Luis David saluda con una larga cambiada de rodillas al tercero
Luis David saluda con una larga cambiada de rodillas al tercero - Efe

Luis David aprovecha su oportunidad en Bilbao

El mexicano corta dos orejas y El Juli logra un trofeo en una noble corrida de Garcigrande

Andrés Amorós
BilbaoActualizado:

Han bastado dos toros bravos y el arte de Manzanares para que vuelva la ilusión, antes alicaída. Con eso y el buen cartel, la Plaza registra –¡por fin!– muy buena entrada. Los toros de Domingo Hernández tienen movilidad y nobleza; algunos, fuerzas justas. Luis David, que sustituye a Aguado, corta dos trofeos; El Juli, uno. Ponce pincha una buena faena, demasiado prolongada.

Segunda actuación de Ponce. Es la número 70, en Bilbao: un número que impresiona. En el patio de acceso a la Plaza, sigue asustándonos la cabeza del gigantón «Carjutillo», de Samuel Flores: probablemente, el toro más aparatoso lidiado en Bilbao, en los últimos tiempos. Su arboladura no cabía en el capote ni en la muleta, tapaba todo el peto. Enrique le bajó la cabeza y le sacó muletazos lucidos. Fue faena de enorme mérito. Ahora mismo, puede hacerla igual o mejor, pero ha elegido el camino de la depuración estética, que exige toros colaboradores. A mí me gusta más cuando puede con toros difíciles.

Viste Ponce de blanco y azabache (los colores del Valencia): el mismo vestido con el que sufrió la lesión, en Fallas, y con el que reapareció, en El Puerto. El primero tiene movilidad y nobleza; cumple, en varas. Desde el comienzo, Enrique se siente a gusto; con su difícil facilidad, corre la mano, desmaya, acompaña con suavidad y ritmo las embestidas. La estocada corta queda algo atravesada, el toro tarda en caer: para el impaciente público actual, un «pecado» imperdonable. Ha estado bien pero no ha apretado el acelerador. El cuarto va pronto al caballo pero flaquea. Brinda a Muniain, el delantero del Bilbao. Traza muletazos limpios, con evidente maestría, en una faena muy larga, con demasiadas pausas (suena el primer aviso mientras muletea, aunque apenas se oye; luego, el segundo). Cuando el toro se pone gazapón, lo lleva al centro, donde deja un pinchazo hondo. Por bien que toree, debe tener sentido de la medida: ha rozado que le devuelvan el toro. La gran ovación es justo premio a su trayectoria, en esta Plaza.

Repite El Juli, esta vez con su ganadería favorita. Devuelto el segundo por flojo, el sobrero también flaquea, le miden el castigo; repite, con nobleza y sosería. El trasteo del Juli se queda en correcto y técnico pero sin brillo. ¿Por qué? No alcanzo a entenderlo. Mata a la segunda, con el feo salto habitual. El quinto derriba espectacularmente. Empieza El Juli haciendo el poste, como suele, aunque eso ayuda poco al mando. En el platillo, lo sujeta y domina, llevándolo enganchado a la muleta. También alarga la faena sin necesidad. Estocada con salto, desprendida y trasera. La hermosa muerte del bravo toro, resistiéndose a doblar, desata el entusiasmo: oreja.

El percance de Pablo Aguado supone un nuevo contratiempo. Me hubiera gustado verlo con el toro de Bilbao. (Se han olvidado de Emilio de Justo, que hizo aquí una gran faena y fue herido). Le sustituye Luis David, que intenta abrirse camino, con variedad y entrega. Recibe con larga de rodillas al tercero, un colorado chorreado, que acude con alegría al caballo y a la muleta. No nos libramos de los cambiados por la espalda, que levantan entusiasmo. Liga muletazos voluntariosos, con la figura arqueada, cogiendo el palillo por un extremo. Mata aguantando, desprendido y perpendicular: oreja.

Se agarra bien Óscar Bernal con el sexto, que flaquea. Luis David calma las protestas con el recurso de las zapopinas. Saluda Miguel Martín, en banderillas. El toro va y viene, con docilidad, en medio de la división del público. Luis David se vuelca, en una porfía empeñosa, desigual, con algunos muletazos lentos y la sorpresa de una arrucina. El público agradece su entrega total. Logra una estocada espectacular en la suerte de recibir, que domina: oreja y bronca al presidente por no conceder la segunda. En el toreo –y en la vida– hay que tomar el tren que pasa, agarrar el único mechón de una Fortuna que, en la mitología, es casi calva: Luis David lo ha hecho y eso le va a abrir muchas puertas.