Lustig se especializó en estafas relacionadas con la falsificación de billetes
Lustig se especializó en estafas relacionadas con la falsificación de billetes - ABC

El hombre que vendió la torre Eiffel

Víctor Lustig logró estafar a un chatarrero tras convencerle de que el monumento iba a ser derribado. Volvió a engañarle al exigir un pago adicional para sobornar a un ministro. Consiguió timar al mismo Al Capone y acabó sus días en Alcatraz tras ser condenado a 20 años por la delación de una amante

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Parece imposible aún para el mejor estafador, pero Victor Lustig (1890-1947) lo logró: vendió la Torre Eiffel en 1925 a un empresario parisino. Y cobró dos veces por el engaño sin ser denunciado por ello. La historia es tan inverosímil como real.

Lustig leyó por azar en un periódico que el Ayuntamiento de París no tenía dinero para mantener la Torre construida para la Exposición Universal de París en 1889. Entonces se le ocurrió convocar a los seis mayores chatarreros en el hotel Crillon. Se presentó como alto funcionario del Ministerio de Correos y les informó de que el Gobierno había decidido derribar el monumento y vender la chatarra. También les apuntó que era una decisión que iba a ser mantenida en secreto.

Tras la sorpresa de sus interlocutores, Lustig llevó a sus invitados a visitar la Torre en una limusina alquilada y les pidió que le presentaran ofertas. Un empresario llamado André Poisson picó y le ofreció una cantidad considerable por la chatarra. Tras recibir el pago de lo convenido, Poisson empezó a sospechar y Lustig le volvió a engañar al confesarle que el negocio no podía materializarse sin sobornar al ministro. El incauto chatarrero volvió a rascarse el bolsillo y, con una maleta llena de dinero, el estafador checo huyó de París esa misma noche en tren hacia Viena. Poisson no se atrevió a denunciarle nunca para no quedar en ridículo.

El incauto chatarrero al que estafó hasta en dos ocasiones no se atrevió a denunciarle para no quedar en ridículo

Unos años antes, Victor Lustig se ganaba la vida estafando a los pasajeros que viajaban en los transatlánticos de París a Nueva York. El engaño era casi tan ingenioso como el de la Torre: les vendía una máquina de fabricar billetes. Metía tres billetes auténticos de cien dólares y les convencía de que su aparato podía reproducir a la perfección cuatro al día. Cuando se daban cuenta del timo, Lustig ya había desaparecido.

Tras ser investigado por la Policía francesa, Lustig huyó a Estados Unidos, donde también engañó a Al Capone. El ingenioso timador le pidió prestado 50.000 dólares para un falso negocio y, dos meses después, se los devolvió. Muy impresionado por su honradez, Capone le recompensó con 5.000 dólares.

Volvió a París a finales de los años 20 con la identidad de un banquero estadounidense, pero la Policía le detuvo. Al quedar en libertad, emigró de nuevo a Estados Unidos y se metió en una red de distribución de billetes falsificados por su socio, un químico de Nebraska.

En 1935, fue delatado por su amante, una mujer llamada Billy May, que se puso celosa al enterarse de que no le era fiel. Fue internado en la cárcel y se escapó de una forma rocambolesca antes de ser juzgado. Pronto volvió a ser capturado y el tribunal le condenó a 20 años en la isla de Alcatraz. De allí no salió hasta su muerte por neumonía en una enfermería de Springfield en 1947.