La madre y la hermana de Déborah, durante el homenaje a la joven viguesa este martes
La madre y la hermana de Déborah, durante el homenaje a la joven viguesa este martes - EFE
Desapariciones sin resolver

Déborah Fernández y Socorro Pérez, dos crímenes unidos por la falta de respuestas

Trece años separan una muerte y la otra, pero muchos otros enigmas las conectan

SantiagoActualizado:

La casualidad o el incierto destino quisieron que el aniversario por la muerte de Déborah Fernández coincidiese en el tiempo con el de Socorro Pérez. La primera desapareció en Vigo un 30 de abril de 2002 cuando salió a correr por la playa. La segunda, un 2 de mayo de 2015, también mientras hacía footing. Trece años separan un crimen del otro, pero muchas otras cosas los conectan. Por ejemplo, que sus asesinos siguen sueltos, y que las investigaciones que en su día se pusieron en marcha para resolver los casos dejaron mucho que desear. Esa es la principal queja de las familias, que estos días han salido a la calle a reclamar justicia y respuestas por la prematura muerte de dos mujeres a las que la vida se les truncó de repente.

En una multitudinaria convocatoria, la hermana de Déborah Fernández agradeció este martes el apoyo ciudadano mostrado para que el autor de la muerte de la viguesa sea capturado. Cerca de 230.000 personas se hicieron eco de una petición a la desesperada lanzada en Change.org para que la justicia no dé carpetazo al crimen de Déborah porque, insiste su hermana, hay pruebas de sobra para reabrirlo. Arropada por decenas de artistas —la vocación de Déborah— y cientos de vigueses, la familia Fernández clamó respuestas y el fin de la impunidad para una persona que sigue en la calle, casi dos décadas después de haber introducido a la joven en su coche y haberla escondido en un lugar oscuro durante varios días tras matarla.

El mismo dolor y el mismo grito lanzó el primo de Socorro Pérez, cuyo cuerpo apareció en un monte de Orense con un fuerte impacto en la cabeza. Lo encontraron un mes después de su desaparición, pero la investigación nunca arrojó luz sobre quién se cruzó en su camino para quitarle la vida. Desde el cementerio donde sus restos reposan, y tras un acto de homenaje, el portavoz de la familia Pérez lamentó que, cuatro años después del descubrimiento del cuerpo, la causa esté archivada por falta de hilos de los que tirar. «Seguimos como el primer día, sin ninguna averiguación por parte de la Policía», manifestó el primo de la víctima. «No se ha trabajado de una manera profesional», reprocha esta familia orensana a los investigadores, que nunca han llegado a tener una tesis contundente sobre lo que ocurrió el día que Socorro salió de casa a hacer deporte.

En el caso de Déborah sí existe una hipótesis de trabajo firme que, en los últimos tiempos, se ha reforzado con la llegada a Galicia de agentes de homicidios de la Udev. Todos los equipos de trabajo que han estudiado el crimen tienen claro que el culpable de la muerte de Déborah es una persona de su entorno más próximo. La sospecha lleva años apuntado en una única dirección, pero la aparición de varios testigos desconocidos y el hallazgo de una prueba biológica dieron hace unas semanas un vuelco a la investigación que podría poner punto y final a la angustia.

¿El fin del caso?

Cautos en todo momento con los avances en las pesquisas, desde el círculo de Déborah reconocen que «si esa muestra da positivo, se acabó la investigación». La autopsia del cuerpo de la chica, que apareció colocado en una cuneta de O Rosal, descartó el móvil sexual y reveló un hecho inquietante: el cuerpo había estado depositado en un lugar frío y oscuro y fue lavado después de su muerte, el mismo día de la desaparición. Para los encargados del caso no hay dudas de que el autor planificó el crimen de forma que nada lo conectase con la desaparición y hasta llegó a idear una escenografía para deshacerse del cuerpo.

Distinta es la línea de trabajo en el caso de Socorro, donde la violencia con la que fue asesinada —probablemente la golpearon con una piedra en la cabeza— apunta a un crimen repentino y no planificado. Las semanas transcurridas entre el momento de la muerte y el hallazgo del cadáver, a la intemperie durante casi un mes, imposibilitaron a los forenses determinar si Socorro fue violada, aunque es el móvil más plausible. En el lugar del crimen no se hallaron rastros de ADN de ninguna persona y tampoco otras pistas que conduzcan hasta el culpable o culpables de la muerte. Pero la familia, cuatro años después, lo tiene claro. «El asesino sigue en la calle», dicen. El mismo lamento resuena en la casa de Déborah, donde su familia se resiste a cerrar la puerta del dolor que les causa revivir una y otra vez la pérdida porque «cada interrogante sobre cómo murió es una espina que llevamos clavada».