Carlos Zanón, el verso libre de la nueva novela negra
El escritor Carlos Zanón, en el Hotel Pulitzer de Barcelona - ines baucells

Carlos Zanón, el verso libre de la nueva novela negra

El escritor barcelonés se confirma con «Yo fui Johnny Thunders» como una de las grandes voces de la narrativa contemporánea

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A Carlos Zanón (Barcelona, 1966) se le suele colocar en la rueda de reconocimiento de la nueva novela negra made in Spain, pero lo suyo, siempre a ras de calle y con una habilidad especial para ahondar en personajes abollados, es más bien gris ceniza. El color de las esperanzas perdidas, del fracaso como inevitable destino y, en fin, del batacazo esperando con los brazos abiertos. Es novela negra, sí, pero a la manera de Jim Thompson y su galería de ilustres perdedores. Gente tratando de sobrevivir como buenamente puede con lo que le ha tocado en suerte. Gente como la que deambula, maltrecha y cantando a coro el estribillo de «Born To Lose», por «Yo fui Johnny Thunders» (RBA), nuevo ejemplar de lo que el propio autor barcelonés califica de «novela negra rara y contrahecha» y confirmación de que estamos ante una de las grandes voces de la narrativa contemporánea. He aquí, con sus libros sumando traducciones y su anterior novela, «No llames a casa», a punto de convertirse en un filme de Daniel Calparsoro, algo así como la versión punk-rock de Juan Marsé.

«Nunca he pesado que hacía género. Siempre he hablado de mi mundo, de mi cabeza. En realidad, siempre son historias de amor, aunque como hay un componente de violencia, sí que se puede acercar a un tipo de novela negra», explica Zanón, poeta antes que novelista y enemigo declarado de los clichés del genero. «En mis libros no hay misterio, ni investigación, ni policías. Y los crímenes son ajustes de cuentas chapuceros. Nunca he conocido a un gángster o a un psicópata ni a un asesino, así que me parecería muy forzado tirar por ahí», señala. Y por donde tira Zanón en “Yo fui Johnny Thunders” (RBA) es por la canallesca historia de Francis, un ex rockero en caída libre al que la mala vida, las drogas y un divorcio han devuelto a la casilla de salida. Esto es: a casa de sus padres. Su madre ha muerto; su hermanastra ha huido, orden de lejamiento mediante; su padre malvive con un pensión ridícula y un oscuro secreto; y en el barrio nadie se acuerda de que un día, cuando aún se le conocía como Mr. Frankie, compartió escenario con Johnny Thunders.

El héroe caído

El malogrado guitarrista de los New York Dolls, figura trágica donde las haya de la mitología de los setenta y los ochenta, le sirve a Zanón para «concentrar tópicos, miserias y verdades de los sueños del rock» y colocar frente a Francis un espejo en el que, borroso e irreconocible, apenas sí se llega a reflejar. Con ustedes, el héroe caído. Solo que Francis dista mucho de ser un héroe: es un animal herido condenado a meter la pata y a seguir sin acordarse del nombre del menor de esos dos hijos a los que nunca ve y a los que, faltaría más, lleva una eternidad sin pasar la pensión de manutención. «Tengo un concepto determinista de la tragedia: no puedes escapar de tu destino. Y el carácter es el destino», explica.

Será por eso que, pese a su loable intento por levantar cabeza, Francis acaba retomando sus viajes costumbres a la sombra de su problemática hermanastra, el receloso propietario de un bingo y un puñado de «quinquis» de barrio que acaban entonando a coro el estribillo de la tragedia. «El tomó un desvío, el de la música y las drogas, y cuando se reincorpora a la carretera principal descubre que quienes se quedaron en el barrio tampoco están mucho mejor que él», señala el autor.

Por lo menos a Francis, viene a decir la novela, le quedan los recuerdos. Y las canciones. Sobre todo las canciones. Acordes que se clavan como estiletes al compás del «Debaser» de los Pixies y que acaban componiendo una vibrante banda sonora en la que resuenan las derrotas de Big Star, el burbujeo de los Flamin’ Groovies y el «Train In Vain» de The Clash como salvavidas emocional. «Quería hacer una novela que tuviese la intensidad de una canción de tres minutos. Que fuese como un chispazo —explica—. Era muy importante transmitir lo que había significado la música, esa sensación de verte como un bicho raro y, de pronto, descubrir que alguien de Detroit había escrito una canción con la que conectabas».

Considerado como uno de los herederos naturales de Vázquez Montalbán, Zanón se ha convertido también en el retratista extraoficial de esa otra Barcelona que los mapas turísticos despachan como periferia y que los barceloneses conocen como hogar. Su barrio, el Guinardó, es el escenario perfecto para unas vidas a las que nadie se asomaría a hacer turismo. «Como barrio es más bien feo, así que nostalgias las justas», bromea un autor que, con cuatro novelas y otros tantos poemarios publicados —el quinto, «Rock’n’roll» aparecerá próximamente— ha conseguido captar como pocos la atmósfera de las derrotas cotidianas y los tropiezos inevitables. «Los triunfadores creen que han ganado porque consideran que siempre han tomado las decisiones correctas. En cambio, los perdedores siempre nos movemos en el terreno del “y si”. ¿Y sí no hubiese dejado ese trabajo? ¿Y si me hubiese separado? ¿Y sí…?”. Siempre fantaseamos con lo que podría haber sido, por lo que su mundo es mucho más rico que el del triunfador», zanja.