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Victoria de un tremendo Juli en Albacete

Castella y Perera cortan una oreja

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Las bocanas de la plaza parecían las del Metro de Nueva York en hora punta. Lleno a reventar en un ambiente lujoso. Por la mitad firmarían muchas empresas. Ni la lluvia minó los ánimos de acudir a la corrida estrella. Aunque precisamente lo menos estelar sería el toro de Daniel Ruiz, pues ni enamoró en belleza exterior ni interior. En conjunto, nunca acabaron de romper, pese a salvarse dos ejemplares. Para entrega, la de la terna, por encima del ganado.

El tratado de la victoria llevó la firma de El Juli, todopoderoso en el cuarto, con un cuello para no humillar. Imposible parecía que descolgara, pero el madrileño obró el milagro. Técnica y magistral dominio para tirar de él con la mano de escribir hasta trazar derechazos más largos que el viaje del enemigo. Un espejismo por el izquierdo, al que dio el toque idóneo. Con valor, asiento y mando, abrió el compás en dos rondas diestras para terminar a milímetros de los pitones. Apabullante en su quietud, cada vez más crecido, dijo adiós a la muleta en un desplante a cuerpo limpio frente a «Tremendo». Para bestial Julián. Tampoco había escatimado nada con el primero, un «Alcahuete» de tornillazos que se orientaba y con el que se la jugó.

«Lechón» se llamaba el segundo. Aquellas hechuras de novillote se olvidaron cuando Castella se plantó en los medios con un variado quite pleno de autenticidad. Con un zigzag de ochos fijó la atención del rival para recogerlo con una apertura por alto sin pestañear la posición. Anclado se quedó hasta plantar la derecha y conducir con temple la noble embestida de «Lechón», que bajaba su fino cuello. También lo fue amoldando con precisa escuela por el izquierdo, por donde se entretuvo en los toreros remates. Acabó en el feudo ojedista y se volcó en el estoconazo para ganarse una oreja. Con el deslucido y flojo quinto lo intentó por todos los medios en un largometraje.

Perera, dueño y señor de Albacete, cortó una oreja del último, el de mayores calidades pese. Lástima que no tuviese más fuerzas. Miguel Ángel, que lo saludó con un farol de hinojos, echó también las dos rodillas por tierra, convertida ya en un barrizal por el aguacero, en muletazos con vibrante son. Se hartó de torear entre el entusiasmo de la afición. Inmenso y con una seguridad aplastante había estado con el brusco y guasón tercero, al que metió en vereda por ambos pitones en una obra grande. La espada le cerró la salida a hombros.