La sede de Ciudadanos en L'Hospitalet de Llobregat con restos de excrementos, tras un ataque de los radicales
La sede de Ciudadanos en L'Hospitalet de Llobregat con restos de excrementos, tras un ataque de los radicales - ABC

Cuando el acoso se convierte en rutina

El secesionismo trata de minimizar el clima hostil que sufren los políticos constitucionalistas: ataques a las sedes, escraches y pintadas

BarcelonaActualizado:

«La entrevista mejor la hacemos en el despacho del grupo en el Ayuntamiento, en la sede del partido no se puede estar». Miguel García, portavoz de Ciudadanos en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), no es que sea un exagerado para salir en los medios: literalmente en la sede que tiene el partido naranja en la segunda ciudad de Cataluña no se puede estar. El olor a excrementos es tan fuerte que ha quedado inutilizada, al menos durante unas semanas. Es la consecuencia más directa del último de la docena larga de ataques en la sede del partido en los tres últimos años, nueve de los cuales consistentes en lanzar excrementos de animales ante la puerta.

Las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad, en la madrugrada del 12 de abril pasado, recogen el momento: en plena noche, un encapuchado se aproxima con varias bolsas, que empieza a vaciar contra la puerta. A la mañana siguiente, el panorama que descubren vecinos y miembros el partido va más allá de lo desagradable. «Es asqueroso, así estamos. Nos han roto cristales, nos han hecho pintadas, pero esto de lanzarte mierda es un intento de humillar muy muy desagradable», apunta Miguel García ya en la sede del local.

El caso de de la sede de Ciudadanos en L’Hospitalet o la del Partido Popular en Sant Cugat del Vallès (Barcelona), ambos por la saña y la reiteración, quizás sean excepcionales, pero son indicativos del momento político que se vive en Cataluña. Los partidos constitucionalistas denuncian un clima de acoso e intimidación que el resto de formaciones minimiza. El relato sobre el carácter pacífico del «procés» está en juego. La «normalidad» que vende el sececionismo se traduce en «escraches» a líderes en plena calle, como le sucedió a Xavier García Albiol (PP) el 23 de abril, pintadas en domicilios particulares, como fue el caso de Salvador Illa (PSC), y decenas de ataques a sedes como los aquí relatados.

Sin bandera

En Sant Cugat, una acomodada población cercana a Barcelona donde gobierna el PDECat, el único concejal del PP en el pleno municipal, Álvaro Benejam, lleva el recuento de los ataques: desde 2011, más de 30 veces han arrancado la bandera española de la sede del partido, mientras que en nueve ocasiones se han lanzado piedras o pintura contra el local. «Es muy lamentable, pero se llega a normalizar lo que debería ser excepcional», apunta Benejam.

El último ataque sufrido ayuda a entender esta institucionalización o normalización del acoso. En el pleno municipal del mes de marzo, el PP llevó una moción de apoyo a la escuela diferenciada. En el pleno todo normal, pero por la noche, miembros de Arran –las juventudes de la CUP– optaron por arrojar pintura lila sobre la sede popular, como si se tratase de una prolongación de la discusión política. Todo muy normal.

Benejam ya se ha cansado de llevar a los plenos o a la Junta de Portavoces mociones o simples declaraciones orales de condena de los sucesivos ataques. «Al final te cansas. Estamos aburridos», apunta el edil tras denunciar que de manera sistemática, ERC y la CUP no quieren condenar los ataques.

El PSC también es víctima de esta campaña de intimidación. Tras las pintadas en el domicilio del secretario de organización, Salvador Illa, esta semana –«Ni olvido ni perdón», le amenazaron, con falta de ortografía incluida–, el PSC denunció que han sido más de 50 los incidentes –pintadas, insultos a sus dirigentes...– sufridos en los últimos meses. «No nos intimidarán. Vamos a seguir defendiendo nuestro proyecto y nuestras ideas», defendió Illa.

Incluso la condena a la violencia divide a los partidos. El Parlamento catalán rechazó a finales del mes pasado condenar «los actos violentos», ataques a sedes y acoso a políticos, en una moción del grupo PSC-Units. La propuesta fue rechazada con los votos de JpC, ERC y la CUP, que se impusieron a los votos a favor de Cs, el PSC, el PP y los comunes.

Relaciones afectadas

En L’Hospitalet, Miguel García, apunta en la misma dirección que denunciaba Illa. «Es incómodo, molesto, pero dar un paso atrás sería darles la razón», apunta el líder de Cs en este municipio. Y la situación, al final, acaba por afectar a las relaciones personales, añade García. «Sí, se resienten las relaciones. Quien diga lo contrario miente», apunta el concejal, que echa en falta más solidaridad del resto de grupos municipales. En algunos casos, más que solidaridad, reclama un mínimo de compostura y un trato civilizado; con uno de los concejales de ERC en el municipio, el insulto es la norma.

«Esto puede acabar como en el País Vasco», zanja mientras recuerda que en su caso, hablar de violencia no es una exageración. Corría el 13 de noviembre de 2016 cuando García fue agredido mientras repartía propaganda del partido: moratón en la cara, gafas rotas y una lesión de ligamentos. «Por favor, que no me hablen de que no hay violencia», denuncia García mientras echa abajo la persiana del local. El olor es demasiado fuerte como para seguir ahí mucho rato. Es la normalidad que algunos defienden para Cataluña.