Subh Umm Walad, la Sayida
Subh Umm Walad, la Sayida - ABC
El autor y su personaje

La Sayida, la navarra que ejerció auténtico poder en la Córdoba califal

Cristiana de origen, pero esposa y madre de califas, Subh umm Wallad vivió a finales del siglo X y su vida resulta apasionante

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La vascona Aurora, llamada en las crónicas andalusíes Subh Umm Wallad o simplemente la Sayida, es una singular figura femenina de la historia, cuya vida, en lo que podemos conocer, resulta cuanto menos apasionante. Esta singular mujer, navarra y cristiana de origen, pero esposa y madre de califas, vivió a finales del siglo X, cuando Córdoba contaba con una población de medio millón de habitantes, y en ella, según los historiadores árabes, había 130.000 casas, 700 mezquitas, 300 baños públicos, 70 bibliotecas y un barrio de libreros.

Aunque los tres primeros califas se sucedieron de padres a hijos, sólo dos ejercieron de hecho el poder; el tercero, Hixem II, fue relegado por su «primer ministro» (hayib), el temido Abuámir Almansur. El segundo califa, Alhaquen II (961-976), subió al trono cuando ya había pasado de los cuarenta años y aprovechó la inercia asentada en el largo reinado de su padre, como hábil gobernante y defensor de la honradez en la gestión pública. Pero su singularidad más célebre es quizás la de lector empedernido, bibliófilo y coleccionista de arte. Miles de libros y obras de arte llegan durante su tiempo a la capital del Califato, desde Europa, Persia, Egipto y Bizancio, hasta acumular 400.000 volúmenes, una cifra impresionante para aquella época, reunidos en la que probablemente sería la biblioteca más extensa y diversa de todo Occidente. También patrocinó importantes reformas en la mezquita Aljama que son aún hoy apreciables.

Misterio

La única mujer que se le conoce a este segundo califa era de origen navarro, bautizada con el nombre cristiano de Auriola, y no está muy claro por qué motivo aparece en Córdoba a partir de cierto momento junto con un hermano. Los historiadores árabes, como Ibn Hayyan, la envuelven en un gran misterio. Una de las tradiciones historiográficas más destacadas la sitúa como amante de Almanzor y le confiere una iniciativa y un carácter que la hicieron ser una figura decisiva en el califato.

En mi novela «El Mozárabe» (Ediciones B) aparecía como uno de los personajes principales. Su gran atractivo y el secreto de su vida anónima, desenvuelta en la intimidad de los palacios califales, pero con un gran protagonismo y una evidente iniciativa personal -inusuales en aquel lugar y aquella época-, me hicieron pensar en que merecía aparecer como protagonista en un nuevo relato. Y así nació la idea de «Los Baños del Pozo Azul» (Harper Collins), que es el fruto de una larga investigación y una meditada línea argumental, siempre con un respeto absoluto a las fuentes históricas y a las hipótesis más serias. Para ello he contado con una avanzada historiografía que aporta una nueva luz sobre la que fue quizá la mujer más importante, activa e inteligente de todo este periodo histórico.

No se sabe con exactitud dónde ni cuándo tuvo lugar el nacimiento de aquella niña que llegaría a ser Subh Um Wallad, pero sabemos que su origen, como el de tantas esposas y concubinas de los califas, está en el norte cristiano, en los territorios del reino de Pamplona. Debía de ser hija de nobles y casi adolescente cuando ella y su hermano gemelo viajaron hasta Córdoba, para ir a vivir a Medina Azahara. Al parecer, los envió allá la reina Toda de Pamplona, que curiosamente era pariente del califa Abderramán. Era costumbre por entonces sellar los tratados entre soberanos con estos «presentes» humanos, como una suerte de rehenes regios. De no haber sido dotados de belleza, salud e inteligencia, los hermanos no habrían formado parte del conjunto de valiosos obsequios.

Trasladados a los harenes del palacio, debieron de ampliar la educación que ya tenían, adquiriendo capacidades y virtudes intelectuales y artísticas conforme al gusto de la corte Omeya. Auriola y su hermano no fueron pues unos esclavos más de los muchos que había dentro del harén, cuya misión era dar compañía y entretener a la extensa familia del prolífico Abderramán, con cantos, danzas y conversaciones cultas. Los adolescentes navarros tal vez fueron tratados con predilección y terminaron de criarse entre los muchos hijos del califa, en un ambiente selecto, en el que convivían indistintamente las esposas y las concubinas, con toda la descendencia real, participando de los mismos beneficios y privilegios que ellos. Y este favoritismo seguramente se debía a que la mayoría de los príncipes y herederos de los califas omeyas fueron hijos de mujeres del Norte. Todo ello pudo atraer al heredero Alhaquen (también hijo de madre vascona), que pese a haber alcanzado ya determinada edad no acababa de encontrar a nadie que fuera capaz de ganarse su corazón, entregado únicamente a los libros y a las ciencias.

Secreto

Lo que pasó en los años siguientes es un misterio cuyo secreto sólo debieron de conocer los eunucos, los parientes y los más íntimos sirvientes de Medina Azahara. Es de suponer que Auriola fuera interesando al heredero en los gustos que a él le atraían: los libros, la naturaleza, los paseos a caballo, la música y la conversación. El cronista Ibn Hayyan nos dice que, siguiendo la antigua moda de Bagdad para las mujeres más escogidas, ella se vestía con prendas de hombre, adoptando los modales de un efebo. El príncipe le impuso el masculino apodo de «Chafar». La vascona llegó a ganárselo tanto que la hizo su favorita. Él ya tenía casi cincuenta años y ella apenas veinte, por lo que Alhaquen se sintió muy agradecido cuando le dio el primer hijo, ordenando que fuera nombrada desde entonces como Subh Um Wallad. Proclamado califa un año después, la convirtió en su preferida y madre del príncipe sucesor, otorgándole el título de Gran Señora, «Sayyid Al Kubra». Enseguida vendría el segundo hijo, Hixem, que sería con el tiempo tercer califa, porque el primer hijo murió a los ocho años.

Tampoco se sabe a ciencia cierta cómo Abuámir, el futuro hayib Almansur, entró al principio en los alcázares como administrador de los bienes de la Sayida y preceptor del príncipe heredero. Aunque no parece haber dudas sobre el hecho de que dos hombres muy poderosos ejercieron su influencia definitiva: el excelso visir Aben Hodair y el hayib Al Mosafi. Porque sabemos que Almansur no provenía de una familia tan influyente como para respaldarle a la hora de alcanzar un cargo así.

Lo sorprendente en toda esta historia es el hecho de que, a partir de la muerte de Alhaquen II, la navarra Auriola ejerció una potestad política constatable, aún en la mayoría de edad del califa; si bien esa autoridad fue estando progresivamente amenazada por la dificultad de su posición como mujer y por la propia ambición de Almanzor. En algunos momento incluso pudo ser señora absoluta de los resortes del gobierno del califato, incluyendo el trato con los visires y los grandes funcionarios de la administración del Estado; algo absolutamente excepcional en el mundo islámico. Aunque, fuera del ámbito de los palacios califales, Almanzor le resultara necesario, si no imprescindible.

Auriola, consciente de su realidad en el mundo islámico, sabía que necesitaba siempre la ayuda de hombres de confianza. Y otro varón jugará un papel fundamental a su lado: su hermano, tan misterioso como ella, llamado en las crónicas Raiq Al Mawla. Ambos lideraron una auténtica conjura que llegó a poner en un verdadero aprieto al terrible Almanzor en el momento más culminante de todo su poder.