CRÍTICA DE ÓPERA

«El holandés errante»: el proceloso e infinito océano

El Teatro Real presenta la ópera de Richard Wagner con dirección musical de Pablo Heras-Casado y dirección escénica de Álex Ollé

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El agua es el gran catalizador de «El holandés errante». Lo demuestran varias puestas en escena de la ópera de Wagner en las que esta adquiere carácter protagonista: azul, blanca, roja como la sangre… Etienne Souriau en su «Estética» explica que el agua es símbolo de vida por ser indispensable, alegoría de lo femenino y también espacio imposible, el otro mundo, lo misterioso, lo peligroso y lo mortal al ser el lugar en el que la respiración está negada.

Mucho de ello puede adivinarse en la propuesta escénica de Àlex Ollé (La Fura dels Baus) paradójicamente recolocada a partir de una impresionante escenografía de Alfons Flores en un desierto evocador del puerto de Chittagon, en Bangladés, conocido como «el infierno en la Tierra». Se estrenó hace dos años en la Opéra National de Lyon y se muestra ahora sobre el escenario del Teatro Real. El sábado tuvo lugar la primera de las diez representaciones previstas.

Al hábitat fantasmal de Ollé se llega tras la contemplación de un audiovisual de Franc Aleu que anuncia la presencia del buque. Las imágenes volverán para figurar el océano, allí donde el holandés declara su condición y Senta acaba sepultada bajo el agua. Definitivamente, tiene fuerza esta monumental escenografía que intimida al espectador, da juego a una realización teatral soberbia y, sobre todo, y sin necesidad de recurrir a la iconografía romántica, mantiene vivas las claves de la obra en un tránsito coherente entre la realidad y su fantasmal transfiguración. El final es el punto culminante. El sábado fue definitivo gracias al impulso que entonces adquirió la propuesta musical que dirige Pablo Heras-Casado.

A partir de esta representación cabe deducir que en el foso hay talento y un potencial importante. Tiene interés la buena articulación musical, el contraste dinámico, la textura orquestal, el interés por promover una correcta concertación. Sin embargo, de allí surgió ayer una suerte de momentos singulares faltos de madurez. De forma particular, no se acabó de encontrar la sincronía en lugares de referencia como en la balada de Senta, y el sosiego de algunos «tempi», incluso en la obertura, ablandó encuentros vitales como el dúo de Daland y el holandés, el de este y Senta o el monólogo del protagonista.

El propio Wagner consideraba que en el monólogo estaba la clave interpretativa de la obra y que de su emoción dependía la buena continuidad de la obra. Evgeny Nikitin hizo en él mucho, aunque a su actuación se le eche de menos un punto de bravura. Tiene a su favor, como todos los intérpretes, una escenografía que permite cantar adelantado, facilitando la proyección de la voz. Ingela Brimberg terminó la actuación de anoche demostrando la enjundia vocal de una Senta con muchos arrestos y que había empezado «inevitablemente» un punto desabrida en su balada. Muy serio el Daland de Kwangchul Youn, sustancioso el timonel de Benjamin Bruns y la presencia, no siempre regular y el sábado hasta incomodada por un fugaz traspiés vocal, del Erik de Nikolai Schukoff.

El atraque de este «Holandés» en el Teatro Real da esperanzas, pues viene a compensar algunas fatigas previas en una temporada que ya se consolida en voces interesantes, y parece que, por fin, también en lo escénico.