El Camino Español: el gran hito logístico del siglo XVI clavado por los Tercios en el costado de Francia

Este año se celebran los 450 años de la ruta que mantuvo abierta la Monarquía hispánica para combatir la rebelión de Flandes y que le permitió mantener la hegemonía militar en Europa

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Retumban las pisadas de miles de hombres, vibran las ondas en los charcos de barro y chocan los palos de las picas al balanceo de los soldados. Es el paso de la vieja infantería española, que camina dirección a Flandes. Parten de Italia, cruzan los Alpes, y caen con estrépito sobre el corazón de Europa. Durante 55 años la infantería usó la misma ruta para llegar a las posesiones norteñas de los Austrias españoles: el Camino Español. Su pérdida en 1633 fue premonitoria, o quizás una de las causas, del derrumbe del Imperio español en Europa.

Tras la rebelión de las provincias de Flandes, entonces bajo la soberanía de Felipe II, el III Duque de Alba fue designado para restablecer el orden. A cuenta de su avanzada edad, 61 años, el Gran Duque trató de evitar por todos los medios hacerse cargo de una misión que se convertiría en la única mancha de su impresionante hoja de servicios. Una vez que fue consciente de que no tenía otra alternativa que obedecer al Monarca, el veterano general diseñó un plan de avance para la primavera de 1567 por etapas. Un fuerza que debía embarcar en Barcelona, avituallarse en Italia y marchar desde Milán al corazón de Europa. Tras muchas deliberaciones se escogió una ruta por el Piamonte y Saboya, atravesando el paso del monte Cenis y entrando en el Franco Condado, bordeando con cuidado los territorios de la calvinista Ginebra. Desde allí entrarían en Lorena y Luxemburgo, encaminando el trayecto final hacia Bruselas.

La otra opción barajada para trasladar a un contingente de tropas tan elevado, 10.000 hombres, que debían reforzarse con mercenarios italianos y alemanes, pasaba por hacerlo vía marítima. Algo que desaconsejaba el mal tiempo que reina con frecuencia en el norte de Europa, además de la intermitente enemistad de Inglaterra y Francia, que dominaban el Canal de la Mancha. La otra posibilidad: hacerlo directamente por Francia, fue descartada por motivos diplomáticos, si bien en ese momento la relación entre ambos países vivía cierta amistad. Ir a través del curso del Rin fue descartado, a su vez, por la implacable hostilidad del calvinista Conde Palatino de Renania.

Distintas variantes del Camino español
Distintas variantes del Camino español - CC

Por esa razón, el Duque de Alba tomó la decisión de abrir, y mantener así, este corredor militar desde Milán hasta Bruselas, pasando por territorios seguros. Esta primera expedición, que permitió apagar la rebelión de Flandes, duró 56 días y fue seguida por otras muchas que llegaron a recorrer el camino en poco más de un mes. Durante 55 años fue la principal causa de que el Imperio español pudiera sostener una guerra que no había hecho más que empezar, a 1.500 km de su corte y manteniendo un ejército que en algunos momentos sobrepasó los 80.000 soldados.

El Camino Español era posible gracias a dos de los pilares del Imperio: la maquinaria logística, donde algunos de los mejores ingenieros del imperio trabajaron en crear pasos de montaña, ensanchar los caminos y levantar puentes; y la preeminencia diplomática de la Monarquía Hispánica. En el primer viaje 300 zapadores se anticiparon al resto de tropas con la intención de ampliar el camino desde Novalesa hasta el paso. Alba y su comisario general, el rígido Francisco de Ibarra, se encargaron de contratar guías locales, establecer mapas y disponer de pasos sobre los ríos. Además, se situaron depósitos de abastecimiento a lo largo de la ruta, separados entre sí por una jornada de marcha.

A nivel diplomático, para este recorrido que bordeaba el Reino de Francia –frecuentemente enemistado con España– fue necesaria la colaboración del Duque de Saboya, fiel aliado de Felipe II, y de los gobernantes del Ducado de Lorena, que se declaraban neutrales y permitían el paso de tropas siempre que tardaran menos de dos días. A Francia, asimismo, fue necesario tranquilizarla sobre las inofensivas intenciones para su reino de estas fuerzas militares.

Un puñal apuntando a Francia

Desde el principio, los monarcas de Francia vieron en el Camino Español una amenaza directa a su reino. Mientras el Imperio español pudiera trasladar tropas al norte de Europa tan rápidamente, Francia no podía sentirse segura: era susceptible de ser atacada desde tres frentes, norte, sur y este. Conforme aumentó la influencia gala en Europa ya entrado el siglo XVII, tras años de desangrarse en guerras internas por motivos religiosos, el primer objetivo fue desmantelar la vía hispana.

El intrigante cardenal Richelieu atrajo para el bando francés al Duque de Saboya, Carlos Manuel I, en 1610. Un ducado que tradicionalmente estuvo en guerra con Francia, de hecho estaba en manos de un nieto de Felipe II de España, pero que vio en las debilidades españolas la ocasión perfecta para cambiar de bando. A partir de 1622, la enemistad de Saboya obligó a buscar otro corredor militar. Con tal motivo se iniciaron negociaciones diplomáticas con los cantones suizos, a fin de conseguir permiso de tránsito de tropas españolas por su territorio y el paso del Rin. Este segundo corredor partía de Milán, y por los valles de la Engadina y la Valtelina llegaba a Landeck, en el Tirol, y pasaba al Ducado de Lorena a través de Alsacia. Un trayecto que realizaron las tropas del Duque de Feria en 1633 cuando acudió en socorro del amenazado Duque de Baviera, aliado de la familia Habsburgo, y que tomaron parte al año siguiente en la batalla de Nördlingen-.

Cuadro pintado por Antonio Moro del Gran Duque de Alba
Cuadro pintado por Antonio Moro del Gran Duque de Alba

No en vano, Francia estaba empeñada en amputar cualquier camino alternativo. La invasión francesa del valle de la Valtelina y la pérdida de Alsacia dificultaron todavía más las opciones de trazar un corredor militar con Flandes. Pero si hubo un golpe mortal al Camino Español fue la ocupación del Ducado de Lorena por Luis XIII también en 1633. Todas las rutas por tierra que servían para el aprovisionamiento de las tropas del Imperio español en los Países Bajos dependían del derecho de paso por Lorena. Francia se había salido con la suya.

El mismísimo Miguel de Cervantes, soldado de los Tercios de Flandes, se hace eco en el «Quijote» de este célebre camino que vivió su final 55 años después de la primera expedición: «Viajé a Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el Gran Duque de Alba pasaba a Flandes…».