Bill Cunningham
Bill Cunningham - EFE

Muere Bill Cunningham, cronista silencioso de la jungla neoyorquina

El fotógrafo había sido hospitalizado hace unos días tras sufrir un derrame cerebral

CORRESPONSAL EN WASHINGTONActualizado:

«Yo no veo a la gente que fotografío. Todo lo que veo es ropa, vestidos…». La confesión resume la impulsiva norma de actuación que guió la vida de Bill Cunningham, cronista visual mudo pero inolvidable de las tendencias de la moda en Manhattan. El fotógrafo que durante décadas escudriñó cada rincón de la ciudad en busca de una sorprendente vestimenta que llevarse al objetivo, pero que también inmortalizó a los personajes más famosos, falleció el sábado en su ciudad de adopción. Había sido hospitalizado hace unos días tras sufrir un derrame cerebral. Ya no será posible toparse en la Quinta con la 57 con el hombre de la bicicleta, el de la desgastada chaqueta azul de hombre austero, parado junto a la acera, cámara en mano, enfocando al paso desenfadado de una elegante mujer. Imagen destacada con la que le despedía ayer The New York Times, el diario que le diera cobijo durante cuatro décadas.

Fotografió a Greta Garbo, Marilyn Monroe, Jacqueline Kennedy. Recreó las pasarelas de moda de Nueva York, de París, de Londres… Pero no había en él nada de convencional. El retratista de Massachusetts creó su propio estilo en la calle, el «Street Style». Y no sólo eso. El documental Bill Cunningham New York, que Richard Press estrenó en el Metropolitan neoyorquino en 2010, inmortaliza la personalidad de un profesional de la fotografía difícilmente sustituible. «Nada que ver con un paparazzi», y menos con la peor de sus vertientes, opuestas a su probada humildad, como destaca en la película Harold Koda, el comisario del museo. Quien sentencia: «Bill logró encapsular la vida de Nueva York».

William John Cunningham Jr. (Boston, 1929) se había transmutado, se había mimetizado con las calles de Manhattan, que le vieron coger la primera cámara en 1967. Declarado oficialmente «monumento» de la ciudad de Nueva York, sus invariables hábitos le hacían aún más identificable con la jungla humana que pretendía hacer postrera todos y cada uno de los días. Un desayuno en Stage Star Deli, en West 55th Street, a base de café, salchicha, huevo y queso, por sólo tres dólares, era la gasolina básica para pedalear el día entero por la que consideraba la ciudad más fascinante para un fotógrafo.

Bill Cunningham
Bill Cunningham- EFE

Las famosas la querían siempre cerca. «Todos nos vestimos para Bill», llegó a decir la entonces directora del Vogue, Anne Wintour. Pero su gran objetivo siempre fue el rosario de mujeres y hombres anónimos que hormiguean en las calles de la Gran Manzana y que anticipan lo que un día empezará a vestir el resto del mundo.

El bostoniano llegó a Nueva York de la mano de su tío, dueño de una agencia de publicidad, a quien había recurrido tras renunciar a una beca en Harvard. Cunningham había tenido que convencer a sus padres de que no había nacido para estudiar: «Yo era una persona visual», recordaría muchos años después. Su alma de verso suelto le llevó también a abandonar a su tío. Otra esperanza perdida para sus padres, que habían confiado en que le instruiría en los negocios. Un mundo para él insignificante: «El dinero es barato; la que es cara es la libertad».

Era el inicio de un deambular como columnista en revistas de moda, en The Daily News y The Chicago Tribune, y, finalmente, en el Times. Su alma libre siguió conduciendo su vida, incluso para rechazar durante muchos años su incorporación a la plantilla del diario. Ponía tanta pasión en su trabajo que sus compañeros le comparaban con un reportero de guerra. «No importa que fueran personas y vestidos. Se acercaba, se agachaba, buscaba todos los ángulos. Dedicaba el tiempo que fuera suficiente…». Sólo cuando en 1994 fue atropellado por un camión, aceptó entrar en nómina: «Era una cuestión de seguridad social».

El reconocimiento a su labor no sólo llegó de Nueva York y Estados Unidos. Francia también le distinguió con la Legión de Honor.