El exministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo durante la clausura del debate «Europa y el porvenir»
El exministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo durante la clausura del debate «Europa y el porvenir» - EFE

García-Margallo ya estuvo dispuesto a aplicar el artículo 155 de la Constitución con el 9-N

El exministro de Asuntos Exteriores reconoce que la celebración del referéndum dañó la imagen de los populares

MadridActualizado:

Después del naufragio democrático en el Parlament protagonizando un golpe de Estado al aprobar la ley del Referéndum y convocar la consulta de autodeterminación del 1 de octubre, José Manuel García-Margallo, exministro de Asuntos Exteriores, presenta en un desayuno informativo en el Club Financiero Génova una «propuesta de reforma para adaptar la Constitución al siglo XXI» en su libro «Por una convivencia democrática» (DEUSTO)

Esta vez no es Mariano Rajoy quien firma el prólogo, sino Josep Piqué, que le define como «un personaje que, a veces, puede incomodar», porque «nos interpela ante los desafíos de una realidad» y lo hace «con datos, argumentos y razones». Cierra el libro que ha contado con la colaboración de Fernando Eguidazu con un epílogo de Alfredo Pérez Rubalcaba recordando los «tiempos que corren, de política líquida, según Bauman» en los que navega Margallo por las aguas turbulentas de Cataluña con mar gruesa planteando «soluciones razonadas». Aquí algunas de sus reflexiones ante los desafíos que vivimos.

Imagen del libro del exministro de Exteriores
Imagen del libro del exministro de Exteriores - ABC

La Transición

«Uno de los momentos históricos en el que los españoles supimos proceder con la altura de miras que Ortega reclamaba fue el de la Transición. Gracias a ese hecho, que no pocos califican de «excepcionalidad histórica» de nuestra vida constitucional, los últimos cuarenta años han sido los mejores que España ha vivido desde la Constitución de Cádiz de 1812. La norma fundamental que nos dimos en 1978, obra de todos y para todos, fue el triunfo de la concordia y la integración».

Adolfo Suárez, uno de los protagonistas de la Transición
Adolfo Suárez, uno de los protagonistas de la Transición - ABC

El presidente de la Gestora del PSOE

Lealtad a tu partido, a tus votantes y a tu país. Cuando esas lealtades entran en conflicto, siempre tienes que poner a tu país por encima Javier Fernández, expresidente de la Gestora del PSOE

La reforma de la Constitución

«En términos más concretos, la reforma de nuestra Carta Magna debería: «constitucionalizar» el derecho de asilo, la prohibición de expulsiones colectivas y la trata de seres humanos; referenciar los límites en el marco de la biomedicina; garantizar la protección de datos; velar por la imparcialidad de los jueces (y garantizarla) y recoger el derecho a la doble instancia judicial; actualizar la definición jurídica de matrimonio; preservar el principio de igualdad; favorecer el acceso a los servicios de colocación laboral; proteger a los trabajadores ante los despidos injustificados; favorecer las condiciones de trabajo; incorporar la conciliación de la vida familiar y profesional; garantizar las prestaciones sanitarias; garantizar el buen gobierno y el impulso democrático; y, en suma, garantizar la seguridad y las libertades de los ciudadanos en un mundo nuevo».

Asalto a los cielos con alas de cera

«Lo que nos toca ahora es, como dijo Adolfo Suárez, «elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal. Nos corresponde a nosotros, a los españoles de este nuevo siglo XXI, hacer lo que entonces hicimos los constituyentes: otear el horizonte, tomar el pulso a la sociedad, ver cuáles son las demandas de la ciudadanía española en esta hora y llevarlas adelante. El cambio que nos permita subirnos al tren a tiempo debe ser un cambio posible, no un cambio imposible, no un cambio utópico, no un asalto a los cielos con alas de cera».

¿Es España una nación?

«Lo malo de los debates terminológicos es que, merced a la enorme polisemia de la lengua española, acaban poniendo casi cualquier concepto esencial patas arriba. Lo digo a propósito de la siguiente afirmación del presidente Rodríguez Zapatero, la cual —y a pesar del aprecio personal que le tengo a él— no la veo como una de las más afortunadas suyas; así, vino a decir que: «si hay un concepto discutible y discutido en la teoría política y en la ciencia constitucional es precisamente el de nación» (ABC 18 de noviembre de 2004). Y ésta es una afirmación que se parece demasiado a aquella atribuida a Groucho Marx: «Yo tengo mis principios, pero si a usted no le gustan, tengo otros».

Zapatero en el coloquio de expresidentes organizado por Vocento por su 15º aniversario
Zapatero en el coloquio de expresidentes organizado por Vocento por su 15º aniversario - MAYA BALANYA

Sobre Mariano Rajoy

«Nuestro presidente tiene una rara virtud en los tiempos que corren: el temple. La acepción taurina que el diccionario de la RAE da al verbo templar es «ajustar el movimiento de la capa o la muleta a la embestida del toro, para moderarla o alegrarla»… Y eso, en el ruedo político, se llama gestionar bien los tiempos, no dejarse arrastrar por el ruido ambiental ni por las incesantes provocaciones de voceros y demagogos, hacer las cosas desde la autoridad que dan las convicciones firmes y las decisiones largamente meditadas, la disposición al diálogo y la conciencia plena de los límites del propio mandato. No es ningún secreto que —con respecto a qué hacer en Cataluña— mis posiciones disonaron a veces de las de algunos miembros del Ejecutivo.

