Javier Reverte, durante la entrevista
Javier Reverte, durante la entrevista - JAIME GARCÍA

La eterna contradicción china

El periodista Javier Reverte presenta hoy su último libro de viajes, «Un verano chino» inspirado en el gigante asiático

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La primera vez que Javier Reverte (Madrid, 1944) pisó China fue por un viaje de trabajo. Eran comienzos de los años 80 y un país muy pobre, recién salido del maoísmo y asfixiado por una industrialización mal planteada. Todos vestían muy parecido, con una guerrera bien ceñida al cuello, y apenas había transporte público. Casi 30 años después, Reverte se ha encontrado un país muy distinto, obsesionado por la riqueza y en el que abundan las motos eléctricas, que son un auténtico peligro porque no suelen llevar las luces puestas.

Este cambio radical es parte del atractivo de «Un verano chino» (Plaza & Janés), el último libro del autor madrileño, que decidió hace un par de años navegar el cauce del río Yangtsé, el cuarto más largo del planeta. Esta aventura a través del «Río Largo» (no se rompieron la cabeza con el nombre) le llevó a conocer la China profunda desde la frontera con el Tíbet, donde suplen la falta de infraestructuras con un cielo limpio de polución, a Shangai, donde la nube de contaminación hace buena a la «boina» de Madrid. «Hay ciudades en las que no ves el sol ni cuando sale», asegura Reverte. «La gente se pone mascarilla porque si vas sin ella respiras un olor a polvo y gasolina que te afecta muchísimo a los pulmones».

Río Yangtsé

Su viaje comenzó cerca del nacimiento del río Yangtsé, donde llegaron tras cruzar a pie y a escondidas la frontera con el Tíbet. Allí encontraron un paisaje inspirador y un cauce limpio que con el paso de los kilómetros fue cogiendo un color a café mal preparado. Era como una metáfora de todo el país: grande por fuera, descuidado por dentro.

«El tema de la contaminación nunca les ha importado demasiado con tal de industrializar a fondo el país»

«El tema de la contaminación nunca les ha importado demasiado con tal de industrializar a fondo el país», explica Reverte. «Después, políticamente han conseguido juntar lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo. Del capitalismo han asumido que el dinero está por encima de todo y del comunismo se han quedado con la dictadura. Van hacia un modelo de civilización que me parece espantoso. Es un país sin otro ideal que ser rico, un país sin educación social. No es que sean maleducados –matiza–, es que no existe la educación, que es distinto».

Durante el viaje, Reverte se encontró con un español que llevaba tiempo viviendo allí y le preguntó si los chinos acabarán conquistando el mundo. El hombre le respondió que no, que los chinos «no saben seducir»; y sin seducción no hay conquista posible.

Gente sin filtro

«Están dominando una parte de hecho –opina el autor–. Solo hay que ver las colonias chinas que hay en el mundo y en España, donde hace veinte años prácticamente no había un chino. La sociedad china está entrando pero nunca se mezcla. No tienden a mezclarse pero tampoco son especialmente solidarios entre ellos. China es como un gran animal que lo quiere devorar todo. Vive en una necesidad de hacerse rico cuanto antes sin fijarse en los demás. Son gente sin filtro, que no tiene problema en preguntarte cosas que aquí nunca preguntaríamos, como cuántos años tienes o si eres homosexual».

«La sociedad china está entrando pero nunca se mezcla. No tienden a mezclarse pero tampoco son especialmente solidarios entre ellos»

Su recorrido por el río Yangtsé le llevó como última parada a la ciudad de Shangai, un oasis cosmopolita en un país que parece vivir en una eterna contradicción. Si la mayoría de los chinos son reacios a mezclarse con otra culturas, en Shangai están dispuestos a crear lazos universales con tal de convertirse en la capital financiera del mundo oriental.

Shangai

«Shangai es quizá el único sitio de China al que volvería», asegura Reverte, al que no parece que le vayan hacer embajador después de este libro. «Allí tienes la impresión de que es una ciudad más cosmopolita y abierta. Quieren ser el Nueva York de Oriente. No se si lo conseguirán, pero quieren serlo y viven pendientes de la bolsa. Quizá por eso me resultó más fascinante a medida que la iba conociendo, pero tampoco creo que volviera con mucho gusto».

En esta ciudad conoció la otra cara de la sociedad china. Si junto a las montañas trató con gente introvertida y hasta cierto punto maleducada, en Shangai conoció un grupo de inversores de lo más excéntrico. «Allí me demostraron cómo es un millonario chino, que es todo lo contrario de un millonario español», explica. «Un millonario occidental casi siempre se lo calla, no quiere exhibir su fortuna, pero el millonario chino necesita demostrarte que es millonario. En esa cena que cuento en el libro sacaron diamantes encima de la mesa solo para impresionar a sus amantes». Entre la jet-set china, aprendió, tener amante es señal de distinción.