción Pública, y ese Palacio de las Comunicaciones, y medio Madrid… Lo bonito de las revoluciones es lo que tienen de destructor».

Los bomberos, el 10 de mayo de 1931, al comenzar a derrumbarse el convento de la calle de la Flor, en Madrid, que había sido incendiado
Los bomberos, el 10 de mayo de 1931, al comenzar a derrumbarse el convento de la calle de la Flor, en Madrid, que había sido incendiado - JUAN DÍAZ CASARIEGO

Al escritor se le fue calentando la boca, hasta el punto de considerar escasas las tropelías que el Gobierno republicano cometió contra la Iglesia al subir al poder, como, por ejemplo, la quema de más de un centenar de edificios religiosos: «Se ha dicho mucho sobre la quema de conventos, pero la verdad es que en Madrid no se quemaron más que cuatro birrias que no tenían ningún valor. Lo que faltó ese 14 de abril de 1931, y yo lo dije desde el primer día, es coraje en el pueblo, que no debió dejar ni un monumento. Para la próxima revuelta espero que las masas vuelen con dinamita el monumento a Cervantes… No se hizo nada en España aquel día. Fue una lástima, pero como todo se repetirá, tarde o temprano, es preciso que vayamos indicando a la gente las cosas que hay que destruir para que nada les pille desprevenidos».

Al día siguiente, el escritor mandó una carta al director de «Luz» no para pedir disculpas, sino para transmitirle algunas críticas más que se le habían quedado en el tintero. Sobre todo en lo que respecta a la estatua de Felipe IV. Para él no era suficiente para ganarse su elogio que hubiera sido realizada por el escultor italiano Pietro Tacca en el siglo XVII, sobre un diseño de Diego Velázquez y con el asesoramiento científico de nada menos que Galileo Galilei para asegurar su estabilidad. De lo dicho el día anterior, ninguna rectificación, como si su afán destructor quisiera hacer sombra a la violencia anticlerical desatada por los republicanos, en mayo de 1931, contra edificios e instituciones de la Iglesia.

Unos disturbios que empezaron en la inauguración del Círculo Monárquico de la calle de Alcalá, en Madrid, y se extendieron rápidamente a otras ciudades del sur y el levante. Además del centenar de edificios religiosos quemados, se destruyeron infinidad de objetos del patrimonio artístico y litúrgico, se profanaron varios cementerios y hasta varias personas resultaron asesinadas. Pero Valle-Inclán insistía: «Yo ya dije el mismo día de la proclamación de la República que esta nacía con el vicio de la debilidad».