El PP no es Gürtel, pero Gürtel era el PP

El PP de hoy queda tóxicamente marcado por los desmanes de un PP de otro tiempo

Manuel Marín
MadridActualizado:

Cuando al inicio de la vista oral por el caso Gürtel Francisco Correa sostuvo ante el Tribunal que todo el andamiaje de su negocio se vino abajo en cuanto Mariano Rajoy tomó posesión como presidente del PP, el líder de la trama corrupta sostenía, sibilinamente y por pasiva, que fue durante toda la etapa anterior en la que pudo campar a sus anchas con sus actividades espurias. La sucesiva herencia de tesoreros en el PP envueltos en actividades opacas había marcado un modus operandi en Génova que fue perfeccionándose desde que se conoció el caso Naseiro, que reafirmó posteriormente Álvaro Lapuerta y que Luis Bárcenas condujo hasta la perfección de la ilegalidad escondida en paraísos fiscales. Desde esta perspectiva, la sentencia conocida ayer da por confirmada la existencia de una «caja B» en el PP al menos desde 1989, en la etapa en que el presidente del partido era José María Aznar.

No es la primera sentencia que apunta a la financiación ilegal de un partido. La primigenia e innovadora sentencia del caso Filesa dejó por demostrado como el PSOE manejó todo un sistema de comisiones ilegales para financiarse ilícitamente y, de paso, para que algunos de sus gestores, empleados y fiduciarios se lucraran desviando cantidades millonarias a paraísos fiscales. Después, CiU continuó con el ejemplo de modo amplificado, y en el PP anidó idéntico sentido de la impunidad. Eran los tiempos en que Francisco Correa o Álvaro Pérez, ahora absuelto, circulaban por los pasillos de Génova con la impunidad que concedía la pulsión de poder, y con la normalidad con que desde el despacho de Luis Bárcenas se gestionaban preadjudicaciones a dedo, influencias espurias, favores opacos y un trasiego de comisiones con las que financiar gastos del partido, de un lado, y enriquecimientos propios por otro, con fortunas amasadas a base de conductas prevaricadoras y tráfico de influencias.

Lujos desmesurados

Ninguno de los cinco jueces instructores que llegó a tener el caso Gürtel alcanzó a imputar a dirigentes de primera línea del PP. Ninguna prueba apuntó más que a los integrantes de una trama que idearon un auténtico sistema de defraudación prevaliéndose del PP para crear una red de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación arbitraria de la contratación pública a nivel estatal, autonómico y local.

Eran tiempos en los que Correa, El Bigotes, Bárcenas y algunos alcaldes de zonas adineradas de Madrid como Pozuelo, Boadilla o Majadahonda, exhibían con ostentación un lujo desmesurado como síntoma de su aparente inmunidad. Tejían y destejían a capricho con empresarios que, a cambio de una cantidad opaca para financiar al partido, terminaban llenando los bolsillos de estos gestores del fraude. Eran los tiempos en que no necesitaban cita previa para despachar en las plantas nobles de Génova porque se trataba de protegidos de un Bárcenas todopoderoso, y de testaferros de una práctica común que afectaba a todos los partidos, y de la cual no había motivo para permanecer al margen. Sí. Eran los tiempos de viajes de lujo sobredimensionado, de comisiones impúdicas y fáciles, de regalos caídos del cielo de una corrupción masiva, y de todo terrenos de alta cilindrada y jaguares a la puerta de casa de la noche a la mañana, o de yates en el puerto de moda. Era una jet de cartón piedra fabricada al albur de la soberbia de los nuevos ricos que aprovecharon los desconchones de la legalidad, la falta de escrúpulos y la impunidad que concede la aparente protección de todo un partido, para enriquecerse a costa de contaminar a Génova.

Nadie en Génova lo supo o lo quiso frenar. La presencia de algunos de los más relevantes condenados en la sentencia de ayer en la boda de la hija de José María Aznar en El Escorial fue indiciaria. Había una camaradería, un plus de confianza o un vínculo de amistad con algunos de ellos, como partícipes reales de un negocio que favorecía al partido, que dejaba poco lugar a la duda. Nadie nunca ha imputado a Aznar. Tampoco a Rajoy, a quien Correa reprochó abiertamente ser el culpable de su ruina y del final de sus desmanes. Actuaron sin órdenes concretas de la dirección, o al menos eso no se ha acreditado aún de ningún modo, y pervirtieron la financiación legal para anotar en una contabilidad paralela sus desmanes, su dinero fácil y su chantaje contaminante para toda la marca PP.

Sin embargo, la realidad jurídica de que el PP como institución, como partido, ha sido condenado como partícipe a título lucrativo de delitos que no conocía, es decir, civil y no penalmente, resulta ya poco relevante a los ojos del ciudadano medio que no leerá la sentencia. Tan irrelevante como el voto particular de uno de los magistrados, que considera que el PP debió quedar absuelto como víctima, y no causante, de un grupo de desalmados que usaron las siglas para llenarse los bolsillos sin miramientos. Eso es materia jurídica gris que tendrá que aclarar el Tribunal Supremo en su momento para mantener la condena o exonerar al PP como partido. Sin embargo, desde una perspectiva política, el PP de hoy queda tóxicamente marcado por los desmanes consentidos en un PP de otro tiempo, al que Rajoy también prolongó artificialmente la vida mientras mantuvo a Bárcenas como factótum de cada euro que gestionaba Génova. Sacudirse la mancha de una culpa colectiva en la que inocentes pagan también por culpables va a ser muy difícil. Y a ello no ayudará en absoluto que antiguos pesos pesados del PP como Rodrigo Rato, Eduardo Zaplana, Ignacio González, Francisco Granados, Jaume Matas… tengan sobre sus espaldas un pronóstico penal demoledor. El PP no era Gürtel, pero Gürtel si fue el PP. Y con eso deberá convivir ya de modo inexorable.

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín