Isabella Gaudí, María Miró y Claudia Huckle, en «El oro del Rin»
Isabella Gaudí, María Miró y Claudia Huckle, en «El oro del Rin» - Javier del Real
ÓPERA

La forja del éxito

Actualizado:«El oro del Rin»Teatro Real

El director Pablo Heras-Casado ha publicado recientemente «A prueba de orquesta», «un viaje al mundo de la música clásica», en el que predominan las experiencias y los pensamientos. Apenas superada la década de los cuarenta y situado en la cumbre del circuito internacional, Heras-Casado parece demostrar que el esfuerzo, la convicción y las decisiones, por arriesgadas que sean, se coronan siempre con el éxito y la amistad de los mejores. La lectura del libro quizá deje un extraño regusto en quienes hayan experimentado que la tenacidad no siempre conlleva el éxito, que existen experiencias insatisfactorias, deslealtades y esfuerzos inútiles. No es el caso. «A prueba de orquesta» es un tratado sobre la felicidad, al que hay que sumar «El oro del Rin», un nuevo reto en la carrera de Heras-Casado avalado anoche en el Teatro Real con el aplauso de los espectadores.

Quizá en otros foros puedan plantearse matices. Al mundo wagneriano le gusta recrearse en la rememoración y en la autenticidad de una supuesta tradición. Todo ello suena contradictorio, pues cuanto más se estudia el fenómeno mejor se entiende la falta de continuidad histórica, la ausencia de un credo común y la imposibilidad de destilar una doctrina interpretativa unívoca. En la historia de la Tetralogía, por ejemplo, hay mucho de dislate, como bien apunta con excelente humor de raíz escatológica Chris Walton en el programa de mano de estas representaciones, y las mejores interpretaciones son aciertos concretos e intransferibles. La fascinante y referencial recreación de Knappertsbusch de 1956 es imposible como modelo reconstruible, si bien es una herramienta muy estimable para entender que Wagner tiene que ser hoy otra cosa y que alguien como Heras-Casado puede llegar a explicarlo con extraordinaria solvencia.

Lo más evidente es que su versión no se adueña de nada y vive de lo propio. Desconfía del mito, de la profundidad y recorre superficies. La partitura es antes un camino que se transita que una exploración de fondo. «El oro del Rin» suena nuevo, reformado, candente y eficazmente plegado a la idiosincrasia escénica. También hay argumentos ajenos al foso que se suman en esta propuesta de posibles y de aciertos: un reparto extraordinariamente bien caracterizado, de una salud vocal muy estimable y al que la orquesta cuida y sostiene. Apenas fue ayer una anécdota el cansancio final de Greer Grimsley, Wotan cuya proyección tiene un punto de contenida. Samuel Yon dibuja un Alberich soberbio y la pareja de gigantes, Albert Pesendorfer y Alexander Tsymbalyuk, ejercen de tales, incluyendo la apariencia. Cabe citar el detalle de madurez en la voz de Sarah Connolly o la claridad y regusto en la dicción de Joseph Kaiser. Su Loge implica autoridad, como el Mime de Mikeldi Atxalandabaso humillación o la Erda de Ronnita Miller la gravedad propia de una naturaleza sensata y estoica.

La sensación general es de claridad, orden y equilibrio. Algo de lo que saben mucho Robert Carsen y Patrick Kinmonth, diseñadores de la producción teatral. Su origen está en la Ópera de Colonia en 2010, de manera que ya ha viajado lo suficiente como para demostrar su validez a partir del veterano argumento de la confrontación de poderes, apenas actualizado en clave ecologista. En el prólogo, el mensaje todavía se muestra tímidamente, pero por delante quedan tres jornadas que lo reafirman y que podrán verse en el Teatro Real en años posteriores. Al frente de la orquesta estará también Pablo Heras-Casado y sería formidable que lo que aquí se apunta fuera a más: la ausencia de énfasis y ampulosidad; un criterio de raíz musical puesto al servicio de una propuesta escénica cuya autoridad y recompensa debe mucho al carácter cooperativo de todos los implicados.