Carlos II, coronado en Westminster Abbey
Carlos II, coronado en Westminster Abbey

Borracheras, peleas y reyes demasiado obesos: el mito inventado de la pompa en la Monarquía inglesa

La coronación de Jorge IV fue tan caótica que hubo que contratar a luchadores profesionales en el Westminster Hall para que pusieran paz entre los invitados, tan ilustres como camorristas

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Cada boda y acto público de la Corona en el Reino Unido se mira hoy con admiración y asombro, convencidos todos de que allí el protocolo se cuida al detalle desde tiempos inmemoriales, en unos fastos solo comparables a los del Papa de Roma. Dan cuenta de ello con frecuencia la literatura y el cine, siendo las películas «La Favorita» o «María Reina de Escocia» ejemplos recientes de exhibiciones de la pompa británica en sus palacios. Desde los bastones, varas y cetros, a las coronas y diademas, pasando por cada paso que da la Monarca en las ceremonias reales. Así lo refería un comentarista inglés de este tipo de actos en 1937: «Una coronación inglesa es un asunto totalmente diferente de las demás ceremonias: de hecho no hay ningún espectáculo de ningún tipo tan impresionante y que infunda tanto respeto, que sea presenciado por el resto del mundo».

Ciertamente para esos años quedaba poca competencia, tras la caída de grandes casas europeas como los Romanov, los Hohenzollern o los Habsburgo. Sin embargo, la exaltación de la Monarquía inglesa escondía el hecho de que hasta el siglo XX su Casa Real era considerada una de las más chapucera del continente. Hacia 1852, publicó «El Illustrated London News» una dura crítica en este sentido por los funerales de Estado por el general Wellington:

«Se dice que los ingleses son un pueblo que no entiende de espectáculos y de celebraciones o del modo apropiado de organizarlos. Se argumenta que se entusiasman y aplauden los intentos más ordinarios y que, al revés que los franceses y otras naciones del continente, no tienen gusto por el ceremonial. Sin duda, hay algo de cierto en la acusación»

Tradición y monarquía

La legitimidad de la Monarquía y de sus rituales emana directamente de la tradición, de la impresión de que sus ceremonias y procedimientos tienen siglos de canas en la cabeza. No en vano, es fácil fabricar la tradición, y revestir algo para que parezca milenario, como demostró Eric Hobsbawm y Terence Ranger en su obra ya clásica «La invención de la tradición», editada en España por Crítica. En este libro se analiza cómo los ingleses pasaron en cuestión de un siglo de tener unos rituales poco cuidados hasta convertirse en una referencia mundial en cuanto a ceremonias.

Lord Robert Cecil criticó a mediados del siglo XIX que otros países con más pobreza de medios y «ausencia de esplendor» tuvieran desarrollado un don mayor para la ceremonia que los ingleses. Un talento natural para situar cada cortesano en el lugar adecuado, y reprimir cualquier apariencia de aburrimiento o falta de atención por parte de los asistentes. El noble creía que esta actitud era más propia, en su experiencia, de pueblos de clima meridional y de ascendencia no teutónica:

«Podemos permitirnos ser más espléndidos que la mayoría de naciones, pero una especie de conjuro maligno subyace en cualquiera de nuestras ceremonias más solemnes y se encuentra algún hecho que las hace ridículas. Siempre hay algo que falta, alguien elude desempeñar su papel o se tolera algún despropósito que lo arruina todo»

Boda de la Reina Victoria con el Príncipe Alberto, pintura de George Hayter
Boda de la Reina Victoria con el Príncipe Alberto, pintura de George Hayter

Desde los años veinte del siglo XIX hasta los años sesenta, Gran Bretaña vivió un periodo de ritual organizado de forma torpe, como representación de una sociedad predominantemente local, provincial y preindustrial. La necesidad de mantener el equilibrio entre la Monarquía y el Parlamento no hacía recomendable exaltar a la Corona y sus símbolos. Londres se burlaba, de hecho, de aquellos países que gastaban sus pocos recursos en palacios y grandes avenidas, admitiendo sin problema que no podían rivalizar con la cuidadosa planificación del Washington de L’Enfant, las ruinas sobrecogedoras de Roma, la elegancia del París de Haussmann, la magnitud de las plazas de San Petersburgo o la reconstrucción que Francisco José realizó en Viena para 1854.

De su carácter industrial y sus carencias en cuanto a lujo, la Inglaterra victoriana sacó una reivindicación política, incluidas sus plazas, sus estaciones de tren y sus suburbios: una afirmación contra el Absolutismo y a favor del pueblo libre. El Rey no estaba por encima de los demás, su papel era de árbitro, aunque casi nunca fuera imparcial.

Improvisación y chapuza

Como resultado de esta desidia, los rituales de la Corona atrajeron escasa atención en los primeros setenta años del siglo XIX, mientras el himno nacional era poco empleado y nada popular. Las grandes ceremonias solían oscilar entre la farsa y el fiasco. Cuenta Eric Hobsbawm y Terence Ranger en su libro que durante el funeral de la Princesa Carlota en 1817 los responsables de las pompas fúnebres estaban borrachos. A la muerte del Duque de York, diez años después, la Capilla de Windsor estaba tan húmeda que buena parte de los asistentes se constipó, entre ellos el Arzobispo de Londres, que falleció a consecuencia de esta enfermedad.

