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Helena Rubinstein, el «regreso» de la sacerdotisa de la belleza

Una exposición en París recupera la figura de la pionera de la cosmética moderna

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«La belleza es poder», le gustaba decir Helena Rubinstein (1872-1965), también conocida como a Chaja, creadora de la famosa marca de cosméticos. Y es que fue una de las primeras feministas que enseñó a sus clientas a utilizar los cosméticos como medio de emancipación. «No hay mujeres feas, sólo hay mujeres perezosas», decía.

Fue la primera en animar a todas las mujeres a cuidarse y llevó los cosméticos a las casas más aristocráticas, cuando el maquillaje era todavía el coto de actrices y prostitutas. Fue una visionaria que utilizó pr primera vez el marketing para vender sus productos: para probar la eficacia de su máscara de pestañas waterproof, aprovechó la exhibición de natación sincronizada en la Feria Mundial de Nueva York de 1938; y con el perfume «Heaven Sent», lanzó 5.000 globos desde un tejado de la Quinta Avenida, con frasquitos en los que se leía «De la nada para ti».

Sus tesoros

La ciudad de París, donde vivió en la década de 1910, le rinde ahora homenaje con la exposición «La aventura de la belleza», en la que se pueden ver más de 300 obras de su colección de arte -fue amiga de Dufy, Dalí y Picasso, y adquirió piezas de Chagall, Kikoine, Utrillo, Chirico, Léger, Modigliani, Marcoussis y Brancusi-, su exquisito vestuario -con creaciones de Poiret, Balenciaga, Chanel o Saint Laurent-, sus muchas joyas -«para reafirmar mi feminidad en un mundo de hombres», decía- y muebles de sus distintas residencias. La muestra la acoge el Museo de Arte e Historia del Judaísmo, ya que siempre se enorgulleció de sus raíces judías -se cuenta que en una ocasión le negaron la compra de un apartamento en la elegante Park Avenue de Nueva York, así que adquirió el edificio entero-, ni dejó de ser la «pequeña dama de Cracovia» -medía 1,47 metros de estatura-.

Nació en 1872 en esa ciudad polaca y creció en el seno de una familia humilde, siendo la mayor de ocho hermanos y con un padre ahogado por las deudas que intentó casarla con un viejo y adinerado viudo, además de prohibirle estudiar Medicina. Esto le llevó a instalarse en casa de una tía en Viena y, más tarde, con un tío maltratador en Australia, a donde llegó con doce tarros de crema creadas por un amigo farmacéutico de su madre, el doctor Lykusky. Su piel de porcelana despertó tanta curiosidad entre las australianas, sometidas a fuertes radiaciones UV, que pronto comprendió que sus cremas podían ser la puerta para salir de su mísera vida.

Una clienta, Ira de Fürstenberg
Una clienta, Ira de Fürstenberg - Cifra

Fórmula prodigiosa

Se estableció en Melbourne y trabajó duro en su cocina para replicar la fórmula original, a base de lanolina, una grasa barata de la lana de oveja a la que llamó «Valaze» -regalo de Dios en húngaro-. El éxito fue rotundo, pues en pocos meses tuvo que responder a 15.000 pedidos, así que reclamó la ayuda a propio doctor Lykusky, con el que creó el salón de belleza Valaze en 1902, el primero en el mundo.

Inauguró después en Londres, más tarde en París -fue una revolución en la alta sociedad, porque proponía masajes a clientas desnudas- y después en Nueva York, Chicago y Boston. También creó el primer tratamiento de belleza con electricidad (1907), la categorización de tipos de piel (1910), la máscara de pestañas waterproof (1939), el primer producto antienvejecimiento (1956) y la máscara de pestañas automática (1958). Y todos sus productos fueron sometidos a pruebas científicas, algo nunca visto con cosméticos.

Formó a las primeras esteticistas
Formó a las primeras esteticistas - Archivo

Fue pionera en enseñar a sus vendedoras a aplicar una mascarilla, a realizar un diagnóstico de la piel o dar un masaje. Y, de este modo, nacieron las primeras esteticistas. Siempre adelantada a su tiempo, se convirtió en mecenas de muchos artistas, que decoraron sus salones, dibujaron sus campañas publicitarias y diseñaron los envoltorios de sus productos.

La única parcela fallida fue su vida amorosa, con un primer matrimonio con un periodista polaco con el que tuvo dos hijos, Roy y Horace; y un segundo con el príncipe Artchil Gourielli-Tchkonia, mucho más joven que ella. Vivió hasta los 93 años -al final de su existencia residía en Nueva York 1965-, y dejó su colosal fortuna, sucursales en catorce países y una plantilla de 30.000 empleados a sus herederos, que en 1973 vendieron el imperio levantado por su madre a Colgate. Desde 1988, está en manos del gigante L’Oréal.