España

Los mitos de Escocia y Cataluña: la obsesión por inventarse un pasado

Los nacionalistas han usurpado tradiciones y distorsionado el relato histórico para adaptarlo a sus reclamaciones actuales. La gaita, un instrumento antiguamente asociado como signo de barbarie, es ahora el símbolo más típico de Escocia

Ilustración que muestra a Rafael Casanova al pie de las murallas en la defensa de Barcelona de 1714
Ilustración que muestra a Rafael Casanova al pie de las murallas en la defensa de Barcelona de 1714 - Wikipedia
césar cervera - Madrid - Actualizado: Guardado en: España

La obra «La invención de la tradición» de Eric Hobsbawm y Terence Ranger generó una gran controversia política a finales del siglo XX por tratar de diseccionar el nacionalismo escocés. El proceso expuesto por estos autores ingleses guarda similitud con lo ocurrido en Cataluña, e incluso en el País Vasco, donde una serie de escritores, pocas veces historiadores, crearon en los siglos XVIII y XIX un pasado romántico para situarse como víctimas de la opresión castellana.

No en vano, la historia inventada de Escocia es la misma que en la actualidad usan los líderes nacionalistas para reivindicar mayor autonomía. El epicentro del relato está en el pasado celta de Escocia y su distinta relación con el Imperio Romano. Según argumenta el libro «La invención de la tradición», el origen del proceso inventivo coincidió, como en Cataluña, con el auge en Europa del Romanticismo, que vanagloriaba la figura del noble salvaje que, al igual que los piratas, los guerreros celtas o los sitiados de Barcelona en 1714, lucha por defender sus ideas y su patria hasta la muerte. Un relato eminentemente literario que el nacionalismo ha usado con fines políticos.

«Cuando los escoceses se juntan para celebrar su identidad nacional, la afirman abiertamente a través de un "kilt", tejido en un tartán con los colores de su clan, y de una gaita. Este instrumento, al cual atribuyen gran antigüedad, es de hecho básicamente moderno. Su uso se desarrolló mucho después de la Unión con Inglaterra como símbolo de protesta», explica Hugh Trevor-Roper en el citado libro sobre la importancia que cobró el pasado celta de Escocia. Así, lo que era un instrumento rudimentario asociada como signo de barbarie por la mayoría de los escoceses y reservado a los «highlanders» (nobles escoceses de tradición celta) ha terminado por convertirse en el símbolo nacional por excelencia.

Pero el uso del «kilt», cuya forma actual también es de reciente creación, y de la gaita son la punta del iceberg en un proceso que ha colocado a los «highlanders», para nada representativos ni protagonistas de la historia de Escocia, como los supuestos padres de la nación escocesa. De hecho, los «highlanders» del norte de Escocia estaban considerados por la mayoría de la población como un apéndice de las tradiciones celtas de los irlandeses y su literatura era una copia de la Irlanda gaélica. Sin embargo, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX apareció una corriente pseudo histórica, repleta de personajes entre el folclore y el fraude, que se apropió de la cultura irlandesa y reescribió la historia de Escocia otorgando a los «highlanders» un papel clave. De la noche a la mañana, el incipiente nacionalismo proclamó que la Escocia celta era la «nación madre» e Irlanda su dependencia cultural.

Para sostener el relato: el mito de 1714

El caso del nacionalismo catalán tiene muchas similitudes con Escocia, pero fue desarrollado de forma más tardía. Muchos años después de la Guerra de Sucesión, el periodista Salvador Sanpere i Miquel escribió a finales del siglo XIX, coincidiendo con el desastre del 98, el libro «Fin de la nación catalana» que sentó las bases para crear el mito moderno sobre el asedio de Barcelona de 1714. No en vano, Salvador Sanpere i Miquel bebía en su texto de la literatura romántica que los exiliados de 1714 habían dejado escrita y presentaba a Cataluña como una nación agredida en la Guerra de Sucesión.

En palabras del hispanista Henry Kamen dentro de su libro «España y Cataluña: historia de una pasión», «sin ningún criterio, los catalanes se presentaron como defensores unívocos de la libertad contra las fuerzas militares foráneas». Eso a pesar de que una parte sustancial de la población en Cataluña, cerca de la mitad, apoyaba a Felipe V y que, además, los rebeldes fueran firmes partidarios de la unidad de España, que ellos entendían que representaba el reconocimiento de otro rey –el que hubiera sido Carlos III– y de unas comunidades autónomas que preservaran sus constituciones históricas.

A día de hoy, ese mito creado por un grupo de pseudo historiadores a finales del siglo XIX ha sido llevado a los términos que el nacionalismo moderno necesita para justificar su desafío soberanista. Esquerra Republicana distorsiona el pasado de Cataluña, afirma Kamen, como si el objetivo de 1714 hubiera sido la formación de una república; y CiU, por su parte, defiende que se trataba de un proyecto de república separatista. Un proceso que se basa en la idea romántica de que los habitantes de Cataluña eran los defensores de unas libertades que supuestamente Castilla aplastó en esa fecha.

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