El presidente Rajoy tiene el don de templar, gestionar los tiempos pese al ruido ambiental

«Las líneas sobre Cataluña que vienen a continuación —que son, de nuevo en esta obra, las más meditadas— están escritas desde el afecto, el respeto y la admiración que siempre he profesado a la figura de nuestro presidente. Dije entonces —y digo ahora, descargado de mis responsabilidades de gobierno y sin ninguna necesidad de congraciarme con nadie— que Mariano Rajoy es el líder político que España necesita en estos momentos. Espero que la historia —ya que la actualidad suele ser bastante ingrata— sabrá reconocerlo. Y si alguien sigue advirtiendo disonancias, que piense que son, como en cierta ocasión oí decir a Jesús Aguirre, fruto de la «glosa reverencial» de una política cuyo espíritu comprendo y asumo, aunque no comparta en su totalidad. Insisto: glosa sí, pero reverencial…».

La reforma del Estatuto catalán

«Con la reforma del Estatuto anunciada por Pasqual Maragall el 15 de diciembre de 2003 se produce una aceleración soberanista por parte de las autoridades autonómicas y de una parte de la sociedad de Cataluña, que ponen encima de la mesa unas cuestiones que apenas se habían suscitado en los años anteriores. No me queda claro por qué Maragall, a cuya labor como alcalde de la capital catalana tanto deben Barcelona y Cataluña, se embarca, ya como Molt Honorable, en una operación de resultado incierto. Aventuro que tal vez se debió a su voluntad de reafirmar su pertenencia a la comunidad nacional catalana, a la articulación de un discurso político propio. El furor del converso.

(…)Para compensar este «déficit de catalanidad», Pasqual Maragall se echó en brazos de Esquerra Republicana de Catalunya (el llamado «pacto del Tinell») y se empecinó en una reforma del Estatuto que nadie le había pedido. Reforma que se hace sin contar con el Partido Popular (PP), rompiendo el principio que postula que cualquier reforma del bloque constitucional debe consensuarse con los grandes partidos nacionales. Con todos los respetos que me merece la figura de Maragall, se trató —me parece— de un error de libro.

El presidente Rodríguez Zapatero se compromete entonces públicamente a aceptar cualquier texto que aprobase el Parlamento catalán, pensando que las elecciones generales (previstas para 2004) serían un mero trámite para el PP. (Así parecían preludiarlo las encuestas.) Sin embargo, las cosas no sucedieron como él había previsto, y fue él, y no Rajoy, quien tuvo que lidiar semejante morlaco. Para salir del trance ordenó «cepillar» el Estatuto (en gráfica expresión de Alfonso Guerra). Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) se desmarca de la operación en una pirueta circense, y Maragall tiene que sacar el Estatuto adelante con la colaboración de Artur Mas. Más gasolina al fuego».

Cataluña, ¿una nación?

« La definición de Cataluña como una nación no es tampoco nueva, como se deduce de todo cuanto aquí se ha dicho. Para evitar equívocos, quiero dejar bien sentado desde ahora que, en mi opinión, Cataluña no puede ser definida como una nación política, es decir, como titular de un derecho a decidir su separación de la nación española. Y ello por una razón muy simple que los que me han seguido hasta aquí en la lectura de este libro ya conocen: la extensión y el contenido de un sistema que integre unidades diversas no es algo que pueda ser decidido unilateralmente por cada una de ellas. Nadie puede invocar títulos excluyentes cuando todos los demás quedan inmediatamente afectados por sus decisiones».

Jordi Pujol rompió la baraja

«Muchos nacionalistas decidieron romper la baraja. Jordi Pujol declaraba que «tras la sentencia ya no encuentro razones para no ir sin más tardanza hacia la independencia». Artur Mas declaró también que desde el día en que el Tribunal Constitucional dictó la sentencia se había pasado del autonomismo al independentismo. Personajes moderados como Miquel Roca siguen pensando que esa sentencia supuso la liquidación del espíritu de entendimiento de 1978».

Aplicar el artículo 155

Fernández Díaz confesó en rueda de prensa no haber oído a Rajoy hablar de la aplicación del artículo 1555

Cataluña, fuera de la Unión Europea

«Se podría decir algo parecido del debate sobre Cataluña en la Unión Europea: no hay más que lo que se ve. Pueden hacerse cábalas y conjeturas, especulaciones metafísicas o encajes de bolillos constitucionales. La realidad es la que está a la vista de todos, pues figura negro sobre blanco en los tratados de la Unión: una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea. Así que no os esforcéis en ver más allá, porque, como decía Ortega y Gasset y no se cansaba de repetir cierto presidente del Gobierno español: «El esfuerzo inútil conduce a la melancolía».

(…)El hecho cierto es que una hipotética Cataluña independiente quedaría, desde el primer momento y automáticamente, fuera de la UE. Ésta es la realidad; y, en consecuencia, quienes defienden la secesión de Cataluña deben aceptar que ése sería el coste de la independencia, y que las consecuencias negativas sobre la economía catalana serían inevitables. (…) Cataluña no sería «expulsada», porque sería ella misma —por voluntad propia— la que saliese de la UE».

Cataluña es una comunidad insolvente

«No es exagerado, ni injusto, ni tampoco ofensivo, entender que Cataluña es actualmente una comunidad financieramente insolvente. Es irrelevante dilucidar a quién o a qué se debe tal circunstancia. Sea por culpa de un Estado español depredador, de una Generalitat mala gestora, o de una crisis económica que no ha perdonado a nadie, el hecho es que hoy Cataluña no se encuentra en condiciones de refinanciarse, y que, de no ser por la ayuda del Estado en forma de FLA y PPP, amén de otras vías, se encaminaría rápida e inexorablemente a un impago de su deuda. Una Cataluña independiente que se viese privada de esa red de seguridad difícilmente podría allegar los recursos necesarios para refinanciarla».