Una imagen del espectáculo
Una imagen del espectáculo - BNE
CRÍTICA DE DANZA

Más que un espectáculo, un tesoro

El Ballet Nacional de España celebra sus cuarenta años en el teatro de La Zarzuela

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El espectáculo que presenta estos días en el Teatro de la Zarzuela el Ballet Nacional de España, con el que celebra sus primeras cuatro décadas de vida, es mucho más que un espectáculo. Es la mejor exhibición posible de un tesoro único: el de la danza española -el Gobierno acaba de incoar exprediente para presentar su candidatura a ser Patrimonio Cultural inmaterial-. El propio Ballet Nacional de España es en sí mismo un tesoro, como casi único custodio de este arte que en los últimos años se está deshilachando penosamente.

Por ello son tan importantes trabajos como el desarrollado por la compañía que dirige Antonio Najarro: para mantener vivo y enriquecer un repertorio que abarque las cuatro esquinas de nuestra danza: escuela bolera, folclore, danza estilizada y flamenco -según la feliz clasificación que hizo la añorada Mariemma-. El espectáculo conmemorativo de los cuarenta años del Ballet Nacional no solo es una nostálgica mirada al pasado a través del homenaje a los directores que el conjunto ha tenido a lo largo de este tiempo: Antonio Gades, Antonio Ruiz Soler, María de Ávila, José Antonio Ruiz, Aurora Pons, Victoria Eugenia, Nana Lorca, Aída Gómez, Elvira Andrés y el propio Antonio Najarro. Es, además, una constatación del enorme poder de comunicación de un arte que, en sus distintas expresiones, parte de la más profunda raíz y alcanza grandes niveles de refinamiento y exquisitez.

Un desfile de los propios bailarines con algunos de los más bellos figurines empleados por el Ballet a lo largo de su historia -algunos de ellos deslumbrantes y firmados por figuras como Pedro Moreno, Ivonne Blake, Teresa Helbig, además de Picasso («El sombrero de tres picos»)- abre el espectáculo, que es una demostración también del excelente momento que atraviesa la compañía. Esther Jurado, Sergio Bernal, Aloña Alonso, Miriam Mendoza, Inmaculada Salomón, Francisco Velasco, Eduardo Martínez, José Manuel Benítez e Inmaculada Sánchez personifican a un conjunto sanguíneo, vibrante y entregado a unas coreografías que, con alguna excepción, resisten perfectamente el paso de los años.

«Fuenteovejuna» (1994), el último trabajo de Antonio Gades, es una auténtica joya, una de las tres o cuatro grandes obras maestras de la danza española. «Ritmos» (1984), una pieza de Alberto Lorca sobre música de José Nieto, resultó en su día reveladoramente sorprendente; lo sigue siendo casi treinta y cinco años después, por su belleza plástica y su magnética abstracción. La danza gallega de «Romance» (1996), creada por Juanjo Linares -la gran figura, desaparecida ya, del baile folclórico escénico-, se sigue viendo con asombro. Lo mismo que las deliciosas «Eritaña» y «Puerta de tierra», ejemplos de escuela bolera, el vibrante (y magníficamente bailado) «Zapateado» y la elegantísima «Danza IX», baile español en estado puro.