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Cuatro sencillas peticiones para mejorar el infierno

Las cámaras de ABC, testigos de las necesidades de La Cañada y El Gallinero para que sus vecinos consigan un mínimo de dignidad

LUIS MIGUEL L. FARRACES
MADRID Actualizado:

Son las doce de la mañana y Paco rebusca en los bolsillos las llaves de la Parroquia. En la entrada dos toxicómanos duermen contra la pared de la fachada. Su sueño es más que profundo, dado que el trasiego de cundas no es precisamente ni anecdótico ni silencioso. La caravana de drogodependientes que se acerca al autobús de reducción de daños de la Comunidad, aparcado enfrente, tampoco.

Profesor de filosofía y psicología retirado, Paco es uno de los voluntarios de la Parroquia de Santo Domingo de la Calzada. Un oasis dentro de la Cañada Real a la altura de Valdemingómez. El

La Parroquia se sitúa en pleno epicentro de la venta de droga

punto exacto en el que se concentra la venta de droga. Él y sus compañeros son, para muchos habitantes de la zona, el único nexo con la civilización cercana, con las autoridades, con los servicios públicos. Al otro lado del telón de acero que conforma allí la M-50 son esa presencia incómoda que recuerda al ciudadano que el tercer mundo está a solo 13 kilómetros de la Puerta del Sol. Y que deben respetarse sus derechos.

Paco accede amablemente a mostrar ante las cámaras de ABC las principales necesidades de los habitantes de la zona. Necesidades que a su juicio «deben darse para que la gente de aquí pueda vivir con un mínimo de dignidad».

Dispuesto a emprender la marcha para enseñar las penurias de La Cañada, a escasos 300 metros de la puerta de la Parroquia dos toxicómanos pelean en el suelo con las pocas fuerzas de las que disponen. El ambiente es hostil, y más cuando los encargados de los puntos de venta ven aparecer las cámaras. Pero Paco camina tranquilo. «Las peleas son siempre entre ellos. Yo jamás he pasado miedo aquí. La gente se acerca a hablar contigo o a pedirte ayuda con todo respeto», asegura.

Un «súper» de droga sin narcosala

El derribo paulatino de Las Barranquillas acabó por confirmar a La Cañada Real como el mayor punto de venta y consumo de heroína de la ciudad. Los centros de menudeo se esparcen más o menos en 500 metros a la redonda, pero el consumo se concentra muy especialmente en los alrededores de la Parroquia. «¿Qué si hay aquí narcosala o sala de venopunción?» - responde Paco sarcástico. «Sí, claro, ahí la tienes», afirma señalando a la puerta de la Iglesia.

«Tuvimos que cerrar nuestra escuela ante la invasión de jeringuillas»

«Antes teníamos aquí una escuela de refuerzo que prestaba un gran servicio a los chavales porque muchos están sin escolarizar. Pero no pudimos continuar con ella porque cuando vinieron los toxicómanos teníamos que quitar las jeringuillas de la entrada constantemente y más de una vez los niños las pisaron. Además, es un espectáculo poco recomendable para ellos», comenta.

Por todo ello, Paco y sus compañeros reclaman una sala de venopunción como la que sigue en pie en Las Barranquillas, cuando en el antiguo supermercado de la droga apenas quedan escombros. «No solo por los niños, también porque ellos puedan pincharse con garantías. También son personas y tienen sus derechos», afirma.

Cientos de niños sin escolarizar

Basta con pasear por La Cañada a mediodía para que salte a la vista la segunda de las necesidades urgentes que plantea Paco. «Está la calle llena de niños como podéis ver. Creemos que en la zona hay unos 300 chavales sin escolarizar, casi todos hijos de las mafias de la droga. Hay que forzar a las familias a que escolaricen a los menores pero no hay voluntad política. Hay algunas incluso que cobran el salario de integración y no tienen a sus hijos en la escuela ¿Pero dónde se ha visto eso por Dios?», expone Paco algo indignado.

Los pocos que van a clase cogen un autobús escolar en la carretera de Valdemingómez justo al lado de uno de los puntos de venta de heroína más activos según Paco. Para ellos la Parroquia pide una marquesina que evite que los niños estén a la intemperie y que los proteja de la conducción de los cunderos, dado que las aceras no exiten y el pavimento es malo. Pero no es el peor. «Hay otra zona algo más arriba en la que hay tantos baches que no pueden llegar ni las ambulancias. Los caminos están llenos de basura y baches y se hace muy poco por remediarlo. Nosotros tuvimos que adecentar de nuestro bolsillo el Camino de las Canteras para poder al menos venir a ayudar a esta gente y ahora lo usan todos los servicios públicos», expone Paco.

La vida en El Gallinero

El área de influencia de la Parroquia no se circunscribe solo a La Cañada, sino que también se extiende sobre El Gallinero.Apenas a unos metros de distancia, allí la realidad es muy distinta, pero a peor. Mientras que en La Cañada predomina la infravivienda, las chabolas copan toda la panorámica de El Gallinero, el sector más deprimido de la zona. Los gitanos rumanos que conforman la práctica totalidad de la población viven rodeados de basura y ratas. Basuras que arrojaban los camiones que no querían pagar las tasas del vertedero y que contrastan con el orden y limpieza que predomina en las improvisadas calles entre casa y casa. «Eliminar esta basura, que no han generado ellos, es muy importante para que se den unas condiciones sanitarias mínimas», comenta Paco.

Una de las principales preocupaciones de la Parroquia es el primario tendido eléctrico del poblado. Paco señala que esa instalación es la principal responsable de los incendios de chabolas, que se repiten constantemente y que ponen en grave

«Cientos de ratas conviven diariamente con otros tantos niños»

peligro las vidas de cientos de personas. «Los medios no paran de achacarlo a la quema de cobre. Pero aquí casi nadie ya trapichea con cobre. Y cuando lo quemaban lo hacían más arriba, no en la puerta de sus casas», expone. Al parecer, la principal causa de incendios viene de la combinación de agua de lluvia con los cientos de ratas que roen los cables.

Sin retretes ni letrinas

En El Gallinero, las ratas evidencian el grave problema sanitario. Solo hay una fuente de agua para toda la población y ni un solo retrete. «Hemos pedido la instalación de unas letrinas. Nada del otro mundo, las que tiene el Ejército, las que se ponen en grandes concentraciones...», se lamenta Paco. Pero, a día de hoy, el campo sigue siendo lo más parecido a un cuarto de baño.

Aunque reconoce que se han avanzado algunos pasos, Paco cree que el grueso del trabajo está aún por hacer. «Lo que necesitamos no son más reuniones ni con la Comunidad, ni con el Ayuntamiento ni con el Gobierno. Lo que necesitamos es que nos pongamos todos a trabajar desde ya», señala. Un trabajo que, de momento, hacen como pueden un puñado de valientes voluntarios día a día donde pocos osarían siquiera a acercarse.