En su primer gran duelo, en Moscú, Korchnoi (a la izquierda) y Karpov se disputaron en 1974 el derecho a enfrentarse al campeón, Bobby Fischer - ABC
AJEDREZ

El disidente que pudo reinar

Korchnoi narra en sus memorias (por fin en español), un thriller con espías, drogas, telépatas y parapsicólogos

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Yogures con drogas y códigos en clave, partidas amañadas, parapsicólogos, hipnotizadores, espías, castigos, humillaciones y dosis generosas de ajedrez componen las memorias de Viktor Korchnoi, el mejor jugador (con permiso de Paul Keres) que no ganó nunca un Mundial. Viktor «el Terrible» es además un ejemplo sin igual de longevidad. El próximo 23 de marzo cumplirá 80 años, edad que no le impide mantenerse, aunque parezca increíble, entre los 500 mejores del mundo. La Editorial Chessy acaba de publicar sus memorias, «El ajedrez es mi vida... y algo más», que aparecen por primera vez en castellano, actualizadas y enriquecidas.

Decir que Viktor Korchnoi ha tenido una vida de película no es una exageración. De hecho, inspiró una, «La diagonal del loco», que ganó el Oscar para Suiza (y apareció como actor secundario en «Gran maestro», de 1972, aunque el ocasional actor dice que su guión era «bastante flojo»).

El enemigo número uno de la Unión Soviética en los setenta nunca conoció la paz. Antes de separarse, su madre llegó a denunciar ante el Partido Comunista a su padre, «por rezar». Más tarde, dormía en dos sillas en mitad de la habitación. «Durante años», asegura, «acarreé un complejo por no tener cama». Luego sufrió una evacuación fallida en la guerra de su natal Leningrado, perdió a su padre y supo lo que era el hambre.

Ni siquiera su primer triunfo importante, en el campeonato juvenil de la URSS de 1947, le dejó un sabor dulce, ya que descubrió que a dos jugadores de su ciudad les obligaron a dejarse ganar. Aquello le abrió los ojos y reforzó su obstinado sentido autocrítico. El libro está trufado de alusiones a partidas amañadas, ayudas irregulares entre jugadores y toda clase de arreglos entre amigos.

Con todo, «El ajedrez es mi vida» no está exento de contradicciones e incluye alguna confesión, como su afiliación al Partido, que sin embargo «resultó ser una medida correcta: viajar al extranjero se hizo mucho más fácil». En alguna de aquellas salidas llegó a ser delegado del equipo, lo que implicaba redactar a la vuelta un informe para el KGB. Korchnoi también admite que es del tipo de jugadores «que necesita odiar al rival». Otros, dice, en realidad eran «notables actores». Asimismo, relata un encuentro semiclandestino con Bobby Fischer que no acabó nada bien; debido a una indiscreción del ahora ciudadano suizo, el genio americano acabó acusándole de ser un espía del KGB.

Pese a su incómoda posición en la URSS, lo peor vendría tras su derrota en 1974 frente a su enemigo vitalicio, el ruso Anatoli Karpov, en la final del ciclo de candidatos. El «proletario de los Urales» se ganó el derecho, nunca consumado, a enfrentarse a Fischer, mientras Korchnoi caía definitivamente en desgracia, sufría castigos y exclusiones de torneos y era empujado a desertar del país, dejando atrás a su familia. Ya con la etiqueta definitiva de traidor, Viktor soportó la encarcelación de su hijo Igor (él mismo cuenta su paso por prisión en un capítulo del libro), una forma de tortura psicológica que pretendía, según Korchnoi, forzarle a regresar o por lo menos a renunciar a luchar por el título.

El Mundial de 1978, en la ciudad filipina de Baguio —organizado por Florencio Campomanes, luego presidente de la FIDE— exacerbó el enfrentamiento entre las dos K (Kasparov se sumaría a la fiesta años después) y fue un festival de escándalos y una guerra entre parapsicólogos. Karpov y Zukhar tomaron ventaja, primero 4-1 y luego 5-2 (quien lograra seis victorias ganaba), pero Viktor reclutó a Didi y Dada y empató a cinco. Al final, perdió la partida definitiva y la ocasión de cambiar el curso de la historia. El segundo Mundial, en Merano, fue un paseo militar para el campeón.