Dimisión Esperanza Aguirre

Esperanza Aguirre, el adiós de la mujer «indestructible»

Ha sido siempre un símbolo de firmeza y honestidad para sus simpatizantes y de cinismo e hipocresía para sus detractores

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Corría la lejana década de 1980 cuando una anónima pero ambiciosa funcionaria del Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo del Estado empezaba a ejercer como concejala. Se llamaba Esperanza Aguirre y pocos imaginaban por entonces que acabaría construyéndose un nombre propio en la vida política de Madrid.

Fue el inicio de una trayectoria tan metéorica como estruendosa que la llevó al Ministerio de Educación en el Gobierno de José María Aznar y a convertirse en la primera mujer en presidir el Senado. En el año 2003, Aguirre asume el reto de defender el cartel del Partido Popular en las elecciones autonómicas. Superó el examen con matrícula y cosechó la primera de sus tres mayorías absolutas en las autonómicas. La segunda fue la que siguió a la defección de dos diputados socialistas que impidió a la izquierda formar gobierno.

Considerada como «verso suelto» en el partido por su franqueza, en ocasiones ofensiva para sus compañeros, a la hora de defender sus posturas liberales a ultranza, Aguirre se convirtió en un símbolo de firmeza y honestidad para sus simpatizantes y de cinismo e hipocresía para sus detractores.

A Aguirre se la ha descrito en términos aristotélicos, como un animal político, y, desde luego, ha mostrado un indestructible instinto de supervivencia que trasciende la esfera de su vida pública. En 2005 se estrelló en el helicóptero en el que acababa de despegar con Mariano Rajoy como acompañante. Él se rompió un dedo y abandonó el aparato con la palidez propia de tamaño percance, mientras, ella lucía sonriente y bromeaba con los fotógrafos nada más comprobar que lo tenía todo en su sitio. En 2008 sobrevivió a un atentado en Bombay que se cobró más de cien vidas y tuvo que escabullirse, cual John McClane en la «Jungla de cristal», del hotel que la alojaba y que los terroristas habían hecho suyo. Su rueda de prensa en calcetines en el edificio de la Puerta del Sol, recién aterrizada en Madrid, es todavía recordada. En 2011 se enfrentó con un cáncer de mama que tampoco pudo con ella.

Pese a su teórico retiro durante dos años por esta enfermedad, Aguirre no dejó de estar en todas las salsas. Los escándalos investigados por la Justicia que han salpicado al PP de Madrid, de la que ha sido cabeza visible desde hace años, y su sonoro incidente de tráfico, con huida de los agentes incluida, parecían haber erosionado su figura y le dieron todavía más munición a su legión de detractores. Además, el que fue uno de sus hombres de confianza como consejero del Ejecutivo regional, Francisco Granados, se convirtió en uno de los presos más famosos y su rostro mal afeitado antes de entrar en prisión en uno de los símbolos de la España negra de la corrupción. Pero Aguirre, parecía, lo resistía todo.

Regresó de nuevo a la primera línea en 2015 para ser alcaldesa de Madrid, «su gran ilusión», pero tropezó con el auge del populismo. Pese a ganar las elecciones por un escaño a Manuela Carmena, la alianza entre Ahora Madrid y PSOE la dejaron sin el bastón de mando. Incluso, en su deseo para evitar que Podemos se hiciera con el control de la capital, ofreció a los socialistas su apoyo para gobernar. Desde entonces, ha mostrado siempre su lado más duro y se vio cómoda en una posición a la que estaba poco acostumbrada: la oposición.

Pero una frase lapidaria perseguirá por siempre a Esperanza Aguirre. Resuena cada vez que una operación anticorrupción se abre contra quienes han ocupado altos puestos en la Comunidad de Madrid durante su etapa al frente, en el Gobierno regional y en el PP. «Debo de haber nombrado a unos 500 cargos en mis 33 años de vida política. Me han salido rana solo dos», señaló el 13 de febrero del año pasado en la comisión de investigación de la Asamblea regional.

Pero las «ranas» han desbordado la charca del PP de Madrid, con un reguero de hasta veinte cargos imputados, entre alcaldes, exconsejeros y diputados y responsables de la formación. La detención de Ignacio González por supuesto fraude en la gestión del canal Isabel II ha precipitado, probablemente, su adiós definitivo a la política.