Un momento del ensayo general de la opera de Giuseppe Verdi «I masnadieri»
Un momento del ensayo general de la opera de Giuseppe Verdi «I masnadieri» - Efe
Crítica de ópera

«I masnadieri»: el intraverdi

Una música eficaz, brillante y potente que en Valencia lleva con tensión y flexibilidad Roberto Abbado

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El mundo científico-musical (y también el editorial) saltaba estos días de alegría ante la apertura de un famoso maletín lleno de bocetos y apuntes firmados por Giuseppe Verdi. Pronto se convertirán en estudios, ediciones, grabaciones y conciertos. Conservado en su residencia de Sant’Agata, el compositor había exigido a sus herederos que se destruyera, lo que él nunca hizo. No quiso enterarse (o quizá sí) de que el deseo incumplido de los muertos marca el destino de los vivos. Por eso se profana el descanso eterno de los faraones.

En el caso de Verdi, todo es más sutil pues hombre de teatro, es decir de acción, sabía bien que la obra no es un fin sino un proceso siempre en depuración. Que las obras maestras lo son gracias a los descartes, como sucede con «I masnadieri», que estos días se representa en el Palau de les Arts de Valencia, con un éxito formidable y un punto autocrítico.

La ópera, sobre tema del joven Schiller y libreto de Maffei, quedó en el limbo tras su estreno londinense. El compositor más famoso de su país conquistaba un espacio vedado a grandes como Rossini, Donizetti o Bellini. Pero pronto se adivinó la esclerosis del relato, el estatismo de las escenas, el marmóreo dibujo de los personajes, la escritura muy cortada a medida de los intérpretes del estreno y menos del asunto, y la falta de grandes momentos. Para los avezados es un delicia escuchar detalles agazapados que aflorarán con el gran Verdi. Para todos queda una música eficaz, brillante y potente que en Valencia lleva con tensión y flexibilidad el maestro Roberto Abbado ante un reparto con presencia y arrestos. Se pueden cerrar los ojos y abrir los oídos porque la escena de Gabriele Lavia, con origen en Nápoles y Venecia, es torpe y absurda, capaz de ensalzar lo peor de la obra. Entre los bandidos convertidos en pandilleros del grafiti, sobresale Roberta Mategna, que defiende con exactitud y gusto la muy difícil Amalia. El barítono Artur Rucinski construye un malo evidente y Stefano Secco es héroe de voz tornadiza. Verdi descansa tranquilo. El legado sigue incólume.