Sergi Doria - Spectator in Barcino

Sombríos herederos de Xammar

Xammar cultivaba la arbitrariedad con provocadora adjetivación. Como diríamos ahora, iba de sobrado; y, con tanta mundología, no consideraba la justicia con el prójimo

Sergi Doria
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En las facultades catalanas de Periodismo se dice mucho y bueno de Eugeni Xammar (1888-1973). Su eficacia expresiva en la prosa de corresponsalía, su benéfica influencia en Josep Pla: vacuna contra la vacuidad retórica. Sirvan de ejemplo las crónicas desde la Alemania de Weimar –«El huevo de la serpiente»- que Jaume Vallcorba publicó en Acantilado. El añorado editor reunió en Quaderns Crema la antología «Periodisme», las cartas a Pla, las crónicas berlinesas del diario Ahora y las memorias dictadas a Josep Badia i Moret: «Seixanta anys d’anar pel món».

Al abordar Xammar, hay que remitirse a Xavier Pla y Amadeu Cuito. El primero edita y prologa «Cartes d’un polemista» (Quaderns Crema), la correspondencia entre 1907 y 1973; Cuito firma un ilustrativo epílogo sobre el Homenot que Pla no escribió (y escribió 60!). Choca que no lo escribiera si tenemos en cuenta que el ampurdanés reconoció que Xammar le había enseñado más que todos los libros habidos y por haber; que era la persona más inteligente y con un conocimiento del mundo más vasto que había conocido.

Xammar cultivaba la arbitrariedad con provocadora adjetivación. Como diríamos ahora, iba de sobrado; y, con tanta mundología, no consideraba la justicia con el prójimo. Como explica Xavier Pla, los hermanos Semprún (Carlos y Gonzalo) trabajaron a las órdenes de Xammar en Ginebra, donde ejercía de traductor en organismos internacionales. «Les quedó un recuerdo agridulce: les sorprendía conocer en persona a un republicano tan conservador y les decepcionaba un poco constatar que la dureza con la que corregía las inexpertas tareas de traductores contrastaba con su negligencia a la hora de cumplir los tratos».

De la competencia de Xammar en la escritura -fuera periodística, diplomática o traductora- no cabe duda. En una carta a Jaume Miravitlles de 1972, imparte una lección de cómo se escribe buen castellano. Miravitlles ha dicho en un artículo de Tele/eXprés que Mossén Cinto era un poeta de «envergadura»; Xammar le replica que la envergadura es la distancia entre las dos puntas de las alas de un pájaro: «Los curas tienen virtudes, pero no tienen envergadura. Los poetas no tienen envergadura, ni los buenos como Mossèn Cinto o Josep M. de Sagarra, ni los malos como Aragon, Paul Eluard. Los periodistas tampoco tienen envergadura, ni los que escriben bien -son pocos-, ni los que podrían escribir bien pero no tienen ganas -es tu caso».

La «envergadura» irónica de Xammar le permite volar alto en los asuntos léxicos del periodismo. Pero existe otro Xammar: el integrista que abomina del bilingüismo; el arrogante que dice no conocer a Dionisio Ridruejo, ni Alberto Puig Palau; el que tacha a los poetas catalanes que participan en los encuentros de Segovia (1952) de hacer «el tifa» y a Carles Riba de «Mallarmé de Sant Gervasi».

La «envergadura» de Xammar depara también una herencia sombría: la clasificación supremacista a partir del «hecho diferencial». Leamos su memorándum de 1950 al President de la Generalitat acerca del éxodo de 1939: «En una de las estaciones de llegada a la frontera franco-española, funcionaba una comisión de selección. Los inmigrantes eran interrogados y se formaban dos grupos: en una parte, los vascos; en la otra, todos los demás, todos los indígenas de los ‘pueblos hispánicos’, catalanes incluidos. Una distinción entre el hombre de Lequeitio y el hombre de Talavera de la Reina. Ninguna diferencia entre el hombre de Vic y el hombre de Cuenca, entre el hombre de Reus y el hombre de Guadalajara. Esto pasaba -y da vergüenza haberlo de decir- porque nadie se había preocupado nunca de que la distinción entre los catalanes y los otros pudiera realizarse en el momento oportuno».

El párrafo explica la admiración que Quim Torra profesa a Xammar. También las líneas de Amadeu Cuito, al hablar de una personalidad «a la vez coherente y contradictoria» con instrucciones de uso: «Unos lo verán como un reaccionario, un neocon, un talibán, y no se cuántas cosas más, otros lo verán como un paladín avant la lettre de las actuales propuestas independentistas…»

La envergadura de Xammar proporciona buena sombra: el periodista, el traductor del «Dr. Faustus» de Thomas Mann; de la mala sombra dan cuenta diaria sus inopinados herederos. Las «bestias» del Vicario, la xenofobia de Gispert. O Joan Oliver: «Los españoles son chorizos por el hecho de ser españoles». O Ernest Maragall: «Catalunya sempre serà nostra». O el escrache contra SCC, el acoso al periodista Miquel Jiménez, la portavoz Budó que no admite preguntas en castellano… Y la penúltima del teatrero Bozzo: «Que no nos engañen. En Cataluña conviven los catalanes (que, sean de donde sean, aman Cataluña) y los españoles empadronados en Cataluña que quieren eliminar nuestra lengua, cultura, símbolos y libertades, para entregar el país el Reino de España. ¡Alerta máxima!»

Son los sombríos herederos de Xammar. El otro huevo de la serpiente.

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