La interminable saga de Goldman-AIG

La interminable saga de Goldman-AIG

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holman w. jenkins, JR

Miembro consejo editorial The Wall Street Journal

Incluso entre aquellos que normalmente están de acuerdo, se ha levantado mucha polvareda en torno al plan de rescate de Goldman y AIG. La controversia va a dar lugar a otra vista en el Congreso posiblemente subida de tono. Se trata de demostrar si la Reserva Federal de Nueva York (propietario, Tim Geithner) estuvo implicada en actividades ignominiosas y difamatorias relativas a unas autorizaciones que afectaban de lleno a Goldman Sachs y otras partes afectadas sobre ciertas garantías de AIG para cubrir pérdidas en derivados de hipotecas.

Intentaremos sanear el ambiente con un poco de teatro improvisado. Supongamos que usted es Geithner. Al otro lado de la mesa se sienta una de las partes contrarias, un grupo que incluye bancos franceses, alemanes, británicos y estadounidenses. Imaginemos que en esta ocasión es un representante de Goldman, elegantemente vestido de terciopelo rojo, con cuernos y tridente.

Geithner: El Gobierno estadounidense va a rescatar a AIG y le gustaría que usted aceptara un descuento del 40% a cambio de que los contribuyentes salden las deudas que AIG tiene pendientes con usted.

Goldman: Está bien. Pero deme una razón por la que debería aceptar. Me satisface acceder, pero esto es una negociación, de modo que debe decirme qué saco yo con todo esto.

Geither podría dar un par de respuestas, cualquiera de las cuales seguramente animaría a Goldman a plegarse a los deseos de la Fed. Podría decirle: Porque si usted no está conforme, dejaremos que AIG quiebre y usted sacaría todavía menos, sobre todo con el hundimiento generalizado del sistema financiero. El único problema aquí es que el Gobierno estadounidense ha intervenido precisamente porque ha considerado que la quiebra de AIG es inaceptable dada la fragilidad del sentimiento del mercado y los temores a una espantada a gran escala del sistema bancario de la nación. Habría sido contrario al firme propósito que el Gobierno tenía entonces infundir a cualquiera en el mercado la sospecha de a lo mejor se permitía que AIG quebrara.

O bien Geithner podría decir: Soy el regulador y en breve me convertiré en el secretario de Hacienda de la Administración de Obama, y las cosas no le irán bien en el futuro a menos que se avenga a mis peticiones.

Leyendo entre líneas diversas investigaciones, Geithner evitó esta estrategia porque lo consideraba «inapropiado». Quizás también porque Goldman habría dicho: Muy bien, pero lo quiero por escrito. Estoy entregando miles de millones por reclamaciones sobre la base de la promesa de que seré objeto de favoritismo político y regulador en el futuro y quiero una carta que pueda esgrimir para recordarle esa promesa.

Naturalmente, Geithner sabe que no puede controlar lo que sus sucesores o la Administración o el Congreso harán en el futuro. Incluso si Goldman estuviera dispuesto a aceptar una garantía verbal, peor que cualquier repercusión por dejar de pagar a Goldman 100 céntimos por dólar sería la repercusión política que tendría el que Goldman revelara que se le habían dado tales garantías.

Ante esta tesitura, la Reserva Federal de Nueva York ha dejado por lo visto a toda prisa el asunto de los recortes para pasar a otra cosa, lo cual hace suponer ahora cosas nada halagadoras. Seguramente muchos dirán también que Goldman y los otros deberían haber aplaudido y aceptado los recortes propuestos simplemente porque así se les pidió. Tal vez Goldman (aunque no los otros) desee ahora haber aceptado en su momento dados los quebraderos que el asunto ha causado a la empresa.

Pero recordemos que estos sucesos se condensaron en un periodo notablemente agitado a finales de 2008. Goldman no estaba en situación de saber que los recortes eran un asunto de defensa a menos que la Reserva Federal y Hacienda se hubieran tomado la molestia de comunicárselo y, parece que, con las tropecientas cosas que tienen los políticos en la agenda, un encuentro de tales características no llegó a cristalizar, quizás porque todos los que estaban implicados tenían cosas más importantes de qué preocuparse.

Sí, las pruebas subsiguientes dan a entender que la Reserva Federal de Nueva York llegó a considerar el asunto embarazoso, ya que intentó disuadir a AIG para que no revelara los términos exactos de los pagos de las partes contrarias. Esto ha creado un ambiente de prevaricación en el asunto y tarde o temprano a Geithner probablemente le costará el puesto. Pero lo que realmente deberíamos lamentar es que los responsables políticos de entonces no tuvieran arrojo burocrático para tratar a la filial culpable de AIG, conocida como AIGFP, del modo en que lo hicieron con Citigroup o J.P. Morgan, limitándose a extender una garantía del contribuyente a los activos dudosos.

Con toda probabilidad, los contribuyentes no habrían perdido un céntimo con el plan de rescate de AIG; habrían ganado millones en cuotas por una garantía que nunca sería invocada. AIG sería una próspera aseguradora mundial en la actualidad, si bien con una exposición controlable en el supuesto de un impago de los títulos hipotecarios subyacentes. No habría inmensos pagos en efectivo a Goldman por los que escandalizarse.

Una serie de consideraciones se dejaron de lado con las prisas por rescatar AIG, que sospechamos se hizo por las razones legítimas ofrecidas por Geithner, Ben Bernanke y Hank Paulson: evitar una crisis financiera. Pero el trabajo hecho deprisa y corriendo suele ser una chapuza y, sin duda, así ha sido en este caso.

THE WALL STREET JOURNAL © 2010 Dow Jones & Company, inc.