Esta tienda, el último ejemplo de negocio familiar que bajó la persiana en diciembre, tras 78 años de vida
Esta tienda, el último ejemplo de negocio familiar que bajó la persiana en diciembre, tras 78 años de vida - Isabel Permuy

El comercio tradicional de Malasaña, en vías de extinción

En poco más de un lustro han cerrado un 20% de locales, mientras crecen los súper y pequeñas tiendas de marca y estética «hipster». Los nuevos hábitos de consumo, los desorbitados precios del alquiler y la turistificación, las causas

MadridActualizado:

El céntrico, frecuentado y en constante evolución barrio de Malasaña lleva décadas mudando su fisonomía. Eso ha llevado a que el comercio de barrio, «el de toda la vida», esté, prácticamente en vías de extinción. «Antes en la calle del Pez, una de las más comerciales, había un centenar del tiendas. Ahora apenas queda un estanco, una farmacia y un bar... Y así en toda la zona». Eso dice José Luis García Castro, miembro de la asociación SOS Malasaña.

Aunque no hay estadísticas al respecto, desde Comercio Empresarial Foro de Madrid José Manuel Fernández estima que un 20% de establecimientos se han visto obligados cerrar desde 2012 o 2013. Este fenómeno que se produce en otros distritos como Salamanca o Retiro (15%), se agudiza más aquí, según datos de 2018. Los nuevos hábitos de consumo, el auge de las compras por internet, la falta de relevo generacional, la turistificación y la subida de los alquileres, son las causas en las que inciden estos y otros consultados.

Un súper, junto a un comercio que lleva cerrado más de un año
Un súper, junto a un comercio que lleva cerrado más de un año - Isabel Permuy

Ultramarinos Nieto es uno de los últimos ejemplos de negocios familiares: bajó la persiana en diciembre después de 78 años y tres generaciones. Situado en el número 99 de la Corredera Alta de San Pablo, esquina a la calle de la Palma, frente al célebre «Penta» que inmortalizara Antonio Vega, está en alquiler. Sus 400 m2 hacen que siga esperando. «Es demasiado grande», le dicen. Así lo explica Manuel Nieto, de 52 años, quien con su hermano, estaban tras el mostrador. Piden de alquiler 10.000 euros al mes, una cifra que aunque parezca elevada no lo es tanto en relación a los 5.000 o 6.000 euros que exigen por espacios de menor tamaño. En este barrio apenas hay bajos libres. «La zona centro es cara y cuando se satura Chueca, el barrio de las Letras, etc., los que buscan locales van a los alrededores», agrega.

«Llevábamos tres años mal. El declive que comenzó con la crisis se acentuó con la proliferación de los súper pequeños y de los locales que ofrecen comida preparada».

Mayeline Rojas, en la Pastelería Diadema, que fue proveedora de Alfonso XIII
Mayeline Rojas, en la Pastelería Diadema, que fue proveedora de Alfonso XIII - I. P.

Jesús Negrín tenía una tienda con su hermano, pero la tuvieron que dejar ante el desorbitado precio del alquiler: 5.000 euros, algo imposible para un negocio de comestibles. Ahora regenta un puesto en una carnicería-jamonería y recalca: «El comercio minorista vive del vecino, no del turista. Hay edificios enteros dedicados al ‘Airbnb’, más lucrativo para los dueños. Los visitantes comen fuera y no consumen ni pan, ni fruta ni charcutería. Y cuando regresan compran cualquier cosa envasada en el chino o en un súper, que, además, cierran más tarde».

García Castro, de SOS Malasaña le da la razón e incide en que para las urgencias los residentes se ven obligados a acudir a esos locales que han sustituido al comercio tradicional. «Cada vez tenemos más dificultades para adquirir productos frescos, para eso tenemos que ir al Mercado de Barceló o a otras zonas. Si quieres comprar bien y barato tienes que irte a otros sitios porque los precios son caros y los servicios, bajos», resalta. Como ejemplo, refiere que una caña con tapa en una terraza de Chamberí cuesta 1,60 euros y en Malasaña, 2,50 «y en sillas cutres». Tacha de dramática da pérdida de servicios y espacios para los vecinos.

Matero Rubio resiste en la única ferretería del barrio
Matero Rubio resiste en la única ferretería del barrio - I. Permuy

César Aguirre, de Vive Malasaña. Asociación de Comerciantes, opina igual. Regenta una Fontanería creada en 1920 y pone el acento en la rotación y renovación de los locales por la escasez de beneficios. «Los que funcionan son los bares que van renovando su aspecto (ya no se otorgan licencias) y los restaurantes, pero sus precios no están pensados para los vecinos, sino para otro público». La Asociación de Hosteleros de la Comunidad lo corrobora porque afirma que lo que está creciendo entre un 7-8% es la restauración de cadenas de franquicias.

¿El Soho o Magaluf?

Un negocio ajeno a estos avatares es la farmacia enclavada en la plaza de San Ildefonso. Su responsable Carlos González Bosch opina que Malasaña se ha convertido en el Soho de Madrid. Tiene galerías de arte, restaurantes, tiendas innovadoras, «hipsters», restaurantes de diseño... « Está de moda y viene gente a vivir con un nivel adquisitivo medio que se mezcla con los habitantes antiguos. Todo ello hace que cambie la fisonomía del barrio». A su juicio, el elemento distorsionador son los pisos turísticos, junto al ruido. «Hay que regular las viviendas para que paguen impuestos y atajar el problema del botellón».

Para Vicente Pizcueta, de la Plataforma de Defensa de Pymes, el comercio tradicional es «pura arqueología». Subraya que «hasta los chinos están cerrando por los Carrefour Express y Mercadona». Atribuye estos cambios a la especulación, que ha hecho que las tiendas que surgieron en este siglo estén en crisis y nos encontremos en una nueva remodelación de la oferta comercial rodeada de incertidumbre.

Mientras, se está produciendo un fenómeno nuevo: la implantación de tiendas pequeñas y de marca de telefonía, deportes, textil o calzado.

Pérdida de identidad

Aguirre, de Vive Malasaña, calcula que hay un 20-25% menos de residentes. «El barrio, que siempre ha tenido tirón, ha desalojado a algunos vecinos, les ha echado el bolsillo, en pro del inquilino turista. Si nadie lo remedia, el centro será un escaparate», dice, pesimista.

«Malasaña es un espacio disparatado que ha perdido su personalidad por la afluencia masiva de gente. Es un Magaluf urbano. Su modelo de ocio es incompatible con el patrimonio y con el alma de la ciudad», recalcan en SOS Malasaña. Para los vecinos el ocio debe ser compatible con el respeto, la limpieza y la convivencia. «La aglomeración es terrible. La administración debe intervenir. Tiene que educar y sancionar para atajar esto».