Acoger a los inmigrantes

Acoger a los inmigrantes

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EL próximo domingo se celebra la Jornada Mundial de las Migraciones que este año tiene como tema «San Pablo emigrante, apóstol de los pueblos», y toma como punto de partida la feliz coincidencia del año jubilar que Benedicto XVI ha convocado en honor del apóstol de los gentiles con ocasión del bimilenario de su nacimiento.

Con toda razón, el Santo Padre ha querido centrar esta jornada en la figura de San Pablo, que realizó una gran obra de mediación entre diversas culturas y el Evangelio. Saulo, nacido en una familia de judíos emigrantes, fue educado en la lengua y en la cultura helenística, y valoró el contexto cultural romano. Fue un hombre de tres culturas. Y después de su encuentro con Cristo, que tuvo lugar en el camino de Damasco, se prodigó sin reservas para que se anunciara a todos, sin distinción de nacionalidad ni de cultura, el Evangelio, que es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», como afirma en el comienzo de su carta a los Romanos.

San Pablo fue un auténtico «misionero de los emigrantes», emigrante él mismo y embajador itinerante de Jesucristo, para invitar a cada persona a ser, en el Hijo de Dios, una «nueva criatura». Su vida y su predicación estuvieron totalmente orientadas a hacer que Jesús fuera conocido y amado por todos, ya que en él todos los pueblos están llamados a convertirse en un solo pueblo.

Por ello, como dice Benedicto XVI en el mensaje para la jornada de este año, «también en la actualidad, en la era de la globalización, esta es la misión de la Iglesia y de todos los bautizados, una misión que se dirige también al universo de los emigrantes -estudiantes fuera de su país, inmigrantes, refugiados, prófugos, desplazados-, incluyendo los que son víctimas de las esclavitudes modernas, como por ejemplo en la trata de seres humanos».

Cada comunidad cristiana y eclesial está llamada a acoger a los inmigrantes, a hacerse solidaria con estos hermanos inmigrantes y a promover, con todos los medios posibles, la convivencia pacífica entre las diversas etnias, culturas y religiones. En el proceso de acogida de la inmigración es preciso que estos nuevos ciudadanos comprendan la especificidad de la sociedad que los acoge, con su identidad y su cultura. La convivencia pacífica y enriquecedora se alcanza si se da una auténtica acogida por parte de los autóctonos y una adaptación e inserción por parte de los inmigrantes. Nuestro país fue, sobre todo en el pasado siglo, una sociedad de emigrantes. Ahora está llamada a ser una sociedad acogedora de inmigrantes, atenta a las necesidades sociales, laborales y espirituales de estos hermanos nuestros.

Un especial deber de acogida lo tiene la Iglesia con todos los inmigrantes que comparten nuestra fe. Ellos ya están muy presentes y activos en nuestras parroquias y en diversas obras sociales de la Iglesia y en instituciones y movimientos cristianos.

En la Iglesia, por ser católica, ningún cristiano es extranjero en ninguna comunidad eclesial del mundo. Siempre estamos en casa.

Lluís Martínez

Sistach

Cardenal-arzobispo

de Barcelona

GLOSA DOMINICAL