La obra «Tamarán» (1974), de Juan Hidalgo
La obra «Tamarán» (1974), de Juan Hidalgo - ABC

«Juan Hidalgo & etcétera», retrato del artista heterodoxo

La Tabacalera de Madrid acoge la mayor retrospectiva del creador canario, fallecido el pasado mes de febrero

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Dicen de él que era un poeta raro, un músico diferente: dos maneras de nombrar su incómoda heterodoxia y su capacidad para expresarse en todos los soportes, con todos los medios. Artista singular, Juan Hidalgo fue uno de los creadores más eclécticos del arte reciente en España, un puesto que le fue reconocido ya tarde, en 2016, con el premio Nacional de Artes Plásticas. Ahora, apenas unos meses después de su muerte, acaecida en febrero de este año, llega a la Tabacalera de Madrid la primera gran retrospectiva de su obra, que abarca su trayectoria de principio a fin, y que podrá verse en la sala principal del centro hasta el 11 de noviembre.

«Se tienen ideas muy dispares de lo que es Juan Hidalgo», explica Fernando Castro Flórez, comisario de la exposición y crítico de ABC Cultural. A él se le conoce, sobre todo, por haber fundado a mediados de los sesenta el grupo vanguardista ZAJ, que conectó a España con el resto del mundo artístico gracias a sus relaciones con otro colectivo, Fluxus, comandado por John Cage, un personaje que le influyó profundamente. Pero su figura rebasa, con creces, esta etapa.

«Juan Hidalgo & etcétera» no presenta un recorrido cronológico por su obra, pero sí ofrece un mosaico de lo que fue su creación a través de la música, la fotografía, la escultura y demás formatos que utilizó. Y esta selección nos da las claves de su proyecto artístico, siempre abierto al azar: el peso del deseo, la necesidad de crear a través de lo cotidiano, la interpretación de la música más allá de los límites del pentagrama… «Para él, los objetos eran piezas musicales (...) Esta exposición puede entenderse como un viaje musical. Haciéndola, yo he descubierto el músico excepcional que era», apunta Castro Flórez.

Este particular periplo, con «banda sonora» del propio Hidalgo, se abre con tres de sus aún más particulares pianos –incluyendo un «piano diferente» que no se había visto hasta ahora– y se cierra con «Tamarán», una obra que presenta este instrumento cubierto de papeles de seda. Es una explosión cromática que refleja la evolución hacia su estilo último, marcado por un colorismo de influencias asiáticas. Según se acercaba el final del camino, más se abría al vitalismo, ese que se percibe en los autorretratos más recientes, donde sonríe incluso en los hospitales. «Los sitios que más le gustaban eran los bares, los hospitales y los aeropuertos», recuerda, entre risas, Carlos Astiárraga, asesor de la exposición y viudo del artista.

Según opina el comisario, el reconocimiento tardío de Hidalgo tiene que ver con la incomodidad de su heterodoxia, tanto tiempo ignorada. «Hubo un momento en el que los artistas creían que era un músico, y los músicos que era un artista», apunta. Al cabo, era siempre Juan Hidalgo, el hijo español de John Cage, etcétera. Un largo etcétera.