Paco Ureña se abandonó en naturales que entusiasmaron
Paco Ureña se abandonó en naturales que entusiasmaron - PALOMA AGUILAR

Feria de Otoño: adolfos duros, toreros machos

Paco Ureña rompe a llorar en mitad de una faena en la que pincha el triunfo al mejor toro

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En lo alto del tendido, mucha gente joven levanta pancartas: «¡Sí, sí, sí, Escuela de Madrid!» Y una que emociona especialmente: «Un deseo: ¡Libertad!» Hasta los diestros aplauden...

En tarde desapacible, casi se llena la Plaza (igual que en todas las corridas de esta Feria). ¿Quién dice que la Fiesta no interesa? Sobre todo, cuando hay toros auténticos. Después de tres encierros flojos, los de Adolfo Martín, serios, complicados, con dificultades, dan mérito a todo lo que hacen tres buenos profesionales. En el último, el único que se presta al lucimiento, sólo la espada priva a Paco Ureña del triunfo.

Rafaelillo cuajó dos tardes extraordinarias en Madrid y Valencia. El primero, que sale distraído, por la derecha busca el cuerpo; todavía le saca algunos naturales emocionantes. Pincha en hueso antes de una gran estocada y pierde el posible trofeo. Al cuarto, lo lidia a la antigua, con decisión y oficio, pero vuelve rápido, le mete el pitón debajo del sobaco y lo persigue: otra pelea arriesgada, con varios sustos. Mata a la segunda, al encuentro, a cambio de otro pitonazo, y vuelve a saludar.

El segundo embiste brusco, muy corto, sin humillar, con claro peligro: una papeleta. Robleño lo lidia con aseo –no cabe mucho más– y mata desprendido, a la segunda. El quinto, muy serio, embiste de salida como un vendaval; con gran oficio, consigue Robleño que no le desborde. Saluda Jesús Romero en banderillas. El toro se apaga, pero Robleño le roba algunos muletazos suaves y logra una buena estocada.

Torea Ureña por primera vez los toros de Adolfo. El tercero, alirado de pitones, embiste con fiereza al capote y el diestro aguanta el envite; recarga en el caballo de Pedro Iturralde, sólo la primera vez; corta en banderillas; humilla pero brinca, al final del muletazo. El diestro saca algún buen derechazo, sufre un par de volteretas; traga, con valor. La faena no es redonda pero sí meritoria. Cobra la estocada a cambio de un pitonazo en el pecho, y saluda, antes de pasar a la enfermería, con una contusión en muñeca y antebrazo. Concluye la Feria con un murciano lidiando a un «Murciano», que huye de lado, flaquea y corta en banderillas pero mejora en la muleta. (Ha brindado a su padre y al de Rafaelillo). Tras una nueva voltereta, logra derechazos de mano baja, naturales de frente y con el compás abierto, muy emocionado. Pierde el trofeo con la espada. Toro encastado y faena emocionante: un buen final para la Feria.

Postdata. En el día de San Francisco de Asís, recuerdo su hermoso «Cántico de las Criaturas», adaptado a lo taurino: «Alabado seas, mi Señor, por el hermano toro,/ que de casta y bravura es un tesoro./Alabado seas, mi Señor, por los hermanos toreros,/ que crean arte con un animal tan fiero./ Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento,/ que aumenta el riesgo y quita tanto contentamiento./Alabado seas, mi Señor, por los hermanos antitaurinos:/ con tu poder, conviértelos al buen camino./ Alabado seas, mi Señor, por la hermana Carmena,/ que, con sus ocurrencias, produce tanta pena./ Alabado seas, mi Señor, por nuestra Fiesta nacional:/ perdona nuestros pecados y líbranos de todo mal».