Varios jugadores de un partido de benjamines del Lugo
Varios jugadores de un partido de benjamines del Lugo - CD Lugo

Fútbol baseMarcadores invisibles para no frustrar

Expertos y formadores debaten sobra la propuesta de eliminar los resultados en los torneos de base

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El fútbol, en resumen, «solo» es meter el balón en la portería contraria. Sin embargo, caben mil oportunidades de convertirlo en algo maravilloso. Y educativo. La Federación Gallega, por ejemplo, trata de que el fútbol sea otra escuela, con más metas que el resultado. Ha sugerido a los clubes no publicar los marcadores para evitar que los niños se sientan humillados en las goleadas que a veces se producen por la diferencia de niveles. Expertos y entrenadores observan que no radica ahí todo el problema, sino en cómo se entiende ese resultado. Por los niños y los padres.

«Hay clubes que solo publican el 1, X, 2, como en las quinielas. Pero el resultado es el que es y los niños no son tontos. Aunque cada vez los entrenadores están más concienciados de que si van ganando 16-0, hay que cambiar de táctica, dejar jugar al otro equipo, hacer más jugadas... También quitamos la lista de los goleadores porque ese no es el objetivo y porque cada semana recibíamos una llamada de algún padre o madre diciendo que nos habíamos equivocado», expone Benjamín Amido, secretario de la Federación Gallega.

La competición en sí, coinciden todos, no es mala. Ni en fútbol ni en ningún otro deporte. «Lo que es nocivo es el mal uso que se le da. En lugar de adaptarnos al deporte que practican los niños, el formativo, los adultos proyectamos lo que consideramos como único deporte: “ganar, ganar y volver a ganar”. Son dos conceptos diferentes, dos verbos diferentes: “ganar” y “formar”. Este es el que necesitamos para “construir” buenas personas», explica Ángel González Jareño, entrenador de baloncesto, que empezó formando a las promesas del Real Madrid, luego fue ayudante de Obradovic y Scariolo y ha dirigido a infinidad de equipos de élite. Acaba de escribir el libro «Baloncesto para educar» (Ed. Kolima Books).

Mal uso de la competición

A Víctor Martín, entrenador de fútbol base y femenino en el Madrid CFF, le gusta la eliminación de los resultados. Pero va más allá de los números. «El resultado no lo podemos controlar y nos confunde cuando los adultos le damos toda la importancia. El niño solo quiere jugar, no entiende la trascendencia del 16-0 ni se traumatiza por ello. Sí necesita que le expliques lo que está haciendo bien, mal, y animarlo, tanto los padres como los entrenadores. El marcador se le olvidará enseguida, pero si se le recuerda cuando sube al coche va a ir creyéndose que es mejor o peor que otros».

Seleccionador femenino, investigador y psicólogo, Chema Buceta subraya la necesidad, precisamente, de aprender de las derrotas. «En estas edades, se puede practicar deporte sin darle trascendencia a los resultados, la clasificación, etc., pero si se compite, se compite; y los niños tienen que aprender a competir con dignidad y aceptar cualquier resultado. Perder de paliza no es humillante. Somos los adultos quienes fomentamos que pueda serlo a través de nuestros comentarios. Perder de paliza es una gran oportunidad para fortalecerse y empezar a comprender mejor la vida», escribe en su blog.

Martín también aboga por esa oportunidad que da un resultado, para bien y para mal. «Es muy difícil controlar el instinto de los niños, pero hay que enseñar a competir. Y eso es: ganar y perder. El deporte es frustración, lo normal es perder o que no salga el partido como has ensayado. La educación debe radicar en gestionar esa frustración y no reducir el éxito solo al gol».

Lo ideal, contemplan todos, es que los niveles en el campo sean parecidos, aunque no siempre es posible porque se juntan diferentes edades. Pero también en esas diferencias hay que encontrar la lección para todos. «A veces eres tú el que golea y otra, el goleado. Cuando ocurre, tratamos de hacer jugadas con más pases, aprender a jugar para atrás. Encontrar opciones para seguir enseñando sin que importe el marcador», añade Martín.

«Todos los equipos de fútbol base pagan una cuota. Los padres se sienten más dueños de exigir. Que si “mi niño juega poco”, “que mi hijo es mejor que el otro”. En un partido, un equipo ganaba 3-0 al descanso y el entrenador sacó a los que menos jugaban. Perdieron. Los padres fueron a recriminarle los cambios y este los cortó: “¿Y si fuera tu hijo uno de los que no juegan?”. Ya no replicaron nada. Algún presidente de club ha sugerido alguna vez que en lugar de gradas habría que poner jaulas para los padres», relata Amido. «No puede ser que vengan niñas al campo con esa sensación de angustia de no ser mejor que la otra porque lo han escuchado en casa, o porque un mal entrenador no ha sabido destacar lo bien que lo han hecho en otros aspectos», continúa Martín.

Se olvida a la persona

Jareño minimiza el poder del deporte per se, y maximiza lo que se puede lograr con él. «Solo es meter la pelota en el cesto, una excusa para aportarles herramientas educativas que les funcionarán toda la vida: habilidades y competencias de cómo trabajar en equipo, asumir responsabilidades, aceptar perder y ganar y solucionar conflictos. Pero lo hemos convertido en una herramienta de rendimiento deportivo y nos hemos olvidado de la persona». Y pone un ejemplo: «McEnroe, que destrozaba las raquetas, y Nadal, con un respeto máximo siempre por el rival -y ayudando a sus vecinos en la tragedia de Mallorca-, juegan al tenis, pero cada uno le ha imprimido unos matices. En un partido donde se insulta al árbitro o el entrenador o un padre dice “adelante, remátalo” después de que un niño le pegue una patada a otro y le rompa la tibia y el peroné, ¿el respeto es que no hay marcador?», se pregunta Jareño.