El actor Juan Diego, fotografiado poco después de la entrevista
El actor Juan Diego, fotografiado poco después de la entrevista - ERNESTO AGUDO

Juan Diego: «Ricardo III me va a torturar, no conseguiré expulsarlo pronto»

A partir del jueves interpreta, en el Teatro Español, «Sueños y visiones del Rey Ricardo III», de Shakespeare, en versión de Sanchis Sinisterra

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Se confiesa Juan Diego dolorosamente feliz. Está en vísperas del estreno –el jueves en el Teatro Español– de «Sueños y visiones del Rey Ricardo III», una versión de la tragedia shakespeariana realizada por José Sanchis Sinisterra, y el actor se encuentra poseído por el personaje. «Llego a casa y como con los dedos –ríe–. Llego a casa de los ensayos a las once, pero no puedo desprenderme de él hasta las tres de la mañana. Ceno, repaso el texto rapidito para no desvelarme, pero no hay manera. Es tanta la adrenalina que hay que soltar que es imposible… Y así estoy, que me he quedado en el chasis. Pero es una hermosa travesía, la más hermosa quizá». Y añade: «Si consigo hacerlo a fondo, no voy a tener que ir nunca al psiquiatra».

Juan Diego encarna, a sus setenta y un años, a Ricardo III, que reinó en Inglaterra en el siglo XV. Tomás Moro lo describió como un hombre deforme, jorobado y cojo de nacimiento, y así lo dibujó Shakespeare en su obra, escrita entre 1591 y 1592, y en la que se presenta al monarca británico como un hombre cruel y despiadado. José Sanchis Sinisterra ha adaptado el texto alterando la estructura original y comenzando la obra en la noche previa a la gran batalla de Bosworth. La función la dirige Carlos Martín, y acompañan a Juan Diego nombres como Asunción Balaguer, Terele Pávez, Carlos Álvarez-Novoa o Ana Torrent.

La infancia y los complejos de Ricardo III han sido el punto de partida de Juan Diego a la hora de elaborar un personaje tan tremendo. «Cuando leí el texto de Shakespeare, me ocurrió algo parecido a lo que me ocurrió cuando encarné a Franco en “Dragon Rapide”: que era capaz de entrar en el personaje, de habitarlo. No era yo el personaje, sino un señor que hacía de Franco y decía sus palabras; le criticaba y me criticaba a mí por hacerlo. Y me fui a Bormujos, en Sevilla, el pueblo en el que nací. Allí me encontré con el colegio en el que estudiaba, y me vi a mí mismo en la fila, cantando el “Cara al sol”, y vi el retrato de Franco, con el bastón de mando, y la Purísima de escayola y el retrato de José Antonio al lado. Y me pregunté: ¿Yo qué tenía contra este señor? Absolutamente nada. Y empecé a buscar biografías y referencias a la niñez de Franco. Me daba ternura, y empecé a trabajar por ahí. Esto es lo que me ha iluminado a la hora de entrar en Ricardo III, un hombre con una deformidad, al que su madre no quiere, que ve los grandes fastos en palacio, donde escucha intrigas y traiciones, que no tuvo infancia ni amigos… Ése fue el punto de partida. Entrar en la niñez del personaje, porque uno no puede encariñarse de lo peor de uno mismo».

«Yo no voy a juzgar nunca a este personaje –continúa Juan Diego–, porque entonces salgo yo y me doy miedo. Yo me conozco, y mejor que salga Ricardo. Este personaje supone un exorcismo, un recorrido por toda la miseria humana, y también su grandeza. Es un personaje grande, que me va a torturar y que no conseguiré expulsar pronto».

«En el teatro nadie ha hablado nunca más claro que Shakespeare sobre el ser humano»

A pesar de haber transcurrido más de cuatro siglos, William Shakespeare sigue siendo la voz que mejor y más claramente habla en el teatro sobre el ser humano. «Puede que alguien haya hablado más alto, pero nadie lo ha hecho más claro –dice Juan Diego-. Nadie ha tenido su detenimiento, su capacidad para tocar las pulsiones del ser humano y las estructuras que es capaz de construir, sus mentiras, sus recovecos, sus sutilezas. Los genios no suelen repetirse mucho… Por eso lo son».

Una maldad universal

Cree el actor que la maldad que tiene el personaje de Ricardo III la tenemos todos, «como su locura, como ese punto de ángel que también tiene. Toda esa maldad la fabricamos aquí, no está en el origen». Y cree que para encarnar a este personaje hay que tener «un gran entusiasmo y un gran compromiso con la sociedad en la que vive. Y, sobre todo, muchas ganas de aprender. Cuando se tiene una edad y una carrera en la que has hecho trabajos más o menos interesantes, llega un momento en que, como te descuides, empiezas a desaprender o a dar lo hecho por aprendido. Y este papel y este autor te dan la oportunidad de aprender cada día, en cada ensayo».

En «Ricardo III» se encuentra una de las frases más populares de la obra de Shakespeare: «Un caballo. Mi reino por un caballo», que pronuncia al final de la obra. «Al principio me pregunté si esta frase podría condicionarme –reconoce Juan Diego–, pero enseguida me dije que no, que iba a estar siempre encima de mi caballo».