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Río 2016 | Atletismo Bolt, por los siglos de los siglos

«Ahí lo tienen, soy el más grande», dice directo hacia la eternidad tras el tercer oro en el relevo, el noveno en los Juegos

Bolt llega a meta en el 4x100 - REUTERS
J. Gómez Peña Río De Janeiro - Actualizado: Guardado en: Actualidad Rio-2016

En un guiño al escenario, se anudó la bandera de Brasil, se ajustó la gorra y se dirigió al trote a la calle cuatro. Arrodillado la besó, puso los brazos en cruz y miró al cielo. Era su despedida de una pista olímpica. «Ahí lo tienen, soy el más grande», se definió. Sin pausa, dio un pasito a la izquierda y palmeó el número de la calle 3. La cifra de su última noche en los Juegos. Acababa de ganar con Jamaica (37.27) su tercera final del relevo 4x100. Tres. En su palmarés esperaban las tres victorias en los 100 metros y las tres en los 200. Su dominio ha abarcado tres Juegos: Pekín 2008, Londres 2012 y Río de Janeiro 2016. Tres por tres igual a nueve oros. Nadie le ha derrotado.

Antes de esta última final había dicho que iba a dar otro «espectáculo». Siempre cumple. «Lo había prometido». Sus compañeros del cuarteto caribeño, Powell, Blake y Ashmeade, hicieron su trabajo: le dejaron empatado con el sorprendente Japón y un punto por delante de Estados Unidos -al final los americanos fueron descalificados y el bronce se lo quedó Canadá-. Cuando Bolt agarró el relevo definitivo, el estadio de Engenhao ya lo sabía. Su posta fue espectacular. La cámara lateral captó su enorme tamaño: empequeñeció al resto. Un dios contra los hombres. Apartó con su portentosa zancada un par de metros a los rivales y recogió su tercer oro en Brasil. La afición festejó esos últimos diez segundos de su ídolo sobre el tartán. El tiempo que tardó Bolt en irse directo a la eternidad. «Ya pasó. Estoy aliviado y orgulloso de mí mismo. Objetivo cumplido. Se ha hecho realidad», declaró. Cerró el círculo.

«Parece que lo que hago es fácil, pero detrás hay mucho trabajo. Por eso, siempre que he salido a la pista he tratado de divertirme». Bajo la máscara de cantante de reggae desentendido y feliz, Bolt esconde su ambición, su jerarquía y su pasión por la velocidad. «No autorizo a nadie a ganarme. Nunca», deja claro. La pasión le viene, como él desvela, de su padre. Y del críquet, el deporte rey en su casa de Trelawny. «Desde los seis años vi los partidos con mi padre». Le enseñaba las técticas, las maneras de golpear la bola. «Era puro placer». Y luego lo aplicaba en los partidos escolares. Se le daba bien. Le cogió gusto a ser el mejor.

«Tuve una buena infancia y una buena educación», agradece. Era el único hijo de su madre y tenía dos hermanastros. El niño mimado de Jenifer. Y el tormento a veces de Wellesley, el padre. Férreo. En Jamaica, recuerda Bolt, el cinturón forma parte de la disciplina familiar. «Mi padre era dialogante. Me decía una vez las cosas, dos, tres... Luego sacaba el cinto». Wellesley mide 1,93 metros, sólo tres centímetros menos. Desde esa altura controló a aquel chaval hiperactivo. «Cuando estuve embarazada de él, no dejaba de dar patadas», cuenta Jenifer. La calma llegó al hogar de los Bolt cuando al niño le regalaron una consola de videojuegos. Con la Nintendo, santo remedio.

Eso y el críquet. Era un fenómeno. A los 9 años ya jugaba con críos de 12. Era de su talla. Y, mientras se divertía con la bola, empezó a deslumbrar en las carreras escolares con los pies desnudos sobre la hierba. También ganaba con su zancada y se animó con el atletismo, aunque como algo secundario. Su vida era el críquet. En eso se cruzó en su camino un tal Keith Spence, un chaval que era una centella en la pista. Imbatible. Usain no podía con él. Así que decidió entrenarse un poco. Le bastó. Enseguida se vio en la salida de la competición escolar más conocida de la isla, «Chicas y Chicos», retransmitida por la televisión. Ahí conoció los 200 metros. Ahí empezaron a conocerle a él. En Jamaica la velocidad es una cuestión de estado. En 2005, la isla organizó el Mundial juvenil en la capital, Kingston. Bolt tenía 15 años; sus rivales se acercaban a los veinte. El país entero le cargó la responsabilidad de ganar el oro. «Es la única vez en mi vida que he tenido miedo». Horror al fracaso. «Me temblaban las piernas. Me tropecé cuando iba a los tacos». Ganó la carrera con 20.61 y se convirtió en el campeón juvenil más precoz de la historia. Comenzaba a ser el primero. El mejor. Además, ya estaba vacunado contra el miedo escénico. Nunca más.

Luego se le vino encima la adolescencia, la fama, un aluvión de chicas, la noche jamaicana y el descontrol. Y los problemas de espalda, torcida de nacimiento. Resulta que el hombre más veloz del mundo nació mal hecho: con una pierna más corta que otra. Eso a punto estuvo de echarlo del atletismo. No dejaba de lesionarse. Le rescataron su nuevo entrenador, Glen Mills, y un médico alemán. Reconstruyeron el cuerpo de Bolt alrededor de esa escoliosis. Equilibraron el defecto mientras desde Jamaica le llovían críticas por su bajo rendimiento. «Llegaron a decir que cobraba por dejarme ganar», apunta. Bolt transformó esa malformación en un beneficio. «Me obligó a trabajar más. Gracias a ella he podido ser más rápido». No lo fue en su debut olímpico, en Atenas 2004. Tenía 17 años, estaba lesionado y fue eliminado en las series.

Pero sí lo fue en Pekín 2008. Hasta un año antes no había ensayado en serio los 100 metros, carrera a la que otros consagran su vida. En marzo de 2008 ya marcó 9.76. ¿Quién es este Bolt? Contestó con el récord mundial: 9.72. Los especialistas no entendían cómo aquella anomalía de la naturaleza de 1,96 metros, una altura inusual en la velocidad, corría tanto. Con toda esa expectación llegó a los Juegos de Pekín 200. Ya era el Bolt que es: relajado, adicto a los nuggets de pollo y a jugar con el público.

En la final de los 100 ganó dejándose ir los últimos veinte metros y, manos a la cabeza, rompió la plusmarca mundial: 9.69. Unos días después se llevó el oro de los 200 y archivó un registro histórico, el de Michael Johnson. A eso sumó el triunfo en el 4x100 con Jamaica con otro récord planetario. Bolt salió de Pekín como un icono. Una bendición para el decaído atletismo. Y lo ha subido, como él repite, «a un pedestal». Ha copado una era: de 30 finales en los 200 ha ganado 29; de 76 carreras de los 100 ha perdido sólo seis. Como dicen sus rivales, sus víctimas, «se le recordará durante siglos». Eso quería. Al atletismo le queda ahora adaptarse al enorme vacío que, enseguida, dejará su rey. El velocista de los tres tripletes y los nueve oros. El verdadero señor de los anillos, el símbolo del olimpismo. «Esta noche no me voy a acostar pronto». Y se fue. Del estadio y de los Juegos.

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