Azorín
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Al rescate de Azorín

Un exhaustivo trabajo de campo recupera 15 cabeceras y 103 artículos inéditos firmados por José Martínez Ruiz, entre los cuales figuran tres que publicó ABC en 1905

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De sus clases de Derecho se llevó la distracción que le reportaban los periódicos y los libros con los que se armaba para afrontar cada clase. Su vida, lo sabía desde que con quince años mareaba a los editores de los rotativos para que colasen alguno de sus escritos, debía girar en torno al ordenamiento de las letras, la única sopa que toleraba. Tan terco fue su empeño que se le desbordó de las páginas de los principales diarios de la prensa nacional: además de una fecunda carrera como escritor, ingresó en la Real Academia Española y se asentó como uno de los rostros identificativos de la generación del 98. Y aunque no le haya dado para verlo, también acabó parasitando cinco años de una vida, la de Juanjo Payá, que removió cielo, tierra y lo que le permitió su conexión a internet para dar con los últimos rastros humeantes de la vida de José Martínez Ruíz, Azorín.

Es así como Payá ha topado con 15 cabeceras y 103 artículos inéditos que vitaminan el interés en una de las firmas imperecederas del periodismo español. El leitmotiv del asunto, su tesis doctoral «La forja de un periodista. Azorín (1891-1906)», dirigida por el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alincante Miguel Ángel Lozano y que fue calificada con un sobresaliente «cum laude», pone la lupa sobre los años de formación de Azorín. Abarca así tanto la que queda fijada como la primera publicación del autor de «La voluntad» en prensa, un artículo publicado en «La España Artística» de 1892 –hasta este momento, se pensaba que había sido en 1896, en «El País» de Lerroux, cuando había despegado su carrera en prensa–, como el culmen de su consolidación como plumilla de referencia. Esto último se confirma a partir de su desembarco en ABC en 1905, el año en que publica tres de los textos que acaban de ser descubiertos.

Los artículos destapados versan sobre el que fue el punto de partida de los viajes que Azorín hizo por los recovecos de España, a fin de recorrer sus pueblos, monumentos y balnearios, que es como él entendía que deben trazarse los perfiles que protagonizan las crónicas de viajes y culturales que componen el libro «Veraneo sentimental». Este kilómetro cero está en San Sebastián, eje vertebrador de esta crónica telegráfica que acaba de ver la luz.

A ABC había llegado el escritor alicantino rebotado desde «El Imparcial», al frente del cual estaba Ortega y Gasset. «Lo echan porque escribió sobre el Gobierno por el hambre que pasaban los campesinos en Andalucía, pero resultó que en él había familia de Ortega y Gasset. Es entonces cuando Azorín se queda sin sitio y Torcuato Luca de Tena le ofrece entrar en ABC. Era un filón, el mejor fichaje posible. También fue muy recomendado por Manuel Troyano, uno de los periodistas más desconocidos e importantes de España. Desde que llega, cuando publica las crónicas de los viajes de los Reyes, queda claro que es un periodista de primer orden. No sólo informaba. Usaba técnicas literarias, como la mezcla de la primera y la tercera persona de Tom Wolfe. En el atentado contra Alfonso XIII, pone un zapato sobre un agujero hecho por la metralla y dice: “Aquí se está exagerando, no era para tanto”», detalla Payá, quien considera que «no se puede entender a Azorín y su sentido íntegro en la cultura española sin ABC».

De fuentes documentales como la Biblioteca Nacional de España y Francia, el Centro de Memoria de Madrid o la Casa-Museo Azorín (dirigida por su padre) extrajo, además de los artículos que permanecían ocultos, el nombre de cabeceras como «El Alicantino», «La idea libre» (Uruguay) o «Ciencia social», todas ellas bendecidas por la pluma de Azorín. También un nuevo trazo con el que armar el retrato del escritor. Si históricamente se le ha criticado por su tibieza a la hora de juzgar el Desastre del 98, Payá lo refuta: «Se mojó, y muchísimo, defendió constantemente a España». Se le tachó de anarquista por sus ideas de juventud, pero ni de lejos termina militando en esas filas: «Llega un momento en el que dice que no fue más que un sueño de joven. Luego tendió al progresismo. También al federalismo de Pi y Margall, hasta que en 1902 o 1903 escribe en «Diario Vasco» que ya no es «un escritor que va con el paraguas rojo». Y con la misma fijación y acierto que en el resto de retos de su vida, supo cómo acercarse a los intelectuales de su época. «Se gana a Clarín, Baroja, Unamuno, Maeztu, Jacinto Benavente o Bonafox dándoles palos. Incluso se atrevió con Galdós, que en aquella época significaba morir literariamente», explica el autor de la tesis.

¿Y cómo sería, elevando el asunto a un campo imaginario, el Azorín de hoy? «Se pasaría la vida pegado a internet. Manejaría perfectamente Twitter. Él decía que lo más difícil es titular, pues imagínalo haciendo tuits». A Payá, que de tanto buscarlo ha terminado echándolo de menos, estos cinco años con el pico y la pala detrás de su firma le han dejado un regusto a manzanilla, que es como a él le sabe Martínez Ruiz. «Cuando estás empachado, te alivia», remata.