Quim Torra durante ofrenda floral previa a la jornada del 11 de septiembre - Vídeo: Agencia Atlas

Celebración de la DiadaEl independentismo revive dividido la derrota de 1714

Los secesionistas afrontan peleados y sin ideas la Diada y la sentencia del Supremo

BarcelonaActualizado:

A mis amigos independentistas me los imagino yendo a Misa, a las manifestaciones de la Diada, de excursión a subir montañas y a Montserrat una vez al año. Pero no bailando sardanas. No creo ni que sepan. Hablamos en catalán, escuchamos música en catalán, leemos y escribimos en catalán y creemos que Dios es del Barça, pero bailar sardanas es un reducto folclórico de gente mayor, sobre todo de pueblo, y también de algunos jóvenes, que no son precisamente los mejores clientes de Nobu.

El primer síntoma del irreversible ocaso de Puigdemont es que cada vez en más fotografías aparece bailando sardanas, siempre en compañía de la facción más extravagante y folclórica del independentismo, del resto ya más desocupado, marginal y fanatizado, que son el espejo del horizonte que al expresident le espera a medio y largo plazo. Sardanas, tietes que le llevan dulces de regalo y a las que ni siquiera recibe porque tal es su hastío, y su hartazgo, periodistas orgánicos en busca de la subvención y que queriendo «internacionalizar el conflicto» sólo muestran la provincia.

El vídeo que grabaron con Marta Rovira, para escenificar una unidad ficticia, otro engaño al votante independentista, es igualmente un síntoma. De un lado, la fugada republicana ha declarado en los últimos días que el referendo ilegal del 1 de octubre «carecía de legitimidad democrática», cuando fue ella quien presionó a Puigdemont para que no convocara elecciones y proclamara la independencia. Del otro, la unidad que reclamaban tiene algo de desesperado, de penas compartidas entre fugitivos cuando de noche beben vino, y ha sido en cualquier caso ampliamente desmentida tanto por Esquerra como por Convergència. Junqueras le espetó a Torra que no querer elecciones es incompatible con suplicar un referendo; y si ERC quiere elecciones es para derrotar a Convergència. No hay unidad ni en el partido de Puigdemont: el PDECat ha enfriado la posibilidad de fundirse con la Crida del forajido.

Para acabar de explicitar la fractura interna, la CUP ha explicado en un documento que se ha hecho público su total desconfianza con ERC y los convergentes y Anna Gabriel, otra fugada, ha reconocido el «desconcierto» independentista y ha afirmado que «es imprescindible revisar lo que no se hizo bien».

Albert Mercadé, el número dos de la principal agitadora independentista, Mònica Terribas, ha reconocido que «el procés ha muerto» y ha lamentado que sus líderes no lo admitan. El último informe del Institut d’Estudis de l’Autogovern es el primero en siete años que no plantea la independencia como opción sino un «nuevo encaje», lo que es particularmente significativo, porque su autor, Ferran Requejo —próximo a Esquerra—, que es a su vez el presidente del instituto, hace pocos años afirmaba que, ante cualquier hipótesis, la única salida posible era la independencia.

En un insólito ejercicio de madurez política y de clarividencia -la prisión tiene efectos que nunca dejarán de sorprendernos-, Jordi Cuixart ha dicho que la independencia es imposible sin el PSC, y que «si alguien piensa que habrá solución sin los socialistas, que gobiernan en L’Hospitalet, en Santa Coloma, y en gran parte del Baix Llobregat, se equivoca». Por su parte, el republicano Joan Tardà, que se presentó a las penúltimas elecciones al Congreso diciendo que eran las últimas porque Cataluña iba a ser independiente, ya no pide la independencia sino la amnistía para los políticos catalanes que han sido juzgados en el Supremo. «Llibertat, amnistia, Estatut d’autonomia». No nos vamos. Volvemos.

Para asegurarse un irredento caso del cisne, y para disimular que el independentismo no está en condiciones de dar una respuesta realmente desafiante a la sentencia del Supremo cuando se haga pública, Torra especula con buscarse la salida demagógica y fácil de inmolarse por una incomparecencia ante el juez, que le ha citado el próximo día 25. Con una detención tal vez logre encender la mecha entre sus partidarios más cegados, pero no es la decisión de quien cree que el gran sueño de la independencia está cerca ni de quien se siente aún con fuerzas para hacer algo por ella. Por lo demás, su falta de ideas pudo constatarse en su inane alocución de anoche.

Mientras tanto, Fiscalía ha denunciado el trato de favor que los presos independentistas reciben y ha dejado caer que se plantea algún traslado, y hablando de la cárcel, los actuales líderes independentistas han demostrado -bromas oportunistas de Torra aparte- que no quieren acabar en ella. El independentismo revive deshilachado la derrota de 1714, con la humillación de que si sus antenpasados resistieron un asedio, ellos vulgarmente se han rendido.

Pero lo que de un modo más grave señala que la hora fúnebre del procés ha llegado es el amago de Artur Mas de regresar a la política. Él ha sido el presagio más funesto de todo lo que ha tocado, el sepulturero de todos sus empeños, todo lo que intentó, acabó en naufragio.

Más dividido y deprimido que nunca, el independentismo afronta la Diada. Ni una sola idea. Llegará la sentencia el mes que viene y lo más creativo que hasta ahora hemos escuchado como respuesta es que tal vez se suicide el presidente.