Jordi Sànchez, durante su declaración ayer en el juicio del «procés» - EFE

Sànchez reduce el asedio del 20-S a una jornada festiva de la «Trinca»

Dice que fue la secretaria judicial la que no quiso salir por la puerta del edificio

Juicio del procés en directo

MadridActualizado:

Ni hubo destrozos en vehículos de la Guardia Civil; ni las armas que se encontraban en su interior estuvieron al albur del vandalismo callejero; ni se produjo el lanzamiento de objetos contra los agentes; ni hubo coacciones a la comisión judicial, que tuvo que permanecer en el edificio hasta la madrugada ante el temor a la respuesta de 40.000 personas en masa... Nada de esto sucedió el 20 de septiembre de 2017. Se trató de una jornada «cívica, pacífica y festiva» en la que se corearon canciones de la mítica «Trinca» y en la que los pasillos para dejar paso a los agentes lo conformaron una pandilla de ancianos voluntarios. Al menos así lo vio el expresidente de la ANC y actual diputado del PDECat Jordi Sànchez, quien se enfrenta a 17 años de cárcel por liderar uno de los tres ejes (el de la movilización social) del plan de rebelión del independentismo.

Ayer fue su turno ante el Tribunal del «procés». Con una carpeta, un libro -«La prosa de la vida», en castellano- y un lazo amarillo (de autoapoyo) en la solapa de su chaqueta, Sànchez tomó asiento ante los magistrados declarándose, en primer lugar, un «preso político» y reprochando después a la Sala que perdiera la oportunidad de reconocer la «diversidad lingüística» al negar a los acusados la traducción simultánea (que no consecutiva) del catalán.

El enlace con los Mossos

Si algo quedó patente ayer durante el de nuevo brillante interrogatorio del fiscal Javier Zaragoza es que el acusado no era un simple líder independentista, sino el interlocutor, el cordón umbilical, entre las 40.000 personas que se concentraron ante el edificio de la Consejería de Economía de la Generalitat -para protestar por los registros judiciales relacionados con los preparativos del 1-O- y los agentes que permanecían dentro.

Sólo así se explica que, durante las horas que duró este asedio, Sànchez fuera capaz de convocar a miles de personas con cuatro tuits, que hablara por teléfono con los líderes de la rebelión, como Marta Rovira (procesada en rebeldía), Oriol Junqueras y Joaquim Forn -con este último hasta en ocho ocasiones, pese a tener una relación «protocolaria»- o que se tuviera en cuenta su opinión como un miembro más del operativo de seguridad desplegado en la sede de la Generalitat. Según desveló él mismo, fue Forn quien le pidió que se pusiera en contacto con el mayor de los Mossos, Josep Lluis Trapero, para «ayudar» en los aspectos relacionados con la entrada y salida de la comisión. De ahí que al teniente fiscal de la Guardia Civil que dirigía el operativo de la comitiva-que testificará en el juicio- le sorprendiera la autoridad (y naturalidad) con la que Sànchez abordaba este asunto con él y con la intendente Teresa Laplana (al frente de los Mossos aquel día).

Sànchez no se dio por aludido cuando el fiscal le reprochó su inacción por no disolver la concentración pese a que a las dos de la tarde la situación de tensión era máxima. «No hubo violencia, la gente se expresaba con cánticos, había grupos de música, artistas, un ambiente festivo por parte de la mayoría de las personas». Hasta se cantaron canciones de la «Trinca», diría después a preguntas de su abogado. Su afirmación de que «desde la entrada del edificio se respiraba absoluta normalidad» causó la respuesta airada de Zaragoza. «¿Pero usted ha visto cómo quedaron la vehículos de la Guardia Civil? ¿No vio que la secretaria judicial tuvo que abandonar el edificio saltando a la azotea del edificio contiguo?». «Fue ella la que no quiso salir por la puerta», sostuvo el acusado. «Declinó la salida porque (ella) tenía la percepcion de que no era seguro. Pero era una percepción», recalcó.

Zaragoza consiguió acorralar a Sànchez en varias ocasiones, hasta el punto de que incurrió en contradicciones, como cuando dijo que se veía incapaz de pedir a la multitud de manifestantes que se echaran hacia atrás para respetar el pasillo por el que había que entrar y salir del edificio y, sin embargo, fuera él (junto con Cuixart) quien desconvocara la concentración ya de noche con un simple megáfono en la mano. También que se percató de los daños de los vehículos de la Guardia Civil para decir después que solo vio «pegatinas en los cristales». Negó también la violencia el 1-O: «Jamás imaginé que iba a haber una situación de tensión» provocada por las «cargas policiales».