Un superior Juli entre los colonizadores de Santander
El diestro Julian López " El Juli " da un pase con la muleta - efe

Un superior Juli entre los colonizadores de Santander

Sale a hombros con Perera y Ureña con una buena corrida

Actualizado:

«Recadero» se llamaba el toro que abrió plaza. Sus mansitas pero nobles y repetidoras embestidas se encontraron con un receptor de lujo: El Juli, que exprimió la energía transmitida por el ejemplar de Domingo Hernández. Bárbaro de principio a fin, desde los pases cambiados por la espalda, hilvanados a unos redondos totalmente atornillado. Asentamiento de colonizador durante toda la obra. El doble lenguaje del sometimiento y el consentimiento imperó en la primera tanda diestra, mientras «Recadero» hacía amagos de huir. No lo permitió el sabio matador, que en la segunda serie zurda entendió que lo mejor era cambiarlo de terrenos para explotar largos naturales. Regresó a la otra mano, con el toro imantado a sus telas, el hocico lamiendo los flecos, y los hilos como barrenderos de la arena. El espléndido y apabullante festín continuó con el circular invertido, el pase de pecho visitando todo el lomo, el torero desprecio. De todo hizo entre la admiración sincera y unánime de los tendidos, sin necesidad de desplantes populacheros ni rodillazos. Pese a que la estocada cayó defectuosa, la plaza se vistió de publicidad de Ariel y paseó dos orejas entre la algarabía.

Aquel «Recadero» de calidades, con el hierro de Garcigrande, anunció el preludio triunfal de la corrida de Domingo Hernández, aunque, al igual que con los montalvos, hubo animales justos de trapío para esta feria. Claro que al público no le importó, porque los toros ofrecieron juego y los toreros no dejaron nada sin poner en el asador.

Superior anduvo El Juli de nuevo en el cuarto. Con la puerta grande ya abierta, si alguien pensó que iba a echar el freno, se equivocó. Pocos apostaban por ese «Pincel», de viaje más descompuesto y geniudo. Pues Julián, cuya ambición no conoce límites, hizo que creer a algunos que se trataba de un velázquez gracias a su firma de maestro. Pincelada a pincelada, lección tras lección, las rondas crecieron en intensidad hasta acabar jugando con el toro como quien colorea. Las palmas, rotas... Y el éxito quebrado por el desacierto con el acero, que se llevó el doble trofeo. No importó: con Santander ya conquistado, le tributaron una sonora ovación.

No fue el madrileño el único colonizador de Cuatro Caminos. ¡Menudo sitio el de Perera! Un premio se ganó del segundo el imparable extremeño, que salió hambriento pero masticando con señorío cada embestida. De aperitivo, un cóctel con verónicas, tafalleras y gaoneras de alto voltaje. ¡Cómo fue el quite! Imposible más ceñimiento. No se podía marcar un chotis más agarrado y cercano que el de su vibrante prólogo. Temple sumo con los dedos de escribir, mientras redondeaba circunferencias. Otra más con la diestra, con un cambio de mano que condujo a la naturalidad de su valor. Hizo al potable «Superviviente» mejor de lo que era y fue su soberbia técnica la que logró que no se rajara antes. Porque la gallina la había cantado...

Meritísima la faena al quinto, un manso que iba y venía con clase menos que regular. No fue este «Ventero» como el del anuncio (el mejor del mundo entero). Miguel Ángel le enseñó los caminos con una seguridad pasmosa desde las distancias primeras hasta las cercanías del epílogo. A pesar de la pérdida y la imposibilidad de la total limpieza, hubo encaje y reunión, aplomo y ligazón. Y un postre casero, marca Perera, con unas bernadinas de lexatín cambiando el viaje. Se solicitaron con énfasis los dos premios, pero el usía solo otorgó uno.

El modesto del cartel, Paco Ureña, no quiso marcharse a pie. La cabra que saltó en tercer lugar resultó algo deslucida y descompuesta. El murciano, que tiene un serio concepto, trató de hacer las cosas bien. Todo disposición, se llevó un susto pero se agigantó hasta pegarse un soberano arrimón, que hubiesen firmado las figuras con las que compartió cartel. Tanto se enrabietó tras las manoletinas y el pinchazo previo, que se tiró a matar o morir en el segundo encuentro. En el potable sexto volvió a lucir sus buenas maneras, con la muleta bien plantada y notable trazo. De colofón, se la jugó en las bernadinas. Y se volcó con fe tras la espada, que abrió la senda de su puerta grande al lado de El Juliy Perera, a los que brindó faena. Foto para enmarcar y sonrisa «profident» de los felices tendidos.

>