Tour de Francia

La caída sin fin de Landa

Los accidentes han marcado la carrera intermitente del ciclista español, que casi nunca puede desplegar su talento en las grandes rondas

Albi (Francia)Actualizado:

«Fue un ‘shock’. Estaba de pie y de pronto me encontré ya en el suelo y entre la gente. Afortunadamente, no tengo consecuencias físicas». Así resumió Mikel Landa su desgracia. El parpadeo que dura una caída. No se despega de esa palabra resbaladiza. Los ciclistas cada vez patinan más. Froome y Dumoulin quedaron tachados de este Tour por accidentes previos a la carrera. El alavés había evitado todos los baches de esta edición. Cruzaba los dedos para llegar intacto a la primera jornada de descanso y comenzar a pensar en los Pirineos, su escenario preferido. En un chasquido, todo se oscureció. Así discurre su carrera, entre fogonazos y apagones. Con ataques a la antigua en etapas de montaña y tropezones que le impiden tocar el techo que tiene. Landa, que mientras pedalea en el Movistar levanta la Fundación Euskadi para devolverla a la élite del ciclismo, no puede disfrutar de su deporte por culpa de las caídas. Lleva dos años de vuelta de un accidente tras otro.

«Terminé la temporada pasada por los suelos y nada más empezar este año volví a caerme». Esta declaración previa a la Vuelta al País Vasco resumía su estado de ánimo. En 2018 se cayó en el Tour y luego en la Clásica de San Sebastián, cuando no pudo esquivar a Ben King, que se desequilibró solo. Golpe sobre golpe. Ni pudo ir a la Vuelta ni al Mundial. Tachó el año y se puso a entrenar para el siguiente, para afrontar esta temporada el Giro y el Tour. Pero el 31 de enero, en su primer día de competición, se vio implicado en una montonera y se partió una clavícula. De nuevo, a la camilla, a la inactividad, a darle vueltas a la cabeza. «Fue duro. Siempre arrancas el año con ilusión y, de repente, estaba igual, en una clínica. Viendo cómo corren los demás. Eso cuesta». Conoce bien esa sensación.

En 2015, cuando vestía el maillot del Astana, la mononucleosis le vació. El equipo kazajo dejó de creer en él. Pero resució en la Vuelta al País Vasco y deslumbró en el Giro, con victorias en Madonna di Campiglio y Áprica. Esa edición de la ronda transalpina estuvo a su alcance. La acabó tercero por órdenes del equipo tras Contador y Aru. Fichó por el Sky, que le puso como líder del Giro 2016. Lo abandonó enfermo. Regresó a la carrera italiana al año siguiente. Y una moto les tiró a él y a Thomas en la subida al Blockhaus. Quiso retirarse. Se quedó. No se rindió y eso le premió con el reinado de la montaña y la victoria de etapa en Piancavallo. Los Dolomitas fueron suyos. Aún dio un paso más dos meses después en el Tour. Terminó cuarto a un segundo del podio tras sacrificarse en favor de Froome.

Y para romper las cadenas que le atenazaban y jugar como líder se marchó al Movistar, donde está. El cambio de maillot no le ha cambiado la suerte. Hace un año, cuando fue séptimo en el Tour pese a estar lesionado, quiso ver la botella medio llena. «Acabar entre los primeros con una vértebra rota me da ánimo para 2019», declaró. Con ese impulso inició esta temporada, se curó de la caída inicial en Mallorca y acudió como líder al Giro. Ahí se cruzó su otra maldición, tener en su propio equipo a un líder capaz de disputar la carrera. Ya le había pasado en el Giro con Aru (Astana) y Thomas (Sky), y con Froome (Sky) en el Tour. Esta vez, en el Movistar, le sucedió con Richard Carapaz, vencedor final de una ronda italiana en la que el alavés, de nuevo, rozó el podio. Se quedó a 8 segundos. En la orilla.

Por ahí, por el borde de la carretera que iba loca hacia Albi circulaba ayer cuando Barguil le echó contra un espectador y le dejó tirado entre el público. Eso le costó más de dos minutos de pérdida. Le costó el Tour. Cuando Landa ya casi había sorteado las etapas más peligrosas, todo se giró de nuevo en contra. Así es su carrera, intermitente por culpa de tanta desgracia.