Su sueño de ser olímpica llegó en Río, con el equipo de refugiados
Su sueño de ser olímpica llegó en Río, con el equipo de refugiados - REUTERS
Natación

Yusra Mardini: «No elegimos ser refugiados»

Cuatro años después de su odisea desde Damasco hasta Berlín, la nadadora siria habla con ABC sobre la guerra, sus miedos y sus anhelos por Tokio 2020

Vive en Berlín con su familia: Mervat y Ezzat -madre y padre- y sus hermanas Sara y Shahed

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Era una embarcación con capacidad para ocho personas. Entraron veinte, bebés y niños. En algún lugar entre Turquía y Grecia, el motor se paró. Yusra Mardini se lanzó al agua, con su hermana Sara y otro pasajero, con cuerdas atadas al cuerpo para dirigir la embarcación a tierra firme. Con 17 años soñaba con participar en unos Juegos Olímpicos. Con 17 años, nadó a turnos durante tres horas y media para salvar la vida y la de los demás. No había espacio para los sueños en ese bote. La hubieran hundido.

Hoy, con 21, pide disculpas si la llamada es demasiado temprana. Tendrá que ir a entrenarse después. En su voz, energía, amabilidad, alegría. También madurez y dolor por rememorar una guerra en Siria que truncó su adolescencia y que la obligó a dejar su mundo para buscar una esperanza de futuro por tierra, aire y mar. Pasó de ser nadadora a refugiada. Ahora se define nadadora y refugiada.

Ha desnudado su pasado en «Mariposa» (Plaza y Janés), que será una película dirigida por Stephen Daldry. Una experiencia dura y muy emocional, en la que lloró muchísimo, pero que creía necesario para lanzar un mensaje contundente: «La gente sabe que los refugiados son personas que cambian de país. Pero puede que no sepan que teníamos nuestras casas, nuestros coches, nuestros sueños. No vamos a otros países a quitar ningún puesto de trabajo. Solo queremos, como todos, un sitio tranquilo, sin miedo, sin escuchar bombas a cada paso, donde proteger a tus hijos y poder tener un futuro. No somos héroes. Tampoco eliges ser refugiado. Yo no elegí serlo cuando tenía 17 años».

Hasta 2015, su infancia fue la de cualquiera: colegio, amigos, confidencias con su hermana mayor, juegos con la pequeña, visitas a los tíos y a la abuela. Solo un matiz era diferente: su padre la lanzó al agua cuando tenía cuatro años y le inculcó la pasión por la natación, que ya nunca perdería, ni siquiera después de enfrentarse al Mediterráneo. Pero esa normalidad se vio inundada, poco a poco, de proyectiles y ruido de bombas desde 2011.

«Pensamos que la guerra siempre está lejos, en otra parte. La gente lo ve en las noticias, pero no son conscientes de que puede ocurrir en cualquier país. Ese es el problema. Nadie quiere vivir una guerra o ser un refugiado. No creo que la gente entienda eso porque nunca han pasado por eso. Cuando yo vivía en mi país antes de la guerra, tampoco pensaba que podría ocurrirme a mí. Ahora soy consciente y no puedo culpar a la gente que no lo entiende. Yo tampoco lo entendía».

Después de tres años de cambios de casa, miedo y penurias, se dejó la infancia en Siria un 12 de agosto. Voló hasta Estambul. Notó la discriminación cuando no aceptaron su dinero para comprar comida. Pagó a mafias de inmigrantes para asegurarse una embarcación de Esmirna a Grecia. En ese trayecto donde se pudo haber dejado el futuro. Desde Lesbos tomó un ferry a Atenas. Cruzó hasta Macedonia en un autobús con un billete comprado a traficantes. Cientos de kilómetros a pie. Otro autobús la llevó a la frontera con Serbia y otro más a Belgrado. Casi llegó a Austria en tren, pero este se detuvo a una parada. Muchas noches en campamentos y a la intemperie. Regresó a Budapest. Por fin, alcanzó Viena. Carteles de «Welcome, refugees». Un tren la llevó a Múnich. A Berlín, donde reside, llegó el lunes 7 de septiembre.

