Carlos III y el esplendor de las artes en la Monarquía

Una muestra reúne en el Palacio Real de Madrid, en espacios originales, las grandes obras que el Rey encargó. Estará abierta hasta el 31 de marzo de 2017

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Pasan los reyes y pasan las épocas, pero quedan las artes. Esta frase que decía recientemente John Elliott en estas páginas hablando de la ampliación del Prado en el Salón de Reinos sirve como anillo al dedo a la gran exposición que Patrimonio Nacional, con patrocinio de la Fundación Banco Santander, ha preparado en el Palacio Real de Madrid. Se titula «Carlos III, majestad y ornato» y reúne 131 piezas en espacios únicos y originales.

Cuentan los comisarios de la muestra -José Luis Sancho, Javier Jordán y Pilar Benito- que visitando la exposición podemos sentir algo parecido a lo que sintieron los súbditos que pudieron visitar al Rey en palacio. Porque con el fin de dar a conocer la riqueza casi infinita de las colecciones reales, se han seleccionado algunas de las obras que Carlos III encargó con el fin de expresar el sentido estético, moderno y cosmopolita que quería imprimir a su reinado, así como las que tuvo cerca por motivos de devoción. Y le acompañan algunos ejemplos maravillosos de las artes decorativas elegidas para sus palacios, incluidas sus estancias privadas.

Desde el suelo a los techos, desde alfombras a frescos de Tiépolo, desde imágenes alegóricas del nacimiento de una era de ilustración y reformas hasta el túmulo fúnebre de los Reyes de la Monarquía Hispánica, en el que se expuso el cadáver de Carlos III (y los de algunos otros Reyes hasta Alfonso XII), esta muestra permite comprender el esplendor que las artes otorgaban a la Monarquía, a la que daban proyección pública y que, a su vez, las protegía como uno de los valores que la permitían perdurar en el tiempo.

No solo se ve en los techos de los palacios pintados por Mengs y Tiepolo, en los que la Monarquía se mira en el espejo mítico de Febo o histórico de Trajano, sino también en el gusto con el que los palacios se reformaron para ofrecer la imagen coherente de un reinado modernizador y cosmopolita.

Hasta nosotros ha llegado el dormitorio del Monarca, recreado con los tapices y los cuadros religiosos de Anton Raphael Mengs, entre los que destaca una verdadera obra maestra: la «Lamentación sobre Cristo muerto», tabla hasta ahora depositada en el MNAC de Barcelona y que vuelve para quedarse en el futuro Museo de las Colecciones Reales. Esta serie de pinturas religiosas ha podido reunirse completa después de mucho tiempo: las que pertenecen a Patrimonio Nacional junto a las que han estado en manos de las colecciones del Duque de Wellington desde el siglo XIX.

Pero si hay un ejemplo perfecto de lo que esta exposición ofrece, es otra de las grandes obras maestras del pintor nacido en Bohemia: el gran retrato de Carlos III que se conserva en el Statens Museum for Kunst y que nunca había salido de Dinamarca. Fue encargado en el país nórdico para una galería de reyes de Europa de la que ya solo quedan siete cuadros -diezmada en los incendios de dos palacios distintos, el de Christiansborg y Frederiksborg- y supone la recuperación del que, en palabras de Alfredo Pérez de Armiñán, presidente de Patrimonio, es el mejor retrato de Carlos III. Ha sido restaurado para la ocasión y muestra al Rey en majestad: de cuerpo entero, con armadura completa y manto de terciopelo rojo y armiños, con broche de diamantes y el cetro y el resto de atributos de la Monarquía Española.

Discípulos españoles

El Rey pasaba solo ocho semanas al año en Madrid y residía según las estaciones en diferentes palacios: Aranjuez, El Pardo, El Escorial y La Granja. En todos ellos hubo un esfuerzo similar por decorarlos. De Goya, el gran sucesor de Mengs y Tiepolo, se muestran los tapices basados en sus modelos para las estaciones. De Tiepolo, bocetos para los frescos de los palacios, con dibujos que son verdaderas obras maestras, junto a otros de Corrado Giaquinto, Mengs y después Bayeu y Maella. Hay una sala dedicada a la caza, única distracción de un Monarca que enviudó nada más llegar a Madrid. Hay muestras de la producción de las reales fábricas de porcelanas, tapices y cristales y otra de sedas chinescas pitadas al temple que junto a los cortinajes diseminados por las estancias, resultan deslumbrantes. Pero a las artes decorativas se suma la pintura, como las alegorías de las horas del día, otra inolvidable serie de Mengs.

El cierre de la exposición, con el túmulo fúnebre y su testamento, firmado la víspera de su muerte con letra temblorosa, da paso a una sala en la que se proyectan en gran tamaño los frescos de los techos palaciegos. La luz que la tecnología ofrece se hace más envolvente todavía con la música de Boccherini que despide la visita.