Gervasio Deferr: «Ojalá pueda entrenar al nuevo campeón olímpico»

Este «jubilado» de 30 años es uno de los grandes héroes del deporte español. Pero su despedida de la competición no significa un adiós a la gimnasia

MADRID Actualizado: Guardar
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«Llevo 25 años recibiendo órdenes y ahora me toca mandar», dice Gervasio Deferr con la sonrisa pícara de siempre, ahora enmarcada en una novedosa barba. De repente, recién retirado, parece que se ha hecho mayor, pero pesan más sus medallas que sus años (30). Dos oros olímpicos en salto (Sidney 2000 y Atenas 2004), una plata en suelo (Pekín 2008) y media docena de metales en diferentes campeonatos del mundo han hecho de Gervi (Premiá de Mar, Barcelona) un gimnasta irrepetible. Un héroe al que paran por la calle en un país donde la fama se la llevan los futbolistas.

—¿Y cómo lleva un catalán como usted ser merengue confeso?

—Bien... ¡si hasta soy comentarista futbolero en una emisora de radio! Solo los partidos del Real Madrid de Liga y Copa del Rey. La Champions la veo en casa con mi hermano mayor, Juan Pablo, que también es madridista. El pequeño, Mauricio, es culé.

—¿Le debe tiempo a los suyos?

—Por supuesto. Ahora paso más tiempo con mi familia, mi novia... y mis perros.

—En su despedida dijo: «Nunca dejaré de luchar por la gimnasia». ¿Qué planes tiene?

—Hace un mes abrí junto a unos amigos un gimnasio en el barrio de la Mina de Sant Adrià de Besòs y esta semana empiezo mi trabajo en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat. Soy un enamorado de este deporte, lo he vivido muy intensamente y quiero aportar mi experiencia a los jóvenes. ¡Ojalá en el futuro pueda ser el entrenador del nuevo campeón olímpico español!

—¿Qué empieza a echar de menos?

—La adrenalina que me genera la alta competición.

—¿Y por qué no apuró hasta los Juegos de Londres de 2012?

—Hago un seguimiento de mis rivales, y soy realista. Con un entrenamiento riguroso habría hecho un papel digno, pero eso para mí no es suficiente. No quería retirarme perdiendo. Así que lo comenté con las personas que me quieren y nadie me reprochó nada. La palabra más repetida fue «gracias». En los foros de internet también recibí mucho apoyo. He sido protagonista del deporte español durante la última década. Qué más puedo pedir.

—¿Recuerda un momento mágico por encima de los demás?

—Es complicado. Obviamente las medallas olímpicas, pero en especial la de plata en Pekín 2008. Mi ejercicio favorito es el suelo y no había tenido suerte en las citas anteriores, así que ese éxito fue una liberación. No gané, pero quedé segundo en China detrás de un chino (Zou Kai) que nunca me había ganado antes ni me ganó después. Los especialistas me dijeron que estuve mejor.

—El salto de potro ha sido, en cambio, el ejercicio que le ha dado más gloria.

—Sí, pero todo se resuelve en un suspiro. No lo disfrutas tanto. Es verdad que, al margen de la técnica, ser expresivo me ha ayudado. El suelo es más largo (un minuto y diez segundos), más difícil... y más creativo.

—En España el fútbol lo anega todo. ¿Usted se ha sentido valorado?

—Al principio de mi carrera, no. Pensé que con la medalla obtenida en Sidney las cosas cambiarían, pero no fue así. Sin embargo, ahora siento que la gente me quiere, me reconoce por la calle —a pesar de la barba—, comparte buenos recuerdos. La gimnasia puede ofrecer alegrías en grandes citas esporádicas; en medio, horas y horas de sacrificio fuera de los focos. El fútbol mueve al país entero todos los fines de semana.

—¿Ha tenido una vida de perros?

—No diría tanto, pero sí una vida dura. Y he tenido que aprender a ser disciplinado con mis entrenadores. A ver, tampoco he sido un cabroncete, sino un chaval como cualquier otro.

—Después de Sidney pasó por un mal momento: graves lesiones y entrenamientos con dolor. Incluso se planteó dejarlo.

—Dos meses después de ganar el oro me rompí un hombro; al poco tiempo, el otro. Me quedé sin poder levantar los brazos. Pasé por el quirófano y estuve año y medio de baja. Tenía 21 años, una medalla de oro y toda la vida por delante. Por suerte reflexioné... y volví.

—¿Por qué la gimnasia?

—Fue algo natural, no inculcado por la familia o los amigos. Con cinco años tenía una agilidad sorprendente. A los seis era capaz de hacer un mortal y caer de pie. El entrenador me prohibía series de alta dificultad, pero yo las hacía a escondidas para vacilar a los compañeros mayores.