Andrés Roca Rey
Andrés Roca Rey - BMF TOROS/ANDRÉ VIARD

El «Ponche» que desató la bronca en la tierra del vino

El presidente mantiene un toro inválido y se carga una tarde en la que Roca Rey había hecho lo más emocionante

LogroñoActualizado:

Alas seis en punto, el patio de cuadrillas era un auténtico hormiguero. No había espacio para la paz momentos antes del paseíllo: todos querían una foto con sus ídolos. Igualito que en otras artes o deportes. Y eso que allí había hombres mentalizados para jugarse la vida.

En bandeja de valor y oro ofreció la suya Roca Rey. Tres años (y un día) después de su alternativa, el peruano pisaba Logroño, su primera plaza como matador en España. Y de verdad se plantó: echó la pata p’alante en las verónicas del saludo, con unas ceñidísimas chicuelinas. Huido este tercero, recibió un primer puyazo del picador que guardaba puerta y un segundo en el que apenas lo señaló. Con el manso aculado en tablas, erigió un quite por Chicuelo de tremenda exposición. La plaza enmudeció cuando se colocó con la muleta a la espalda para trazar dos pases del péndulo, con uno de pecho y un desdén mirando al graderío, que se caía literalmente. No hizo falta más para que arrancase la música. Su gubernamental derecha ordenó las embestidas napoleónicas. «Napoleón» se llamaba el de Juan Pedro Domecq, aunque ahí el genio militar era, con permiso de El Viti, Su Majestad Roca Rey. Hundido sobre la arena, maravilló sobre la diestra y desató la locura en un invertido de aquí a Lima. Tras unos naturales, asombró con la arrucina y continuó a izquierdas, con un afarolado y pectorales que barrían el lomo de «Napoleón», cada vez más rajadito. Su privilegiada cabeza tiró de gimnasia intelectual y su alma paría una valentía infinita hasta acabar a milímetros de los pitones. Con esa ambición de los elegidos, no dejó ni medio viaje en el fondo del juampedro. Las bernadinas finales fueron pura rebeldía, otra vez con la plaza callada: el corazón del público, encogido; el del torero, engrandecido. Hasta los acomodadores se pusieron en pie. ¡Bendita emoción! La gente comenzó a sacar pañuelos y servilletas, pero el acero dejó el premio en una sola oreja. No sabíamos entonces que aquella sería la obra más intensa del festejo con mayor ambiente de San Mateo.

La guerra riojana se montó en el sexto. Y con toda la razón. El domecq no podía ni con la penca del rabo. Era de pañuelo verde en Logroño, Pamplona o Talarrubias. Inválido total, no se sostenía y, pese a la monumental bronca, el palco se empeñó en mantenerlo en una muestra de incompetencia absoluta. Vaya manera de mosquear al personal, que se quedó sin la última faena de la figura a la que más ganas tenía de ver. A Roca Rey, nombrado en la víspera cofrade del vino, le ofrecieron «Ponche»: menudo bautismo guasón para esta tierra... Y al peruano no le quedó otra que abreviar.

El máster de Ponce

Había descorchado la tarde un colorado justito de todo, que levantó las protestas. «Minucioso», como el nombre del parladé, fue Enrique Ponce, pendiente de cada detalle. No estuvo atinada la cuadrilla con los palos ante un oponente deslucido. Poco le importó al maestro, que brindó. Elegancia y señorío desde el prólogo, andándole al toro desde las tablas a los medios. Allí le cosió una tanda en redondo que encendió las notas. Toda la armonía y la clase eran cosa de Ponce, porque «Minucioso» apenas las había olido, pese a parecer mejor en sus manos. Tras las jaleadas series diestras, probó sobre la zurda a un animal cuyas principales virtudes eran la movilidad y la obediencia. Las dobladas, el molinete y el de pecho causaron un clamor. Ni la estocada caída le privó del trofeo que iluminaba el marcador.

Manseó el cuarto, pero repitió en la sabia muleta de Ponce, perfecto administrador de terrenos, distancias y tiempos. Suyo es el máster de más méritos de España. Doctor en tauromaquia, dominó la escena y se gustó en cada pasaje, como en unos naturales exquisitos. Giró a derechas como la agujas de un reloj y, con parsimonia, trenzó unas poncinas. El acero le robó el triunfo...

A las 18.35 horas Manzanares comenzaba su entrevista con el «Vampiro», con sus puntas negras. Verónicas de aperitivo, enlazadas a una chicuelina y una media. Echó la cara arriba en banderillas y tendía a puntear el engaño a derechas. Más pareció humillar a izquierdas, aunque el alicantino prefirió el otro pitón en series cortas. Se movía también este toro, bravito y a más. La última, de tres, un redondo y el de pecho, fue la más lograda. Paseó una oreja. No llegó a prenderse la chispa con el noblote quinto, que se quedaba corto y apenas decía nada. Con el parladé cada vez más apalancado, anduvo decoroso.

A pesar de la prometedora primera parte, todo se torció luego. La gota que colmó el vaso fue ese «Ponche» que nunca debió lidiarse (ni por presencia ni por juego). Tras tributar una lujosa ovación a la terna mientras abandonaba el ruedo, los tendidos miraron al unísono al presidente: «¡Fuera del palco, fuera del palco!». Temblaba la cubierta y los ecos de los desgañitados gritos llegaban al río. «¡Qué barbaridad, se va a desbordar el Ebro con la bronca!», exclamó un paisano, tratando de apaciguar las aguas. Pero el río de la afición andaba revuelto: «Oiga, que yo quería ver a Roca y he pagado para ver toros de verdad y no inválidos». La máxima autenticidad se la habían topado antes con el limeño en su «único» cartucho. Y del Rey Roca hablaban cuando, con la noche encima, llegó la calma. «Ponche» había desatado la tormenta en la tierra del vino, pero la fiesta seguía en la calle...