Fotografía general de la Plaza de España, en Barcelona
Fotografía general de la Plaza de España, en Barcelona - Wikipedia

Diferencias entre castellanos y catalanes

El nacionalismo quiere elevar a determinantes las particularidades catalanas, pese a que los habitantes de estas dos regiones de España comparten una historia y una cultura desde hace siglos. La mayoría se basa en tópicos sin justificar

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El actual clima político de Cataluña ha trasladado a la opinión pública la idea de que la suya es una historia paralela al resto de regiones de España. Para el nacionalismo, Cataluña y sus habitantes, de una mayor vocación europea y cosmopolita, son víctimas de una opresión desde hace siglos por parte de Castilla, que no les ha permitido desarrollar libremente sus particularidades y vertebrarse como nación. Sin embargo, la realidad histórica y sociológica demuestra que son muchas las similitudes entre los catalanes y el resto de españoles, y muy pocas las diferencias que, en su mayoría, se basan en tópicos y mitos infundados.

En el origen de la historia común entre Castilla y Cataluña, los habitantes de ambas regiones aparcaron las intermitentes disputas que azotaron los reinos hispánicos durante la Edad Media e inauguraron un tiempo de cooperación mutua. Como recuerda Henry Kamen en su último libro, «España y Cataluña: Historia de una pasión», en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas: «Ahora somos todos hermanos».

La llegada de los Reyes Católicos coincidió con una crisis demográfica de Barcelona

Sin embargo, no tardaron en surgir tensiones entre dos regiones que habían sido actores protagonistas en la Península Ibérica durante la Baja Edad Media. El matrimonio de los Reyes Católicos, origen de todos los males para el nacionalismo catalán, coincidió con una grave crisis demográfica de Barcelona, entonces superada por Valencia en importancia comercial. Esta coincidencia histórica y la preeminencia que adquirió Castilla en el solar hispano son usados por el nacionalismo para defender el origen de la opresión que ha perjudicado, supuestamente, el desarrollo de la personalidad catalana.

¿Grandes diferencias históricas?

Las brechas históricas más obvias entre los catalanes y los castellanos son la lengua y la posición geográfica de Cataluña. Antes de la unión dinástica, los catalanes percibían que tenían más en común con los franceses que con los castellanos. Los catalanes, integrados en la Corona de Aragón, eran tenidos por corteses y amigables. En 1612, un viajero francés afirmaba que la ciudad era «amable con los extranjeros y especialmente con los franceses». De hecho, Francia siempre ocupó un lugar preferente en la historia de Cataluña. Así, el sur de este país tenía en común con el norte de España: la comida, la visión del mundo, el idioma, e incluso – en el caso de los cátaros– sus herejías.

Además, en esos mismos años un consejero flamenco de Felipe II, Henry Cock, observaba que Barcelona tenía «más inclinación a las fiestas, los bailes y la diversión que cualquier otra región española». Un tópico, el de festivos, que curiosamente se le achaca en la actualidad al sur de España.

La unión dinástica de los Reyes Católicos diluyó estas diferencias e inició un periodo de gran efervescencia en la asociación entre reinos hispánicos. Cataluña y toda la Corona de Aragón giró definitivamente su vista hacía Castilla, que protagonizó un gran auge económico tras el Descubrimiento de América en 1492. Si bien es cierto que Castilla adquirió un papel preeminente en esta asociación, los datos refrendaban su posición: la población castellana suponía el 80% de España y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica.

Castellanos: «Funcionarios secos»

La identificación de los castellanos con el Estado Español provocó uno de los tópicos asociados a los castellanos, del que brotan algunas de las supuestas diferencias entre los habitantes de las dos regiones. En muchos rincones de Cataluña, y en general de España, los castellanos eran exclusivamente identificados con la autoridad real y con la Inquisición. Para los habitantes de localidades rurales, la figura del recaudador o funcionario real, triste, sin humor y rigurosamente vestido de negro, era muchas veces el único contacto que tenían con alguien procedente de Castilla. De ahí el origen del tópico de que el carácter castellano se diferencia de otras regiones por ser seco y poco dado a bromear. Dos rasgos que coinciden con los insultos y generalidades que arrastran históricamente los cuerpos de funcionarios, pero que pocas veces se cumplen.

Catalanes: «Comerciantes tacaños»

Paradójicamente, las vías de comercio abiertas por Castilla imprimieron uno de los rasgos distintivos que todavía hoy perviven en la población catalana: la vocación comercial. Como ocurrió en Italia durante la expansión de la Corona de Aragón, el aumento de los comerciantes catalanes en España despertó los prejuicios habitualmente vinculados a este gremio. La excelente posición geográfica de Cataluña y su vocación marítima contribuyó al auge del comercio por toda la geografía española. Era costumbre que los segundos hijos de las familias pudientes catalanas se dedicaran al comercio, lo cual provocó el progresivo desplazamiento de los genoveses, holandeses e ingleses que, hasta entonces, habían sido los máximos beneficiados de la llegada de mercancías desde América.

«Las gentes de España conocían a los catalanes por su actividad comercial, de la misma forma que a los castellanos se los identificaba como funcionarios y letrados», explica Ángel Puertas, autor de « Cataluña vista por un madrileño» (Albores), que trata de desmentir los tópicos sobre los catalanes. Al ser portadores de liquidez, los catalanes lo aprovecharon para hacerse prestamistas, una actividad que nunca ha sido bien vista en la historia. «Los insultos que se usan contra los catalanes son los del mal comerciante: rácano, avaro, usurero...», recuerda Puertas.

¿Hay alguna base detrás de estos tópicos?

Más allá de los prejuicios malintencionados, en opinión de Ángel Puertas, «nada hay de cierto en estas famas», lo cual no quita que «los catalanes tengan un trato más preciso del dinero producto aún de la tradición de comerciantes». «Es más frecuente que, por ejemplo, si estas tomando algo con los amigos cada uno se pague siempre lo suyo...», afirma Puertas, afincado en Palau de Plegamans (Barcelona) desde hace más de una década.

La formalidad castellana en el trato puede tener su origen en la condición de funcionarios

Por su parte, el carácter seco de los castellanos tampoco se puede generalizar, mas cuando la mayor parte de la población de Andalucía –precisamente asociada a lo contrario– tiene su origen en Castilla. De hecho, las regiones andaluzas estaban incluidas en esta Corona. Sin embargo, muchos «forasteros» tienden a ver al castellano como distante en el trato a causa de su estricta formalidad, típica de los funcionarios, todavía hoy presente en las costumbres de está región.

¿Diferencias de carácter racial?

Sobre un factor racial distinto al de otras regiones españolas, el historiador Vicens Vives desarmó cualquier hipótesis nacionalista al respecto en su «Noticia de Catalunya», publicado en catalán durante el franquismo: «Somos fruto de diversas levaduras y una buena parte del país pertenece a una biología y a una cultura de mestizaje. No remontándonos más allá de la época carolingia sabemos que el núcleo de nuestra población campesina la formaban los "homines undenque vinientes", es decir, «los hombres que venían de cualquier parte». En suma, si algo ha caracterizado históricamente a Cataluña es su buena disposición a acoger a habitantes llegados de fuera. El mestizaje se da por descontado.

Además de esta consideración de carácter histórico, también hay que reseñar que buena parte de la actual población de Cataluña está formada por los hijos y nietos de los miles de andaluces y extremeños, así como otras regiones empobrecidas de España, que emigraron durante la posguerra. En 1930, unos 70.000 andaluces vivían en suelo catalán. Cuarenta años más tarde, en 1970, la cifra superaba los 840.000.