Alexandra Tolstoi, con su padre, y la carta publicada en ABC, en 1933
Alexandra Tolstoi, con su padre, y la carta publicada en ABC, en 1933 - ABC

La carta de la hija de Tolstoi con la que intentó alertar de las «atrocidades» de Stalin en 1933: «¡No puedo callarme!»

ABC publicó en exclusiva esta misiva de Alejandra Tolstoi en España, donde informaba de que millones de rusos y ucranianos estaban «muriendo en las cárceles y en los campos de concentración»

MadridActualizado:

Este desgarrador documento, que describe los horrores cometidos por el régimen de Stalin, apareció publicado por primera vez en España, en el diario ABC, el 26 de abril de 1933. Lo firmaba Alexandra Tolstoi (1884-1979), hija y principal confidente del famoso autor de «Guerra y paz» y «Ana Karenina», que dos años antes había huído de la URSS a Nueva York por la persecución a la que fue sometida por sus ideas políticas: «¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo?», se preguntaba en la misiva. [Lee la carta íntegra al final del artículo]

Aquel año había sido uno de los más oscuros, dramáticos y sangrientos de la historia de la Unión Soviética y Alexandra Tolstoi no pudo callar, tal y como rezaba el título de su escrito, que comenzaba así: «Cuando en 1908, el Gobierno zarista condenó a muerte a algunos revolucionarios, un grito salió de la boca de mi padre: “¡No puedo callarme!”. Y el pueblo ruso, unánime, se unió al grito de protesta contra aquel asesinato. Ahora, cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados, y que mi padre ya no vive, siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolcheviques».

Eran los años del « Holodomor», como se conoce al periodo entre 1932 y 1933 en el que Stalin provocó la muerte de entre seis y siete millones de ucranianos de hambre. Aproximadamente los mismos que Hitler durante el Holocausto nazi, pero en menos tiempo. El objetivo fue imponer la colectivización de la agricultura a la que los campesinos de Ucrania, conocida entonces como «el granero de Europa», se habían resistido en la década anterior. Una política que acabó después convirtiéndose en una guerra contra toda la población, a la que se le robaba el trigo, el pan y todos los productos comestibles, bajo amenaza de tortura, deportación o muerte. «Con el método del frío se desnuda al koljoziano (granjero) y se le deja en un hangar. A menudo brigadas enteras sufren desnudas. El método del calor es rociar keroseno en los pies y las faldas de las koljosianas (campesinas). Después se apaga y vuelta a empezar», contaba el célebre escritor Mijail Sojolov, en una carta enviada al mismo Stalin para que detuviera estas atrocidades. El líder comunista, por supuesto, hizo caso omiso.

«Esperanza de sobrevivir»

Muchos historiadores consideran que aquella fue una política de exterminio deliberadamente planeada por Stalin para aplastar toda resistencia contra el régimen comunista, suprimir los movimientos nacionalistas e impedir la creación de un Estado ucraniano independiente. De hecho, durante el año en el que Alexandra Tolstoi envió su carta a los periódicos europeos, y que en España publicó ABC, las deportaciones adquirieron dimensiones bíblicas. Centenares de miles de campesinos fueron enviados en programas de colonización a Siberia, en muchos de los cuales la mortandad superó el 70% el primer año. «Cada vez hay más campesinos que huyen a la ciudad porque no tienen esperanza de sobrevivir. Traen a los niños y los que dejan abandonados con la esperanza de que se salven y regresan a morir a sus aldeas», informaba el cónsul italiano en Járkov a su gobierno.

Contra esta barbarie se alzó la hija favorita de Stalin en esta carta que casi todos los periódicos españoles en tiempos de la Segunda República se negaron a publicar. «En España no necesitamos hacer propaganda comunista en la prensa, porque allí nos la hacen gratis los periódicos burgueses y capitalistas», había dicho Trotsky antes de marchar al exilio.

Dicha carta, bajo el epígrafe «¡No puedo callarme!», decía lo siguiente:

«Cuando en 1908 el Gobierno zarista condenó a muerte a algunos revolucionarios, un grito salió de la boca de mi padre: “¡No puedo callarme!”. Y el pueblo ruso, unánime, se unió al grito de protesta contra aquel asesinato.

Ahora, cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados, y que mi padre ya no vive, siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolcheviques, tanto más como que he trabajado doce años con el Gobierno soviético y he visto con mis propios ojos extenderse el terrorismo.

El mundo callaba. Millones de hombres eran desterrados o morían en las cárceles y en los campos de concentración. Miles de ellos eran fusilados en el acto.

Los bolcheviques la emprendieron primero con las clases enemigas, con los creyentes, los religiosos, los profesores, los sabios. Ahora la emprende con los obreros y los campesinos... y el mundo sigue callando.

Desde hace quince años el pueblo ruso padece esclavitud, hambre y frío. El Gobierno bolchevique sigue oprimiéndole y le arrebata su trigo y otros productos, que envía al extranjero porque necesita dinero, no sólo para comprar maquinarias, sino para hacer la propaganda comunista en el mundo entero. Y si los campesinos protestan y ocultan su trigo para sus familias hambrientas... se les fusila.

El pueblo ruso ya no tiene fuerzas para soportar sus padecimientos. La rebeldía late por todas partes: en las fábricas, en los talleres, en los pueblos y hasta en regiones enteras. Los campesinos arruinados y muriéndose de hambre se fugan de Ucrania por millares.

¿Y qué hace mientras tanto el Gobierno soviético? Publica decretos y más decretos para expulsar de Moscú y otras grandes ciudades a miles de habitantes, calmando al propio tiempo a los campesinos rebeldes por medio del destierro y de los fusilamientos.

Desde Iván el Terrible Rusia no ha contemplado mayores atrocidades. Y ahora cuando los cosacos del Kubán se rebelaron en masa, se ha fusilado a familias enteras y 45.000 personas han sido desterradas a Siberia por orden de Stalin para morir allí abandonadas. ¿Es posible que, ante esto, siga callando el universo? ¿Es posible que aun haya gobiernos capaces de mantener relaciones con esos asesinos, prestándoles ayuda en perjuicio de sus propios países?

¿Es posible que un escritor idealista como Romain Rolland (quien, sin embargo, ha sabido comprender el alma de los grandes pacifistas como Tolstoi y Gandhi) y escritores como Henri Barbusse y Bernard Shaw puedan seguir entonando himnos al paraíso comunista? Así se hacen responsables de la difusión de las teorías bolcheviques, que son una amenaza para el mundo entero y le llevará a la ruina.

¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo? ¿Quién gritará también “No puedo callarme”, a fin de que todos lo oigan? ¿Dónde estáis, cristianos, verdaderos pacifistas, escritores y trabajadores? ¿Por qué os callais? ¿Aún os hacen falta pruebas, testimonios o cifras? ¿No oís las voces pidiendo socorro? ¿O pensáis que se puede procurar la felicidad de los hombres por la fuerza bruta, las matanzas y la esclavitud de todo un pueblo?

No me dirijo a aquellos cuyas simpatías comunistas se han comprado con dinero extraído al pueblo ruso. Me dirijo a cuantos todavía creen en la fraternidad e igualdad de los hombres: a los cristianos, a los socialistas, a los escritores, a los trabajadores, políticos y sociales, a las mujeres, a las madres. ¡Abrid los ojos! ¡Uníos todos en una protesta unánime contra los verdugos de un pueblo sin defensa!».