Al sol que más calienta
Erwin Schrott, en un momento del montaje - javier del real
crítica de ópera «L'elisir d'amore»

Al sol que más calienta

El Teatro Real presenta estos días la ópera «L'elisir d'amore» de Donizetti, con las voces de Celso Alberlo, Erwin Schrott y Nino Machaidze

por alberto gonzález lapuente
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Un hecho absolutamente excepcional, más aún, un extraño suceso se ha producido en el Teatro Real. Fuera de toda costumbre se ha visto al público sonreír, incluso se afirma que alguno reía. Con timidez, es cierto, pues la falta de costumbre condiciona el comportamiento y es ya mucho el tiempo transcurrido sin que determinadas expresiones tengan lugar en tan sagrado local. Pero este es el momento en el que se presenta «L’elisir d’amore», la ópera de Donizetti que siendo «giocosa» sólo necesita el impulso de intérpretes con gancho para que se manifieste particularmente festiva. Otros que no lo tienen tanto hacen bueno el que la obra también se titule «melodramma» y que implique un perfil más amargo. Nada es redondo por mucho que se pretenda.

En el origen está la producción que, hace ahora dos años y medio, presentó el director teatral Damiano Michieletto en el Palau de les Arts de Valencia. Propuesta llena de colorido, algo pop y cuidada en los guiños. Una playa en la que sucede de todo y que en el Levante tenía connotaciones especiales pues nada más fácil de entender que la aglomeración de bañistas, el vendedor de flotadores, los cuerpos domados en el gimnasio, el tobogán, los municipales, los niños y el macarra. Incluso aquel formidable cartel colocado en la torre del socorrista anunciando helados La Jijonenca y que ahora se ha suprimido (cuestiones pecuniarias, tal vez), sin encontrar sustituto aunque fuera en las patatas fritas La Cibeles.

La cuestión es que por aquella playa de vivos colores y cierto aire californiano se paseaba Dulcamara, traficante de elixires y polvos blancos. También repite aquí, en la interpretación de Erwin Schrott, como acostumbra dando al personaje una vuelta de tuerca que es muy de agradecer en un mundo en el que agota tanta corrección canora. La voz sigue imponente, la técnica solidísima y la actuación muy notable apoyado en tics ante los que Michieletto debe estar encantado pues son la salsa picante de la producción. Gracias a ello, incluso adquiere otra dimensión el dúo inicial con Celso Albelo quien, al menos ayer, no pudo alardear de una absoluta templanza y tal fue el momento en el que su «Furtiva lacrima» adoleció de mordente aun siendo aplaudido. Como también tuvo su recompensa la soprano Nino Machaidze quien inmediatamente después redondeó la actuación consiguiendo que su particular vibrato acabara por convertirse en una interesante forma de expresividad. Justo allí donde Adina se apiada de Nemorino y la orquesta apoyó la escena apianando con sutileza.

Para que esto sea así se ha contratado al maestro Marc Piollet quien dirige con notable eficacia, cuidando las dinámicas, colocando a la orquesta en un muy convincente segundo plano pero sin especial delectación tímbrica, sin picardía, con poco nervio, trazando una versión que no traspasa lo convencional. Sucedió anoche, en el estreno madrileño de esta producción en la que, en días sucesivos, se sucederán tres repartos y dos directores, colores, sol… y también sonrisas. ¡Quién lo iba a decir!