Jose Alcubierre, Carlos Hernández de Miguel, autor del libro, y Siefried Meir, ayer en Madrid
Jose Alcubierre, Carlos Hernández de Miguel, autor del libro, y Siefried Meir, ayer en Madrid - isabel permuy

Mauthausen, el holocausto español

Un libro recuerda a los miles de compatriotas recluidos en el dantesco campo de exterminio nazi

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Sobre la bandera republicana que durante media vida ha llevado en la solapa, todavía sopla el viento. En sus ojos, aún queda la humedad de aquellas lágrimas de tantas noches sin cenar, de tantas noches sin dormir, de tantas noches oyendo y soportando los gritos de sus compañeros. Los gritos de espanto y de dolor, las voces ahogadas de los que al día siguiente tal vez cogerían el último tren, el tren que acababa parando en una siniestra estación llamada Ziclón-B.

Bajo las gotas gélidas de otra madrugada (otra más, y cuántas iban, quién lo sabe si no fuera por Celestino que lleva la cuenta apuntando sobre un viejo papel con la sangre que se hace cada noche con un cristal). Aquellas madrugadas mientras el viento de terror no dejaba de soplar sobre el Viejo, Viejísimo Continente. Nevaba en Europa, y nevó durante más de cuatro años en su corazón, y en el de sus compañeros que ya no volverían por la noche a dormir al barracón: asesinados por un kapo (vade retro, peste traidora), mordidos por un doberman, pateados por unas botas de caña. Azotados con una fusta curtida con piel de judío, una fusta aria y nibelunga.

Pero José Alcuberre, (hijo de un alto funcionario de la Generaltat catalana, hoy con ochenta y pocos) decidió que él «no iba a olvidar». Y no lo ha hecho. Llegó a Mauthausen a los catorce años en un tren procedente de Angulema: maridos, esposas y niños republicanos españoles. Con los ojos acuosos (llorando en varias ocasiones) José, Pepe, no tenía inconveniente en recordar ayer ante la Prensa sus espantos durante la presentación del libro «Los últimos españoles de Mauthausen. La historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices» (Ediciones B), de Carlos Hernández de Miguel.

Las ruinas de Europa

Pepe, vigilado (ojala todas las vigilancias fueran así, verdad, compañero) de cerca por su esposa (sobrecogida aún más que él mismo) rememora aquel trayecto espantoso atravesando las ruinas de Europa desde Francia hasta Mauthausen, en Austria, miles de kilómetros camino de la muerte. Le acompañaba su padre que años más tarde moriría apaleado por un SS. José Alcuberre, que consiguió con paciencia y valor extremo jugándose la vida cada noche ir sacando fotos del campo que luego sería utilizadas como pruebas en el Juicio de Nüremberg recuerda que «los españoles sabíamos más que nadie en Mauthausen, rememora que «no, a mí no me tatuaron el número» y subraya que nuestros compatriotas fueron mejor tratados que el resto de prisioneros (los que sobrevivieron, claro) «porque ya teníamos bastante experiencia y les éramos útiles a los nazis» y también se emociona (aún más) al pensar en La 9 («qué pena, que casi nadie lo sepa») de la División Leclerc, que fueron los primeros en liberar París el 25 de agosto de 1944, recuerda y recuerda («eran tres aragoneses, dos de Teruel y un baturro. Los mataron a golpes. Uno era mi padre. Y llora. Y lloramos.

Carlos Hernández de Miguel es sobrino de un deportado, Antonio Hernández Marín, y ha entrevistado a dieciocho supervivientes españoles y al judío alemán (de Francfort, llegó a Mauthausen con once años, proveniente de Auschwitz, huérfano) Siegfried Veir cuya responsabilidad fue encargada a un prisionero español, Saturnino Navaso.

Un judío de ojos azules

Siegfried (al igual que otros supervivientes que aún sueñan cada noche con el campo) es de los que prefiere no recordar nada. «Para mí (dice este rubicundo hombre con coleta, excantante, íntimode Moustaki, que vive en Ibiza donde triunfó en los negocios) todo aquello es como «un agujero negro. Sólo sé que le debo la vida a aquel español, Saturnino Navaso, al que fui confiado. Era futbolista, y le ayudaba con masajes, con sus “botas” iba con él por el campo como un perrillo. Nos hicimos inseparables». Antes de pasar por Auschwitz aquel niño se hizo hombre de repente pero allí con el olor a carne quemada oliéndose en kilóimetros y kilómetros a la redondas descubrió «que Dios no existía, como decía mi padre». Llegó siendo un niiño y aún no sabe muy bien en qué se convirtió «¿Que si aprendí algo», se interroga con lágrimas en los ojos «Sí, que no quería ser alemán, que no quería pertenecer a ese pueblo. Sí, que en los campos no había ninguna solidaridad, cada uno va iba lo suyo, por eso soy tan pesimista. No aprendía nada, a mentir y a robar, aunque fuera comida a un moribundo. La deportación es como una violación continua. A mis hijas no les he hablado de esto, no me gusta hablar de esto. Para mí, desde luego no es ningún placer, pero no crean que quiero ponerme una medalla».

Obviados en España (en Francia los deportados compran pensiones, incluidos nuestros paisanos), Pepe y Siegfred tienen dos visiones distintas sobre aquel terrible pasado, pero la misma sensacón gélida en el cuerpo, haber sobrevivido al espanto.

Si los olvidamos, ellos (Francisco Griéguez, que el miedo sigue sin dejarle conciliar el sueño, como le sucede al malagueño José Marfil, a quien solo el amanecer consigue devolverle la paz; los barceloneses Manuel Alfonso Ortells, José Alcubierre, Marcial Mayans y Cristóbal Soriano; la tarraconense Neus Català; los laredanos Ramiro Santisteban y Lázaro Nates; los manchegos Luis Perea y Esteban Pérez; el cordobés Virgilio Peña; el gaditano Eduardo Escot; y Elías González, Domingo Félez, Simone Vilalta) habrán muerto para siempre.

«No puedo olvidarlo. No lo olvidéis. Aún se me pone un nudo en la garganta», se despide Alcubierre. Y un nudo en la garganta me hace sobrecogerme cuando nos abrazamos.