La coronación de Jorge IV fue tan caótica que hubo que contratar a luchadores profesionales en el Westminster Hall para que pusieran paz entre los invitados, tan ilustres como camorristas. El propio Jorge, vestido suntuosamente, «parecía demasiado gordo para producir un buen efecto, de hecho parecía más un elefante que un ser humano». A su vez, durante el funeral de este Rey, su heredero, Guillermo IV, no paró de hablar y se marchó antes de que acabara el acto. «Nunca habíamos visto a un conjunto de personas tan grosero, ordinario y mal dirigido», dio cuenta «The Times».

Los Reyes británicos siguieron esta senda cuando, ante la falta de experiencia y costumbre, se vieron obligados a inventar muchas de las tradiciones que hoy emplean para dar pompa a sus ceremonias

Por su parte, la coronación de Guillermo IV, que aborrecía el ceremonial, fue bautizado como «la Media-Coronación» debido a su brevedad. Su funeral, como no podía ser de otro modo, fue otro desastre, largo, tedioso y con los asistentes riendo y charlando frente al ataúd. De la Reina Victoria, luego tan mitificada, se improvisó por completo la coronación, con el clero perdido en medio de la ceremonia, el coro desafinado y el Arzobispo de Canterbury con un anillo gigante en una mano, y con los portadores de su capa charlando a su espalda como si hicieran cola en la frutería.

Durante la mayor parte de su reinado, probablemente el más exitoso de la historia de Gran Bretaña, Victoria esquivó los actos públicos y todo esplendor en sus rituales. La creciente preocupación a finales de su vida por la ceremonia real en Gran Bretaña, y el aumento de popularidad de esta Monarquía, coincidió con un renacimiento del ritual y la tradición en la Alemania guillermina y en la Tercera República francesa. Los Reyes británicos siguieron esta senda cuando, ante la falta de experiencia y costumbre, se vieron obligados a inventar muchas de las tradiciones que hoy emplean para dar pompa a sus ceremonias.

Se percibió este cambio con la conmemoración de los 50 años de Victoria en el trono, con su funeral, aparte de con la coronación y funeral de Eduardo VII. Aquellos actos marcaron un punto de inflexión.

El palacio de Buckingham, residencia principal del Monarca.
El palacio de Buckingham, residencia principal del Monarca.

La emisión de medallas y sellos conmemorativos se disparó a finales del siglo XIX, del mismo modo que aumentaron las estatuas en Londres y las versiones corales del himno británico. En la Coronación de Jorge VI se gastó diez veces más (454.000 libras) que un siglo antes en la de Guillermo IV.

Junto a otras capitales europeas, Londres remodeló sus palacios, reformó la fachada del palacio de Buckingham y se dotó de su propia vía triunfal a principios del siglo XX. Frente a la sospecha de que el Imperio británico se dirigía a su cenit, la Monarquía apostó por afirmar el espectáculo y ampulosidad imperial para disimular la realidad política. Vestimentas, trajes, inciensos y cirios de altar se hicieron cada vez más comunes en las catedrales e iglesias urbanas.

El último refugio para la tradición

Eduardo VII, «ansioso por mostrarse a sus súbditos, vestido con sus atributos de soberano», se esforzó por revertir la fama de país poco dado a la ceremonia con la ayuda de todo un entusiasta de estos actos, Reginald Brett, vizconde de Esther. El éxito de esta asociación fue tal que, más allá de la familia real, también ayuntamientos y gobiernos regionales disfrazaron sus ceremonias de solemnidad.

La competencia entre las grandes casas europeas, que también rivalizaban en artificios con los estados totalitarios que surgieron en esos años, dejó paso tras las dos guerras mundiales a una nueva etapa para las ceremonias británicas. Gran Bretaña se presentó ante el mundo como un refugio de las tradiciones, una escenificación de un tiempo pasado y glorioso. En el mundo del aeroplano, del tanque y de los coches a motor, perdieron cualquier sentido práctico los caballos, carruajes, espadas y plumajes para abrazar en estos actos cierta grandeza anacrónica y teatral. No es casualidad que, con motivo de la coronación de Isabel II, hubiera que pedir siete carrozas a una compañía cinematográfica debido a que ni siquiera la casa real poseía ya tantas carrozas para los jefes de Estado invitados.

«Había orgullo en primer lugar, orgullo por el hecho de que, mientras los otros tronos habían sido derrocados, nuestra monarquía, intacta en su dignidad»

A falta de un Imperator Romanorum, con los Habsburgo y los Hohenzollern privados de sus símbolos regios, Londres ha quedado hoy como el último museo vivo de estas ceremonias. En su biografía dedicada a Jorge V, resume Harold Nicolson sobre lo que estos rituales significan para los británicos:

«Había orgullo en primer lugar, orgullo por el hecho de que, mientras los otros tronos habían sido derrocados, nuestra monarquía, intacta en su dignidad, había sobrevivido mil años. Reverencia en el pensamiento de que en la Corona teníamos un símbolo de patriotismo, un foco de armonía, un emblema de continuidad en el mundo que se estaba disolviendo rápidamente».