«No sintáis vergüenza»

«Al principio me molestaba que me trataran como una refugiada. No permitían que lo olvidara. Ahora estoy orgullosa de serlo y de que me traten así. Es parte de lo que soy. Hice un viaje desde Siria hasta Alemania del que estoy totalmente orgullosa. Es lo que quiero transmitir a los demás refugiados: no os sintáis avergonzados. No hicisteis nada malo y has pasado por mucho en tu vida, tendrías que estar muy contento de estar vivo. También hay muy buena gente que te hace sentir que puedes ser parte de ellos».

Es una mujer brillante, consciente de la suerte que ha tenido a pesar de todo. Y muy diferente a la Yusra que hubiera sido sin este peregrinaje que la definirá de por vida. «El viaje me enseñó que hay que cuidar más a las personas porque no sabes la vida que han tenido. Me enseñó que soy más fuerte de lo que creo, y que hay que valorar más lo que tengo. Claro que siento que es injusto todo lo que me pasó, pero también me siento afortunada de haber podido vivir todo eso, y de tener ahora a mi familia cerca. Es la vida la que te dirige, y no puedes hacer nada contra eso salvo abrir la mente. Yo lo hice conociendo a gente de distintos países y distintos problemas, y luchando con ellos y por ellos. Me ha hecho ser mejor persona que antes».

Aunque también remarca que no por ser un refugiado eres ningún héroe ni vas a tratar mejor al mundo: «Depende mucho de la persona. Un refugiado ha trabajado muy duro para tener lo que tiene, pero conozco a muchas personas que no lo son, que tienen buenas vidas y que trabajan muchísimo como voluntarios ayudando a otros refugiados. Lo aprecio y lo respeto mucho».

¿Falta empatía en el mundo? «Sí. He visto a muchos jóvenes... En Siria teníamos la mitad de lo que ellos tienen: mi madre, mi hermana y yo teníamos que trabajar para tener una vida más o menos cómoda. Ellos pueden tenerlo todo y creo que ni siquiera son capaces de apreciarlo. No puedo culparlos porque es la forma en la que se vive en Europa, pero siento que la gente, los padres, deberían enseñarles lo difícil que es conseguir el dinero, lo duro que es trabajar cada día para ganar ese dinero. Así los niños lo entenderían, que la vida no es tan fácil cuando creces».

Todavía le causa pánico el mar. No la playa, pero sí mirar el agua con la que tanto batalló en esas tres horas y media de odisea. Pero no ha dejado nunca de ser nadadora y el Comité Olímpico Internacional le ofreció un puesto en el equipo de refugiados para disputar los Juegos de Río 2016. El sueño que no cabía en aquel bote.

Quiso vivirlo todo: desfile inaugural, villa olímpica, su primera competición. Al principio le sobrepasó la atención mediática que recibió, pero entendió que la oportunidad era doble: como deportista y como cara visible de una tragedia invisible: «Me sentí con la responsabilidad para compartir esa historia al mundo. Éramos los primeros refugiados olímpicos y representamos a todos los del mundo».

Michael Phelps

No cree que haya cambiado el mundo, a pesar de que figuró en la lista de adolescentes más influyentes, es embajadora de ACNUR y contó su historia al Papa Francisco y a Barack Obama. «Soy joven y he vivido muchas cosas, pero quiero seguir trabajando para dejar mi marca. Quiero empezar un proyecto que ayude a otros refugiados a mejorar sus vidas. Pienso en los que no lo lograron. Muchos pelearon tanto o más que yo. Yo tuve la oportunidad, ¿por qué no voy a intentar ofrecérsela a otros? Espero que algún día se me recuerde como alguien que hizo eso».

Quiere seguir estudiando y se entrena a conciencia para clasificarse para los Juegos de Tokio 2020. En Río no pudo hacerse una foto con Michael Phelps. El estadounidense fue quien, con una carrera en Atenas 2004, implantó sin querer la semilla de ser olímpica en una Yusra de seis años. «Lo vi en la villa, pero no me atreví a pedirle una foto. Supuse que estaba concentrado y no quise molestarlo. Espero hacerlo algún día», se ríe.

¿La vida le debe una medalla? «Sí, ja, ja, ja, a veces lo pienso. La vida me ha quitado mucho, pero también me ha devuelto. Soy afortunada. Todo el mundo sabe lo que he luchado. La medalla de oro ya no es tan importante, porque sé, en el fondo de mi corazón, lo duro que he trabajado. “Refugiado” es un nombre que nunca pierdes una vez que te lo han puesto», subraya, orgullosa, nadadora y refugiada.